¿Sabes ese momento de absoluto vacío? Miras sin ver, oyes sin escuchar. Toda la comida sabe a ceniza y el tacto se entorpece, como si todo lo que tocases estuviese cubierto de una pátina que no te permite llegar. Ese momento que alarga el tiempo, o que lo comprime. Un momento que se convierte en un estado, en un sentimiento; algo que se adhiere a ti y no te deja respirar. 

Cuando el soplo se desvanece y todos lloran. Palabras reconfortantes que no te sirven para nada, gestos amables que resbalan por tu aparente indiferencia. Los ojos secos y la mirada perdida, ¡tan profundo ese dolor! 

Un dolor que llega y no se va, una pregunta que ya nunca se olvida. ¿Por qué? Te preguntas. Lo grita tu mirada pero nadie responde. 

Pasa el tiempo y la pregunta se difumina. Tu mirada se encuentra y hasta la sonrisa reaparece, un poco de mentira en la alegría. Un poco menos de sal en la herida. 

No hay final para el dolor pequeño, solo olvido. La carrera está por acabar para otro ser querido. 
Pronto vendré a llevarlo y llorar contigo. 

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