Mi abuela solía decir que medio mundo estaba roto. Lo repetía sobre todo mientras veíamos las noticias en la televisión, pero también, a veces, mientras estábamos de paseo o haciendo una visita a la Virgen del Pilar. Medio mundo está roto; está roto, murmuraba. Quizá por eso, un sábado de verano, a su manera hizo desaparecer la mitad del mundo. La mitad derecha. Dejó de mover esa parte del cuerpo y de ver y escuchar todo lo que quedaba a ese lado. Y ya no podía pasear.

Yo tenía siete años y no me convenció en absoluto la explicación de la que hablaban los mayores. Accidente cerebrovascular. ¿Cómo que accidente? ¡Si aquí no ha pasado nada!

Seguía yendo a visitarla todas las semanas y me sentaba a su lado en el cuarto de estar. Como ella ya no podía cocinar, mi tía preparaba la comida para las tres. Sus croquetas parecían iguales que las de mi abuela. Mismo tamaño, mismo color, misma huella de aceite sobre el papel de cocina… Pero no. Lo de dentro era otra historia. Más de una vez quise dejar mi plato a medias, pero entonces me acordaba de lo que solía decir mi abuela cuando pasábamos junto a la Parroquia del Carmen y veíamos la fila de personas en la puerta del comedor social. Qué suerte tenemos, decía. Yo aún no lo entendía del todo, pero quería fingir que sí, y repetía: Qué suerte tenemos. Con mi cara de circunstancia.

Cuando cumplí nueve años, mi tía, que además era mi madrina, me regaló un sobre con tres billetes de mil pesetas. Le pregunté si podía cambiarme uno de ellos y dármelo en monedas pequeñas. Mi abuela, que en ese momento estaba a mi lado, me lanzó media sonrisa -literalmente media-, y yo supe que, por dentro, era la de siempre, por mucho que los mayores dijesen lo contrario. Que apenas hablase no significaba que no nos prestara atención. Después de todo, ella nos había repetido muchas veces, antes del supuesto accidente, que cuando ya se ha dicho todo lo que es importante, es mejor callar.

Mi abuela era la única que sabía para qué quería yo las monedas. Durante muchos años, cuando aún podía pasear conmigo, solía dejarme una bolsita de terciopelo llena de monedas, la mayoría de cinco duros. Cuando veas a alguien que las necesite más que tú, le das un par, me decía. Tenía sentido. Aquello era mucho antes de la crisis, pero no nos costaba encontrar gente pidiendo limosna en las calles de Zaragoza, sobre todo en los porches de Independencia y en la plaza del Pilar.

En silla de ruedas, mi abuela les parecía a todos menos fuerte, más apagada. Pero eso es porque nadie, excepto yo, conocía su secreto. Cada noche, mientras todos dormían, ella recuperaba sus habilidades anteriores, y otras que nunca había tenido. Se levantaba de la cama de un salto y salía volando por la ventana, mientras su camisón se transformaba por unas horas en un traje azul brillante. Recorría la ciudad, asegurándose de que todo el mundo hubiese cenado y de que nadie tuviera que dormir en la calle. Repartía mantas en las casas donde no había calefacción, y les dejaba croquetas recién hechas y sacos enteros con monedas de cinco duros. Y al regresar a su habitación, al amanecer, estaba tan agotada que durante todo el día usaba solo la mitad de su cuerpo y no se levantaba de la silla.

Yo tenía la esperanza de que, cuando hubiese terminado de arreglar la mitad del mundo que estaba rota, mi abuela recuperaría las fuerzas y volvería a pasear conmigo, a contarme historias y a abrazarme con los dos brazos. Mientras tanto, guardaba su secreto y buscaba la complicidad en sus expresiones.

Mi abuela murió un sábado de invierno, exhausta, al amanecer. Yo tenía quince años y seguía pensando que era una superheroína. Aún hoy, con bastantes más, lo pienso. Y sé que si el mundo solo está medio roto… es porque todavía tiene arreglo.

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