Hace rato que la música se ha convertido en una sucesión de sonidos electrónicos mezclados y servidos en azaroso orden. Un nuevo mensaje llega a mi móvil y, no sé por qué, vuelvo a sacarlo del bolso.
“¿Entonces de repente no quieres follar?”, pregunta Fran.
Me acosté con él una vez hace tres meses. En su momento me apetecía, pero desde entonces, cada vez que salgo de fiesta y ha bebido un poco, comienza a pedirme que lo repitamos. No acepta un no por respuesta, aunque es con lo que se ha tenido que conformar desde entonces.
“Te digo por enésima vez que no”, respondo, moviendo mis pulgares a velocidad de órdago sobre las teclas de la pantalla táctil.
“¿En qué bar estás? Voy”, insiste.
Ha conseguido amargarme. Recojo el móvil y cierro el bolso. Los dos chicos que se habían acercado a María y a mí una hora atrás continúan su conversación, ignorando mi actitud pasiva y focalizada en la pantalla.
—¡Por fin dejas el “whatsappeo”, sosaina! —dice el que creo recordar que se llama Juan, quien claramente iba a por mí.
Rodea mis hombros de forma inesperada y me obliga a echarme hacia atrás, dando un respingo. No recuerdo haberle dado permiso para que me toque. Gruñe, pero no cambia su sonrisa fanfarrona.
—Lo siento, era importante —miento.
—Si ya lo has dejado… —comienza a decir, asegurándose de que María y su amigo están enfrascados en una conversación aparte y no nos escuchan—. ¿Quieres ir al baño?
Arqueo las cejas.
—He ido hace un momento.
Se ríe con condescendencia.
—Sabes a lo que me refiero, María.
—Yo soy Mónica. Ella es María.
—Bueno, eso mismo.
—Lo siento. No me encuentro bien.
De repente, la actitud del chico da un giro impredecible y agarra mi muñeca con fuerza:
—¡¿Me estás diciendo que llevo todo este rato divirtiéndote para que ahora me digas que no quieres nada?! —brama.
María se percata de su agarrón y le empuja hacia atrás, obligándole a soltarme.
—No te he pedido que vengas ni te he prometido nada —replico.
—¡Puta guarra! —ruge—. Sales con un puto escote que se te van a saltar las tetas y te dedicas únicamente a calentar pollas.
No sé en qué momento he empezado a temblar, pero lo estoy haciendo. Tampoco sé por qué. María les grita tres o cuatro o cosas, y finalmente se alejan. Ella intenta consolarme. Sus palabras se ahogan entre la música, a punto de reventar mis tímpanos. Estoy demasiado nerviosa como para comprender lo que dice. Mientras tanto, el móvil sigue sonando en mi bolso cada vez que le llega un mensaje. Parece que Fran no se rinde.
Varios minutos más tarde, cuando creo haberme relajado, mi mirada inocente recorre el pub, hasta que se cruza con la del tal Juan. Me observa fijamente. Cuchichea algo con su amigo. Aparto la mirada, pero no puedo evitar volver a dirigirla al mismo punto a los pocos segundos. Sigue contemplándome. Mi cuerpo vuelve a temblar. De pronto, el hombre que parecía hasta simpático, me da miedo.
—Quiero irme —susurro a María, que está enviando mensajes con su móvil, completamente ajena a todo lo que ocurre.
—No te vayas ahora —se queja, abrazándome a modo de ruego—. Me ha preguntado Fran que dónde estábamos y le he dicho que se pasara por aquí un rato. Ya verás como esos dos no se vuelven a acercar.
El pánico me invade. Probablemente, al no responderle, le ha preguntado a mi amiga que dónde estábamos. Ella no sabe nada de lo que pasó. No sabe que me acosa. Ahora sí que quiero marcharme. Me recoloco mi bolso y me dispongo a abandonar el pub. El chico sigue mirándome. Ahora sonríe.
