Vivir sin vivir por qué, si estamos obligados a permanecer y perecer aquí.

Nuestra vida es una espiral, de nosotros depende lo cerca o lejos que queramos estar del centro de ella, gracias a nuestras continuas tomas de decisiones.

Yo llevo mi particular guerra conmigo mismo, así pues cada salida y puesta del Sol me autodestruyo, un poquito, así también me creo, todos los días, algo nuevo. Porque cuando se destruye hay que volver a crear.

Pero (todos los días) he de imaginar que cada persona convive con su propia guerra, personal e intransferible.

Con forme avanza el tiempo tropiezas por el camino con cuerpos sin guerra, cuerpos con peinado última moda, con zapatos carísimos, con ropas de primera marca y tecnología futurista. No tienen ojos, mas su lugar lo ocupan unas pantallas digitales, (a la par que) manipulables.

Conviven todos juntos llevando sus inefables vidas dirigidas por un (puto) ranking, debe ser popularidad, la perfección o lo que nos han hecho creer como la cima de la vida y en su afán por escalar puestos de ese ridículo ranking,  yo sigo aquí, un día cualquiera, a las tantas de la noche, sin importar el mañana, sabiendo que cuando salga a la calle los objetivos de las pantallas que portan en la cara los cuerpos sin guerra me enfocaran. Y seré juzgado por orden pública y jurado popular.

Pero que pena. Que pena escribir esto con pena, sabiendo que los cuerpos jamás despertaran. Que pena que nunca  llegarán a entender que vivir con forme a otros, no es vivir. Que pena que sea el cuerdo más loco de todos los locos que habitan este  manicomio.

Que pena; vivir sin llegar a vivir.

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