Me presento: mi nombre es Alfredo y tengo sesenta y cinco años, voy a escribir la historia que nos cambió a mi amigo Raúl y a mí. Sí, ese fantástico verano que teníamos trece años, lo recuerdo como si fuera ayer.

Por fin era verano, solo nos faltaban cinco días para nuestro verdadero verano; aquel verano que nos cambiaría para siempre.

Esos últimos días de clase…

Mejor dicho aquellos tostones de clase, en los cuáles hasta el mismísimo profesor Gutiérrez se echaba sus bostezos de león.

No sé porque dábamos aquellas cosas, inútiles que al volver del verano ni nos acordaríamos.
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Pasaron los días, y por fin llegó fin de curso, aquel día siempre era especial, no por las notas (las mías eran siempre horribles, igual que las de Raúl). El último día era especial porque , por fin, tirabamos los libros y nos dejaban jugando en el patio todo el día.

Ese día en el patio planeamos que iríamos a hacer esa tarde por el pueblo.

Efectivamente vivíamos en un pueblo, mucho mejor que los chicos de ciudad de nuestra edad que viven en ciudad y por jugar al fútbol en el portal les echa la bronca la señora de 3º; y pescar, solo pescan los chicles del asfalto con las zapatillas.

Nuestro plan de esa tarde era ir al río a bañarnos, nuestro primer chapuzón del verano. Los siguientes días iban a ser como quisiéramos, sin rutina y sin más tostones de Gutiérrez.

Escondí las notas a mis padres y aquella tarde fuimos al río, nos lo pasamos maravillosamente esa tarde. Al día siguiente quedamos para pescar en el río, en la plazoleta del pueblo por la mañana. Raúl pescó un barbo de 15 kg y yo otro de 17 kg.

Cuando volvíamos al pueblo vimos la vieja fábrica, mucha gente se interesaba por ella, pero a los del pueblo no, daba escalofríos verla y entre los de nuestra edad se rumoreaba que había un fantasma y que mataba a todo el que entrara en su fábrica, más motivos para no entrar ni comprarla.

Fuimos al pescatero quién nos dió 3000 pesetas, al llegar a la plazoleta nos las dividimos y nos despedimos.

Al llegar a casa le iba a contar lo de las 1500 pesetas a mis padres cuando me choqué con alguien. Era un hombre muy extraño, todo su aspecto lo era, tenía un ojo de cristal, y tenía la piel muy blanca y sonreía maleficamente.

— ¡Hay que tener más cuidado chico! — dijo el tipo.
— ¡Hola cariño! ¿Qué tal la pesca? — dice mi madre; le enseñé las 1500 pesetas — ¡Oh, es fantástico! ¡Se lo voy a decir a tu padre!

Y me quedo solo con el tipo extraño sin cruzar palabra hasta que sale mi padre.

— ¡Muy bien hijo! ¡Una captura de 1500 pesetas no se hace todos los días! — dice mi padre dirigiéndose a mí primero; y luego hacia el tipo. — Mi mujer me ha comunicado su oferta y la tendré en cuenta – dice mi padre y entramos en casa.

Mi padre era el alguacil del pueblo e iba a considerar … ¿una oferta?

— Papá, ¿ qué era “la oferta” de ese tipo? — pregunté.
— Se ofrece a comprar la vieja fábrica del pueblo y los terrenos de alrededor para construir quien sabe que… pero no me gusta ese tipo tan extraño, además no es la primera vez que se interesa alguien en esos terrenos, y quién sabe podría empezar por ahí… ¿ y luego qué?, lo hablaré con los vecinos pero dudo mucho que interese — dijo papá.

La reunión se celebró esa misma tarde y se acordó en no aceptar la oferta; y al día siguiente siguiente le dijeron al tipo que no había trato.

Pasó un mes; ya era mediados de verano, yo seguía pasando el verano con Raúl ; y aquel tipo era cada vez más pesado y ofrecía más dinero, llegó hasta los 2.000.000 de pesetas. Pero solo recibía una oleada noes por cada oferta.

Venía cada semana al pueblo, llegó un momento que volvía cada dos días con 1000 pesetas más de oferta.

Pasó así todo el verano y llegó la vuelta al colegio, dejaría la escuela del pueblo e iría a un instituto, en el fondo me parecía muy emocionante porque al ir al instituto sería uno de los mayores del pueblo.
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Llega el primer día de clase.
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Empecé ese día con Raúl, fue un día super aburrido, no era emocionante, ni pizca, encima nos mandaron una montaña de deberes; que ni Raúl ni yo íbamos a hacer.

