Se sintió reconfortado cuando le obligaron a desnudarse, nada más bajar del tren. El sonido chirriante de los frenos aún reverberaba en la estación.

–¿También la ropa interior? –preguntó con una tremenda sonrisa.

–Todo menos el calcetín derecho.

–¿Por qué el derecho?

–Así son las normas –le respondió William. Su nombre estaba escrito en una placa brillante cosida a la chaqueta, justo por debajo del escudo de la ciudad más segura del mundo–. Y ahora, vacíe su maletín sobre aquella mesa.

El ingeniero obedeció ansioso y lo llenó todo de cuadernos y mapas. Los guardias comprobaron que su cartabón y su cinta métrica no representaban ningún peligro y, después de confiscar su cámara de fotos, le permitieron salir de la estación.

Ante él se extendía una explanada árida, salpicada de casas viejas y niños descalzos. Varios de ellos estaban jugando con unos palos y un balón deshilachado. El ingeniero les preguntó dónde estaba la entrada de la ciudad.

–Está allí –dijo el mayor, señalando a un bosque.

Conforme se acercaba a los pinos, el ingeniero vio que tras ellos se levantaba un muro de hormigón de al menos cinco metros de altura. Lo bordeó durante un par de horas, deteniéndose a tomar notas cada pocos minutos en una de sus libretas, hasta encontrar un portón blindado, en el que había una especie de máquina expendedora empotrada. Sacó algunos billetes de su cartera y los fue introduciendo en la ranura hasta que la puerta se abrió, solo los segundos necesarios para dejarle pasar.

–Buenos días –saludó al primer vecino que encontró.

Era un hombre joven, de pelo largo y ropa de colores. Estaba sentado en una hamaca de plástico, junto a la primera de una hilera de casas, todas ellas rodeadas por una alambrada común que en ese momento le separaba del visitante.

–¿Quiere algo?

–Soy ingeniero. He hecho un viaje muy largo para conocer la ciudad más segura del mundo y recabar ideas para mejorar la protección de mi propia ciudad. Allí estamos… sufriendo algunos problemas, ya sabe.

–Pues se está equivocando. Sus problemas no se resolverán levantando muros, como hacen aquí. Es una barbaridad intentar separarnos a unos de otros.

–¿Entonces no está usted de acuerdo con las barreras de protección?

–¡Por supuesto que no! ¿Dónde están los derechos humanos?

–Pero su urbanización está también rodeada por este muro de…

–¿Muro? –le interrumpió–. ¡Es una valla! ¡No tiene nada que ver! A través de una valla pasa la luz. A través de una valla puede verse lo que hay al otro lado, como le estoy viendo yo a usted ahora. Solo protege nuestras casas. ¿Entiende? ¡Nada que ver con un muro!

El ingeniero se despidió con una sonrisa y siguió caminando por la ciudad, apuntando cada detalle relevante. Cuanto más se alejaba del muro inicial, más complicado le era avanzar. Cada pocos metros se levantaban nuevos obstáculos de todos los tipos: muros de piedra, vallas metálicas, vallas de madera, tapias arenosas, alambradas con pinchos, electrificadas, paredes de ladrillos… Algunas de esas barreras tenían forma circular; protegían algo oculto en su interior. Otras simplemente dividían en dos el territorio, forzando a los caminantes a alargar su ruta dando grandes rodeos. Las había altas y breves, sin utilidad aparente, y también alargadas y bajas, tan bajas que uno se sentía tentado a saltarlas. Pero luego estaban los grandes muros, de apariencia infranqueable, que obligaban a cambiar de dirección. El ingeniero había comprobado que sus mapas estaban completamente desactualizados y estaba dibujando el suyo propio. Vista desde arriba, la ciudad que había representado parecía un laberinto sin sentido.

El sol estaba a punto de ponerse cuando se aproximó a un grupo de obreros que se afanaba en levantar un muro con grandes bloques de piedra. Todos tenían la piel marrón y el cabello sucio, blanco de polvo.

–Buenas tardes –saludó al que tenía aspecto de jefe–. Resulta interesante que haya escogido esos materiales para…

–¿Qué quiere? –no le dejó terminar–. Estamos muy ocupados. Casi no queda tiempo.

–¿Tiempo para qué?

–¿Para qué va a ser? ¡Para terminar el muro!

–¿Es que espera acabarlo hoy? Si ya casi es de noche…

–¡Precisamente!