—¿Adónde vas? —pregunta María.
—He dicho que me voy.
—Fran ya está viniendo —se queja—. No voy a dejarle plantado ahora.
La rabia me invade, pero yo misma decido controlarme y no pagarlo con ella. No ahora. Sólo quiero irme. Me disculpo una última vez y le beso la mejilla a modo de despedida. De reojo, veo que el chico todavía me mira. Salgo lo más rápido que me permiten los tacones, sin cruzar la mirada con él. ¿Por qué coño habré decidido ponerme tacones hoy?
Piso la calle. Es la zona de marcha y la aglomeración de jóvenes bebiendo en vasos de plástico impide avanzar en línea recta. Zigzagueo entre el barullo, chocándome y rozándome varias veces con diversos individuos. Juraría que más de uno ha aprovechado la situación. Juraría que alguna mano que ha rozado mi cuerpo no lo ha hecho sin querer. No me importa ya. Sólo sé que no puedo evitar dejar de mirar hacia atrás. En la puerta del bar, el tal Juan me observa en la lejanía, pero no me sigue. “No vuelvas a mirar, Mónica”, me pido a mí misma.
Hace varios minutos que camino por calles vacías. Son las 3 de la madrugada. Mis tímpanos, que pitan, sólo escuchan mi taconeo en los adoquines y el timbre de mi móvil, que continúa sonando. Temo que Juan me siga a lo lejos. O quizá Fran, que haya llegado al pub y, al no encontrarme, haya salido en mi búsqueda.
—¡Guapa! —escucho una voz masculina a mis espaldas.
Suena lejos. Prefiero no mirar. Por la voz, sé que no es ninguno de ellos. Prefiero que no crea que me doy por aludida o que le sigo el juego. A su piropo le sigue una risa. ¿Son dos? ¿Es sólo un hombre que se ríe de su propio comentario?
Sigo escuchando los pasos detrás de mí. Esta calle no parece segura. Salgo a la avenida principal, y aunque eso me suponga dar más rodeo, prefiero ir por aquí. Hay más coches y más transeúntes. Creo que ya no me sigue. Sin embargo, varios metros más adelante, un grupo de chicos vestidos con camisetas de un equipo de fútbol, claman cánticos impregnados en alcohol. No me gusta esa pandilla. Uno de ellos me mira desde lo lejos y hace unos gestos con las manos que perfilan las curvas del cuerpo de una mujer invisible. Miro hacia mis pies y cruzo a la otra acera. Supongo que van tan borrachos que no les merece el esfuerzo abandonar su recorrido, así que enseguida los dejo atrás.
Empiezan a dolerme los tobillos. Sin darme cuenta, camino demasiado rápido y con demasiada rabia. Alguien me grita algo desde un balcón. Mi móvil sigue sonando. De pronto, un joven alto y ancho, camina haciendo eses por mi acera. Intentaría esquivarle, pero su movimiento es impredecible. En la acera de enfrente, dos hombres ríen a carcajadas. Probablemente sean inofensivos, pero ya no me siento segura en ninguna parte. Y el chico ebrio continúa dirigiéndose hacia mí. Sonríe burlonamente.
De pronto, un autobús pasa a mi lado. “Es el que me llevaría a casa”, pienso. La parada está a unos pocos metros. No me lo pienso dos veces y salgo corriendo hacia la parada. Siento que los tacones se van a partir. O quizá mis piernas. Corro como nunca antes lo he hecho, como si todos esos hombres corrieran detrás de mí. Al menos así me siento. El autobús, que se ha detenido a recoger a un cincuentón, ya va a arrancar, pero justo llego cuando cierra las puertas. El conductor se lo piensa un poco. Abre de nuevo y me deja subir.
—Por ser tú —dice el conductor.
—Gracias —respondo de forma inconsciente.
