Por qué no entras
a mi corazón,
por qué te quedas
siempre a las puertas.

Me besas de lado
porque no quieres dar el paso;
aunque para nada
te esperan mis labios.

Te dejas ver,
escuchas los piropos con placer,
te dejas coger
en un abrazo breve a veces.

Te dejas querer,
pero me besas de lado,
apartas los labios,
porque abrirse es más complicado.

Ya no tocaré tus pechos derechos
ni tu fina vagina,
te lo doy todo gratis;
y debilitaré tu ceño fruncido
con mi sonrisa.

Y aunque «No» digas,
todo mi amor te llega
cuando respiras esta poesía.

Pensarás que eres una manía,
y aunque no seas mía,
lo mando y te llega;
seguro, seguro,
aunque no digan que sí tu boca y cejas,
lo que dicen tus ojos
es mucho más puro.

Lo digo yo, que no te conozco.
Lo digo yo, que soy tuyo,
aunque tu interés parezca ser poco.

Grabados dos besos esa medianoche
y te fuiste con tu gorro,
esas telas apretadas,
botas a juego con el bolso.

Fueron tus últimos versos
que, por favor, me apartara
de lo que me tienta, reconozco.

Y he pensado largo en ello
y al final he concluido
que cualesquiera tus deseos
para mí son bienvenidos,
aun contra mi ideal,
si estuvieran bien o mal
no lo debo yo juzgar;
que si te voy a amar,
para que sea de verdad
debe ser sin esperar.

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