La tortuga de mi hermana me intimida.

Todas las mañanas, mientras tomo el café, la observo en su pequeña y verde palangana a través de la ventana que da a la galería en la que se encuentra. No parece ser muy cómoda para vivir o, al menos, no lo suficiente como para llevar una vida sana y saludable, pero tampoco se ha quejado nunca, así que mi hermana no se ha planteado buscarle otra vivienda.
En el interior de la palangana no hay nada que la pueda entretener o abstraer de la monotonía, solo hay una piedra con forma de caparazón de, aproximadamente, su mismo tamaño. El agua, por lo general bastante sucia, llega hasta la mitad de la altura de dicha piedra; la pobre y desgraciada tortuga nunca se ha colocado encima de ella, al menos que yo sepa; quizás piense que es alguna compañera tortuga, o bien tímida o bien con poco don de gentes.
Me gusta imaginar, mientras la miro y la contemplo, cuáles pueden ser sus pensamientos, aquellas ideas que le rondan, respecto a su inerte compañera: quizás piense que está muerta, o quizás piense que lo que ocurre es que su enigmática y desconocida camarada hiberna en un período distinto al suyo y que por eso nunca coinciden despiertas.

Creo que se llama Marilyn.

Una vez, cuando todavía vivíamos en la casa en la que vivíamos antes de mudarnos a la casa en la que ahora vivimos, logró salir de la palangana y se tiró por el balcón. “Cualquiera preferiría morir a vivir en esas condiciones”, pensé. Sin embargo, apenas sufrió daños (hablo de daños físicos, claro, pues psicológicos los recibe cada día que pasa en su particular y privada cárcel de plástico); su caparazón se fracturó levemente, pero consiguió recuperarse.
Otra vez, me viene a la memoria, la pobre Marilyn quedó a mi cargo y, por lo tanto, bajo mi responsabilidad. Mi hermana había viajado a Francia junto a mis padres a pasar las vacaciones de Semana Santa y, como yo me había quedado en la ciudad (no recuerdo bien si para dar algún concierto, para celebrar un cumpleaños o simplemente por vagancia), me pidió que le diese de comer. Me gustaría decir que fui responsable y que cumplí con mi deber, vertiendo en el agua de su asquerosa celda un puñado de esas pequeñas y vomitivas gambas que comen las tortugas y observándola mientras comía, pero no lo hice. Olvidé por completo, durante toda la semana, la existencia de la tortuga, condenándola a siete días de hambruna y desesperación. El último día, justo antes de que mi hermana regresase, y como no encontraba el bote de comida para tortugas que, supuestamente, me habían dejado en la galería, corté una salchicha cocida en rodajas y se las eché en la palangana.

Marilyn sigue viva.

Me pregunto cómo reaccionaría yo si se diese el caso de amanecer un día como lo hizo Gregor Samsa, sustituyendo al insecto por el reptil: ¿pasarían por mi cabeza las mismas preguntas (acerca de la triste y abandonada piedra) que ahora mismo imagino que llegan hasta la de Marilyn?
Me pregunto, también, cómo reaccionarían los demás. ¿Dejaría mi familia que me pudriese en una palangana verde, claustrofóbica y llena de moho si esto ocurriese? O, lo que es peor, ¿me acribillarían a manzanazos mientras intentase yo relacionarme con ellos, dejándome solamente la opción de escapar, a duras penas, del salón?

Probablemente, sí.

No tengo muy claro por qué dedico mi tiempo a reflexionar sobre este trivial (y fútil y banal y pueril e insustancial) tema, pero la tortuga de mi hermana me intimida.

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