Una vez que he pagado el billete, me doy cuenta de lo que ha dicho. “Por ser yo”. No conozco de nada a este hombre. ¿Por qué es “por ser yo”? ¿Es por cómo voy vestida? ¿Por ser una chica joven? ¿Por qué me abriría a mí y no a otra persona? Quiero alejarme del conductor. El autobús está completamente vacío, excepto por el hombre que acaba de subir en mi parada.
Me siento en la última fila. Quiero evitar cualquier comentario del conductor. Aprieto el billete con rabia en mis manos. Normalmente miraría el móvil mientras el autobús llega a mi parada, pero no quiero, sabiendo lo que me voy a encontrar.
Unos segundos más tarde, en los que los ojos comienzan a entrecerrárseme por el vaivén del autobús y la por fin alcanzada paz, el otro pasajero se levanta de su asiento y, sin mediar palabra, se sienta a mi lado. Su hombro roza el mío y me repugna. Arrastro un poco el culo en dirección contraria. Agarro el bolso con las dos manos.
No dice nada. Intento evitar el contacto visual. Finalmente, de reojo, me cercioro de que lleva un rato mirando mi escote. Empiezo a recordar las palabras de Juan sobre el mismo. Creí que no pasaría nada por llevar un escote en pleno mes de junio, pero parece que ya son dos los que no pueden contenerse. De pronto, escucho un intermitente roce de licra de piel en su abrigo. No quiero mirar, pero acabo haciéndolo. Se está masturbando bajo su gabardina.
Siento náuseas. Súbitamente me levanto de mi asiento, como quien se levanta de un montón de mierda, completamente asqueada y queriendo huir de ahí. El hombre continúa tocándose, sonriendo, sin dejar de mirar mi cuerpo. Ni siquiera ha reparado en mi cara. Tiemblo y me dirijo a las puertas del autobús. Pulso el botón de solicitar parada. No me siento segura pidiendo ayuda al conductor. No después de su comentario. Las puertas se abren diez segundos después; diez segundos que parecen diez largas horas. Me bajo de un salto, a punto de perder el equilibrio sobre los tacones.
Me he bajado una parada antes. No podía más. Me quedo unos segundos quieta, sin poder moverme, queriendo derramar alguna lágrima, pero no le da la gana de salir. La comprendo. ¿Quién querría salir así?
Enseguida vislumbro el portal de mi casa a lo lejos. En mi barrio, pese a no ser el mejor de la ciudad, me siento más segura. Sin embargo, cuando voy a llegar, el vecino que habitualmente me mira de arriba abajo en el ascensor y murmura para sí, está llegando a casa. No me atrevo a subir con él. Hoy no. Espero a unos cuantos metros, en los que no se percata de mi presencia. Aguardo un par de minutos, esperando a que suba en el ascensor, mientras un grupo de chicos sentados en un banco, a punto de dormir la mona, claramente conversan sobre mi cuerpo. Intento ignorarles.
Cuando considero que se ha hecho la hora, camino lo más rápido que puedo hasta el portal, ya con las llaves en la mano como prevención a un posible ataque. Abro la puerta y la cierro rápidamente detrás de mí, temiendo que los chicos de ese banco hayan decidido venir detrás y acorralarme en mi portal. Pero no, estoy a salvo. Al fin.
Subo en el ascensor, mirándome en el espejo y asqueándome de mi propio aspecto. Era mi ropa favorita y han conseguido que desee no llevarla nunca más, como si fuera mi culpa todo lo sucedido esta noche. Ni siquiera puedo seguir mirando mi reflejo hasta que llega el ascensor a mi piso.
Ya en mi casa, tumbada en mi cama y con mis pies descalzos ardiendo, decido mirar mi móvil. Hay más de cincuenta mensajes de Fran y uno de María. Decido leer el de mi amiga:
“¿Qué tal la vuelta a casa?”, pregunta.
Exhalo un profundo suspiro antes de comenzar a escribir.
“Normal”, respondo.

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