Volvíamos al pueblo, y el tipo extraño nos paró.

— ¡Eh, chicos! ¡Esperad un momento! — se nos dirige el tipo.
— ¿ Qué quiere? — dice Raúl desafiante.
— ¿Sabéis por qué quiero esa mohosa fábrica?—dice el tipo con tono misterioso.
—¿Por qué?— digo yo con un tono más desafiante que Raúl.
— La fábrica con esos terrenos es una de las mayores minas de oro que he visto, y os daré un suculento porcentaje si convencéis al alguacil de aceptar el trato, que sino me equivoco es tu padre. — dirigió su mirada hacia mí, y me dieron escalofríos por ello. — Tenéis hasta las 18:00, encontraros conmigo en la plazoleta del pueblo a esa hora. Y os lo advierto o aceptáis o no queráis saber las consecuencias para vuestro pueblo. — fue la última palabra del tipo y se fue.

Dejamos unos minutos por si nos observaba, pero después corrimos hacia el pueblo tan rápido como pudimos, advertimos a mi padre de porque interesaban tanto esos terrenos y la amenaza del tipo.

Mi padre aviso a todos, y en una hora estaban todos los vecinos en la plazoleta, algunos decían que se aceptara la oferta, que no se sabía que podía hacer el tipo, otros decían que no al trato, que no nos acobardásemos, y de repente empezó una batalla campal de síes y noes.

Raúl y yo estábamos hartos de tanto griterío y batalla…

— ¡¡¡ BASTAAAAAAAA!!! ¿ No os dais cuenta de que no nos podemos vender? ¡Es falso todo, tanto la oferta como esa amenaza! Solo nos quiere vender, tenemos algo muy valioso, y vosotros ¿queréis venderlo? ¡Jamás! Si lo vendéis, adelante … vosotros sois los que os arrepentireis porque no estáis vendiendo la fábrica, estáis vendiendo el pueblo entero.
Podéis proteger vuestro pueblo, vuestro hogar, o podéis venderlo todo a una oferta falsa; y así perder todo lo que apreciais. — y ese es el bonito discurso que Raúl y yo dijimos.

Después de aquello nadie quería vender los terrenos. Y esa tarde, a las 18:00, todos nos pusimos en la plazoleta y dijimos al tipo que jamás venderíamos nuestro pueblo. Además si volvía aparecer por allí, tal vez le podría pasar algo, y esta amenaza funcionó, pues nunca más volvió, porque su moneda se le fue devuelta.

No acabo la semana cuando cambiaron el nombre de la plazoleta a << Raúl y Alfredo que dijeron esas grandes palabras que cambiaron al pueblo tozudo de un tipo tonto, son maravillosos, son geniales, son… >>.
Vale, vale, me lo he inventado, no me juzgen, solo le pusieron el nombre de << Raúl y Alfredo nuestros héroes >>

A partir de eso acordamos que mejoraríamos nuestras notas y que nos haríamos detectives para proteger a gente como nuestros vecinos de tipos, como el que fue apodado, Tipo Extraño (nunca dijo su nombre).

Y así fue como ese verano nos cambió, tanto a Raúl como a mí.

Septiembre de ese año fue maravilloso, disfrutaba de cada montaña de deberes y del nombre de nuestra plazoleta, pero en octubre cambiaron de destino a mi padre a la ciudad, me tuve que despedir de mi vida perfecta.

Pero no olvidé mi objetivo de ser detective, cuando lo conseguí volví al pueblo.

Y me dieron una buena noticia junto a otra desgarradora, me enteré de que Raúl había muerto ahogado en el río.

La buena noticia era que conseguimos que la mina de oro no se explotará abusivamente, sino que se había hecho el “Museo del Oro” en la fábrica, donde se enseñaba que como se había formado ese oro y que había que protegerlo para proteger la belleza del pueblo, pero en una placa estaba escrito:

<< Dedicado a Raúl y Alfredo nuestros héroes .>>

Por eso historia es para ti Raúl, y quiero que sepas que hay una placa de oro en mi corazón que pone; ESTA HISTORIA FUE, ES Y SERÁ PARA TI POR SIEMPRE, MI QUERIDO AMIGO, SIEMPRE TE QUERRÉ, ALFREDO.

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