La poesía será libre o no será,
como el jazz.

La poesía no está aquí para complacerte,
la poesía es queja, dolor y llanto,
la poesía es blues.

“El que intente dominar a la poesía está condenado a la tragedia”, decía aquel.
Intenta pues, Robert Johnson, conseguir que el diablo te devuelva tu alma,
pero no sin antes haber roto todas las cuerdas de tu guitarra.
Espero que conserves el ticket.

Somos el pueblo negro, el pueblo siempre esclavo, y hemos venido a llorar.
¿Quién es nadie para imponer las normas?
La poesía es algo que está por encima de nosotros.
Las lágrimas no tienen métrica,
y la rima será asonante, disonante y malsonante.

“Chaval, ven aquí, cuéntame tu historia”, le dije.
No era más que un carterista de poca monta: una rata, un pobre diablo que había estado más tiempo en la cárcel que fuera de ella.
Su madre no le habla, su padre menos.
Su novia le ha dejado.
No tiene trabajo.
No tiene nada,
pero tiene el blues.
Te cambio tus diptongos por un puñado de monedas, una armónica y una botella de whisky, que me hacen más falta.

Es cuando estos dos mundos, el de la pluma y la daga se juntan, cuando surge la magia.
El folclore es esa mascota que el ser humano adopta para ahogar sus penas,
pero se acaba ahogando en él.

Ya sabemos que tocas bien, Miles, pero el jazz es otra cosa.
Cuéntame, ¿qué es lo que no te deja dormir por las noches?
¿Quién es el monstruo bajo tu cama?

¿Y por qué no un blues feminista?
Doña Moliner, tenga mi guitarra, lidere a su pueblo.

Es cierto,
no puedes comprar una arma cuando estás llorando,
pero sí una pluma.

A Víctor Jara puede que le cortaran las manos,
pero no al blues.
El blues te recuerda, Amanda.

Nota al pie: el autor recomienda encarecidamente escuchar “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara, tras la lectura.

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