Cinco de la tarde. Un martes cualquiera. El cielo se resquebrajaba fuera de la cafetería, bañando sus cristales con una diáfana lámina acuosa.
Qué bien le sentaba el café a estas horas. En su mesa de siempre, en un rincón, con el respaldo de la silla casi tocando la pared, escribiendo un artículo para el periódico local, donde trabajaba desde hacía años. A un metro estaba el paragüero. Por eficiencia, se sentaba al lado. El camarero servía cafés, chocolates, tés, y todo tipo de bebida que hiciera entrar en calor a los pobres clientes cuyas prendas parecían fundirse en pequeñas gotas que impregnaban los baldosines. Nada fuera de lo común. O quizás sí.
Unos cabellos cobrizos, tres mesas más allá, resplandecían ante la cálida luz de los faroles. No podía apartar su mirada de una figura tan perfecta. Tampoco fue capaz de hacerlo durante el resto de su estancia. También tomaba capuccino. Lo sabía por esa espuma rebosante tan característica con que los servían en esa cafetería. En varias ocasiones se cruzaron las miradas. Una sonrisa ruborizante. Una torpe bajada de cabeza por disimulo.

Cuando al día siguiente, a la misma hora, estaba otra vez ahí, en la misma mesa, y con el mismo capuccino, decidió buscarle un nombre: Pelo Cobrizo. Lo que no sabía es que también le habían adjudicado uno: Pupila Escarlata. Quizá por el tono en que los farolillos dorados reflejaban en su iris avellana. La consciencia de esa atracción era recíproca, al igual que la timidez.

Casi un mes de silencio y miradas. Cada día el café se alargaba hasta más tarde. Como una especie de reto de a ver quién se marcha antes. Un día, Pelo Cobrizo estaba una mesa más cerca. Al día siguiente, Pupila Escarlata siguió el juego y se acercó una mesa más. Prácticamente podían oler el otro café.

Sin embargo, no fue hasta el siguiente día, cuando Pelo Cobrizo dejaba resbalar unas lágrimas por su níveo rostro, el momento en que Pupila Escarlata se levantó de su mesa y tomó asiento frente a frente.
—¿Qué te pasa? —preguntó con preocupación. Le resultaba extraño dirigirle la palabra.
—Absolutamente nada —respondió secándose las lágrimas con el índice y dibujando una media luna en sus labios.
—Llorabas —insistió.
—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.
Hablaron tanto y se enfrascaron de tal manera en conocerse, que apenas se daban cuenta de cómo los clientes iban desapareciendo y el camarero comenzaba a colocar las sillas sobre las mesas. Rieron. Encajaron. Podría haber salido mal, pero no. Una vez abandonaron el local, caminaron hasta la medianoche. Y hasta la madrugada. Y se olvidaron de dormir, pero no de amanecer bajo las mismas sábanas.

Tardes en la cafetería. Y de conocer otras cuando se acercaba el verano. Del capuccino al té frío. Un daiquiri frente a la costa caribeña. Un sake en Japón. Chocolate derretido dentro de una crepe en París. Champán durante cinco nocheviejas.

Pero fue una oferta de trabajo de ensueño para Pelo Cobrizo al otro lado del Pacífico la que se empeñó en distanciarles. Pupila Escarlata no podía abandonar el puesto que en más de diez años se había ganado en el periódico local. La ruptura no fue real hasta que vio el avión despegar al otro lado de la cristalera de la terminal.

Varios meses después, Pelo Cobrizo, lejos de su tierra natal, no rompió su tradición del café. Siempre recordando aquellos iris que enrojecían bajo los faroles al otro lado del océano, también se acostumbró a leer el periódico mientras lo tomaba. Pero por desgracia, allí no vendían aquel en el que escribía su amor.

O quizá sí. Todo parecía tan normal aquel día, que al leer el seudónimo que firmaba la noticia de portada, se le resbaló el periódico entre los dedos antes de acabar la palabra “Escarlata”. Miró al frente, y ahí estaba, tres mesas más allá, y ahora colocándose una más cerca. Pelo Cobrizo no pudo contener unas lágrimas nerviosas, y Pelo Escarlata se acercó hasta su mesa y simplemente le dijo:
—¿Qué te pasa?
—Ab-absolutamente nada…
—Llorabas.
—Solo para ver si, al necesitarte, te acercabas.
Y quizá sea una historia de amor simple, como todas lo son. Pero nunca sabremos los sexos de Pelo Cobrizo y Pupila Escarlata. Simplemente sabemos que se amaban. Así que olvidemos, por un momento, los prejuicios que puedan existir ante que sean dos hombres, dos mujeres, o tal vez hombre y mujer. Porque, por un momento, a ninguno nos importaba. Ni jamás debería importar. Leámoslo otra vez con diferentes sexos y el amor será igual de real. El amor es un sentimiento incuestionable. La sexualidad de cada uno, también.

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