El progreso aparcado a las puertas
del infierno.
Contabilidad, alimentos muertos,
aislados, como cabezas de ganado,
en lo más triste
de las ojeras.
Hierro y madera.
Monótona putrefacción y,
entre tanta vida,
brazos caídos.
Se han vuelto rojos los almendros,
y con la quemada sangre,
fue el amor calcificado
de los corazones.
La indómita visión
del que fuera águila,
aferraba, agónica, todos
y cada uno
de los suspiros de las buenas personas.
Quién fue ceniza.
Quién debió serlo.
La tierra les impedirá olvidar
lo que nosotros
no recordamos,
mientras los cauces hacen aflorar
la incompetencia.
La llama sigue viva,
pero está muriendo, y con cada golpe
de aire, muere el futuro.
Los vencedores vuelan libres
sobre las cadenas que alimentaron
su victoria.
Fueron más de trece rosas,
fueron más de una Hortensia,
más de una Matilde,
más de un Ventura.
El cielo se volvió negro,
carbonizado por las lágrimas
de los que se quedaron solos.
Y bajo sus huellas
fosiliza,
triste,
entre la nieve de los montes,
un deseo:
“Prefiero morir libre”
“Prefiero
morir
libre”

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