La volví a ver el martes pasado.
Ese día empezó como otro cualquiera. Café con Ibuprofeno, tertulias
políticas en la radio, tráfico más denso de lo habitual debido a una súbita
tormenta que nos había sorprendido a todos. “Esta maldita lluvia nos cala hasta
el tétano de los huesos”, pensé observando el continuo movimiento del
limpiaparabrisas. El martes empezó como un día cualquiera, pero no lo era.
Porque la volví a ver. A ella.
Me había dirigido al hospital de la capital para realizarme una prueba. Mi
vieja y flaca rodilla había vuelto a dar problemas, y la oía crujir cada noche; así
que mi médico había decidido enviarme a la clínica comarcal a realizarme una
prueba de imagen, para, como expresó él, “descartar cosas”; eufemismo que
me hizo pensar automáticamente en las mil y una patologías que podía
esconder mi quejumbrosa rodilla y que me llevarían hacia una caja de madera
en menos de seis meses. Pero me estoy yendo por las ramas. Aquel día era
martes, llovía, y la volví a ver.
Me dirigí a la cafetería del hospital, un sótano sin ventanas, lleno de
pacientes y familiares. Entre ancianos con bastón y boina, niños berreando,
madres angustiadas y médicos deambulando como dioses, impolutos ante
tanta miseria cotidiana, me encontraba yo, tomando café y leyendo el periódico,
mientras observaba todo. Entonces la vi.
Ya no era pelirroja. Ni tenía ya esa sonrisa distraída, perenne en su
rostro. Aparentemente, no quedaba nada de aquella chica que llegó con veinte
años a la ciudad con su “mochila llena de sueños”, como ella solía decir,
concibiendo la vida como una huida, gasolinera tras gasolinera. En su lugar, se
encontraba una mujer de mediana edad con bata blanca, haciendo cola en el
comedor del hospital, bandeja de plástico en mano, charlando distraídamente
con otra compañera de trabajo. Pijama verde, gafas atadas a su cuello –
cuántas veces había besado yo ese mismo cuello en otro tiempo, en otra
ciudad, en otra vida–, ojos cansados, un par de arrugas en la frente. Y sin
embargo, seguía siendo ella. Volví a ver a la chica que cierta noche en un bar
del que ya ni recuerdo el nombre –un antro espantoso que nunca cerraba antes
de que saliera el Sol– me confesó, tras unas cuantas cervezas de más, quehabía estado demasiado tiempo esperando príncipes azules que siempre se
largaban antes de llegar. Esa misma noche estuvimos escuchando un viejo
disco de jazz –ojalá pudiera recordar de quién era- hasta que asomó el Sol por
mi ventana, hasta que se consumieron las velas, hasta que, exhaustos, caímos
dormidos en mi cama.
A partir de entonces seguimos quedando durante un par de semanas,
que se convirtieron en meses, hasta que llegó junio, y con él, el fin de curso, de
nuestras respectivas carreras y de nuestra estancia en aquella ciudad que se
nos antojaba eterna. Era, invariablemente, el mismo ritual: íbamos de bar en
bar escuchando música antigua, luego paseábamos por cada rincón
emblemático de la ciudad –la plaza de la Catedral, el Puente Romano, aquel
mirador junto a Fonseca…no dejamos ningún lugar sin recorrer– para luego
acabar a altas horas de la madrugada en mi casa –un piso que compartía con
otros estudiantes tan perdidos como yo y un galgo de adopción que ladraba
demasiado–. Vivíamos de noche y luego veíamos amanecer sentados en el
alféizar de mi ventana. Queríamos huir y ni siquiera sabíamos de qué.
Pretendíamos salvarnos de la mediocridad de la vida cotidiana, bebiendo
whisky y escuchando jazz en mi cama. Nos creíamos unos personajes de
película y, cometimos el error de pensar que, si corríamos suficientemente
rápido, el destino nunca nos alcanzaría. Mucho tiempo después, el recuerdo de
sus labios rojos apurando un cigarrillo aún se me aparecía cada vez que
cerraba los párpados.
La volví a ver el martes pasado y de pronto me sentí transportado veinte
años atrás. Volví a ver con meridiana claridad la casa de las Conchas,
recortada de fondo en nuestra despedida. Ella se fue a otra ciudad, a llevar otra
vida lejos de nuestros recuerdos, y yo volví a la casa de mis padres, al pueblo
del que había huido. No volví a ver a la pelirroja de la eterna sonrisa distraída.
Desapareció tras la silueta de la casa de las Conchas, se esfumó como el
humo de nuestro último cigarrillo. Seguimos mandándonos cartas durante un
par de meses, algunas felicitaciones de cumpleaños y de Navidad durante unos
cuantos años, pero de nada sirvieron las promesas de reencuentro. No
corrimos suficientemente rápido. El destino ya nos había alcanzado. Me dejó elrecuerdo de sus uñas clavándose en mi espalda como una maldición. Su
espalda tras la silueta de la casa de las Conchas.
Me pregunté qué habría pasado con su gato -un felino rebelde y arisco al
que ella llamaba Libertad- y con sus ganas de huir. La vida pasó, supongo. Se
teñiría el pelo de otro color, encontraría trabajo, se moriría su gato, acabaría
casándose con algún tipo con miedo a volar y estableciéndose en esa ciudad,
trabajando en aquel hospital. Se despediría de sus ganas de volar como quien
tira la ropa vieja o los billetes de metro usados.
La seguí mirando de lejos un rato, ocultándome tras mi periódico,
olvidando mi café, que hacía rato que se había enfriado. Intenté vislumbrar qué
vida llevaría, qué se ocultaba tras aquel pijama verde y aquellos ojos cansados.
Cerré el periódico, me levanté y me acerqué por detrás para darle un toque en
la espalda. Quería preguntarle si aún recordaba al chico de la cazadora de
cuero y la guitarra al hombro. Que él también se había perdido en algún
momento del camino y a veces ni siquiera se reconocía al mirarse al espejo.
Que ya no se sentaba en el alféizar de la ventana a ver amanecer, y había
cambiado su vieja guitarra por un horario de oficina de ocho a tres. Que había
coleccionado demasiadas cicatrices y había cumplido más años que promesas.
Súbitamente, me di la vuelta, me abroché mi gabardina y salí corriendo de
aquella cafetería. No miré atrás al subir las escaleras del hospital, no miré atrás
cuando salí de la ciudad a cien kilómetros por hora en mi coche, no miré atrás
cuando llegué al sofá de mi destartalado piso y me serví un vaso de whisky con
hielo, que me tomé de un rápido trago.
No fui suficientemente valiente de tocarle el hombro. Prefería recordarla
tal y como permanecía en mi memoria, con su sonrisa inocente y sus ganas de
vivir. Quería también que no me viera a mí, con veinte años más, una rodilla
quejumbrosa y demasiadas derrotas en la mochila. Al fin y al cabo, ya nada era
lo mismo. Ni ella, ni el mundo, ni yo.
“Miles Davis”, recordé súbitamente, mientras le daba vueltas con
distracción al hielo de mi whisky. Era de Miles Davis el disco de jazz que
sonaba en mi habitación la primera de las muchas noches que pasé con ella.
“Miles Davis, Miles Davis…” empecé a mascullar entre dientes. Me embargaronde pronto unas ganas terribles de salir corriendo, de coger mi coche y conducir
sin rumbo hasta que se me terminara la gasolina, hasta acabar la huida en
ninguna parte. Volví a llenar mi vaso una vez más. “Maldita sea, qué viejo
estás”.

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