Se prometieron que vivirían en una casa con fantasmas para tener siempre algo de lo que hablar, y si
no encontraban ninguna, siempre podían ir al hospital, inhalar fuerte y exhalar al llegar a casa.
Se prometieron tener un pato y quererse siempre.
Cuando iba en coche siempre pensaba en los fantasmas que, en forma de humo, salían disparados
por el tubo de escape, y siempre acababa llamando al número que él le dio la última vez que se
vieron y que ya se sabía de memoria.
Había oído que ahora él vivía en una isla, con su mujer, sus hijos y sin fantasmas; pero al llamar al
número que él le dio la última vez que se vieron, siempre contestaba una mujer que juraba no haber
oído nunca ese nombre:
—Por favor, deje de llamarme, le he dicho mil veces que no conozco a ese hombre.
Los fantasmas salen por el tubo de escape y vuelven a entrar por la ventanilla del coche.
Volvió a llamar y volvió a contestar la misma mujer:
—Por favor, deje de llamarme, le he dicho dos mil veces que no conozco a ese hombre.
—¿En su casa también hay fantasmas? Váyase o la acabarán matando.
La mujer le dio las gracias y se escucharon respirar mutuamente hasta que una de las dos acabó
colgando.
Se prometieron tener un pato y quererse siempre.
Los fantasmas salen por el tubo de escape y vuelven a entrar por la ventanilla del coche y,
pensándolo bien, no habría sabido cómo cuidar a un pato.

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