Se desconchan los sentimientos
de los creadores.
Tiempo al tiempo
avasallan
la efervescencia de la expresión
y la revolución se torna pasajera,
ávida de catalizador,
sedienta de tinteros de sangre buena.
Direccionan su albedrío,
y permutan su dictamen
de genio,
cuando aún acunan sus ojos
y sus vientres
en su falsa nubilidad.
Escupen de la tinta barata
que albergan, y ensucian
con ojos vidriosos
las brácteas que fueron pulidas
para ellos.
Y tiñen las portadas con los hilos
de los neologismos
y jactan sus versos de irreversibilidad
sobre los irreversibles ciertos.
Se postran, sin embargo,
frente a su negativa,
constante y febril,
a la sombra apacible
y risueña
del hambre.
Y entre sus dedos,
hundidos en la mayor negrura del oro,
dictaminan,
con vuelo firme al horizonte,
que otro mundo
es posible.

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