El capataz se alejó gritando las últimas indicaciones a los trabajadores y el ingeniero se sentó a pocos metros, sobre una roca, para añadir algunas notas a su cuaderno mientras los otros terminaban su faena.

–¿Qué escribes? –le preguntó uno de los obreros, que había parado a beber agua. Tenía las uñas negras y unos cuantos agujeros en el pantalón.

–Estoy aprendiéndolo todo sobre vuestros muros. Soy ingeniero y voy a construir unos iguales en mi ciudad.

–¿Hay muchos constructores en tu ciudad?

–Los habrá cuando empecemos, supongo.

–¿Y destructores?

El ingeniero escuchó con atención la explicación del hombre, que durante muchos años, antes de trabajar en la construcción, había sido destructor.

–Entonces, ¿este muro está de pie cada noche, pero por el día vienen a demolerlo?

–Todas las mañanas. Caput.

–¿Es porque la noche es más peligrosa?

El tipo levantó los hombros, como si no lo supiera, y tampoco le importara.

–¿Qué otra explicación podría tener? –insistió el ingeniero, mordiendo su bolígrafo.

–¿Qué falta hace una explicación? Los muros temporales vienen, van, vienen, van… Tiene que ser así. ¿Qué íbamos a hacer si no todos los obreros? Me da igual que me pongan a construir que a destruir, mientras mi familia pueda comer.

–Claro, tiene usted razón.

El ingeniero pasó la noche a la intemperie, observando cómo terminaban de levantar el muro y cómo, horas después, otro grupo de hombres llegaba para echarlo abajo. En cuanto la última piedra fue retirada, atravesó lo que había sido una frontera y siguió avanzando.

Encontró una verja de hierro que rodeaba un grupo de casas, pero también vio otras verjas más pequeñas que separaban a esas casas, las unas de las otras. El mismo paisaje se repitió tantas veces que el ingeniero perdió la orientación y tuvo que abandonar su pretensión de terminar el mapa. Decidió seguir un camino asfaltado, esperando que desembocara en un núcleo urbano. A ambos lados de la calzada, cada pocos metros, se levantaban pequeños postes de madera. Conforme avanzaba, advirtió que cada poste era un poco más alto y estaba un poco más cerca del anterior. Media hora después, ya no eran palos independientes sino dos vallas sólidas de madera, que lo tenían encerrado en el camino. Por suerte, se atrevió a seguir hacia delante y los tablones que formaban las vallas volvieron a separarse hasta convertirse de nuevo en postes. El ingeniero respiró con cierto alivio y pudo mirar de nuevo a su alrededor, en busca de algún elemento que le permitiera orientarse. Pero el parecido con los antiguos mapas era nulo.

Después de caminar varios kilómetros, se topó de frente con un nuevo muro, tan alto y robusto como el que había visto en la entrada de la ciudad. Miró hacia ambos lados y no encontró los límites.

–¡Eh! ¡Eh!

El ingeniero escuchó que alguien le gritaba. Agudizó el oído para localizarlo.

–¡Eh! ¡Eh!

La voz venía de arriba. En el extremo superior del muro había un hombre sentado, con las piernas colgando, que le hacía aspavientos con los brazos.

–¡Por dios! ¿Pero cómo ha subido usted ahí?

–¡Con mucho esfuerzo! –El ingeniero advirtió que el hombre tenía sangre en las manos y en las piernas, y su ropa estaba rasgada–. Ayúdeme, ¡por favor!

–Espere ahí, buscaré a alguien que pueda prestarnos una escalera.

–No, no, ¡no quiero una escalera! ¡Bajar es sencillo!

–¿Qué quiere entonces?

–Quiero saber por qué lado bajar.

–¿Cómo dice?

–Llevo años intentando cruzar el muro. Esta mañana, por primera vez, he conseguido treparlo. Pero al llegar arriba, estaba tan cansado que me he sentado un momento y… cuando he querido bajar, ¡ya no sabía por dónde había venido!

–¿Pero cómo es eso posible? Veamos… ¿Quiere usted entrar a la ciudad o salir de ella?

–¡Entrar, por supuesto!

–Entonces tiene que bajar por aquí. Esto es la ciudad –dijo extendiendo los brazos y dando una vuelta rápida sobre sí mismo.

–¿Lo sabe con seguridad?

–¿Cómo dice?

–Lo que veo a ese lado no es mejor que lo que hay en este otro lado –el hombre no dejaba de girar la cabeza, sopesando sus oportunidades–. ¿Sabe con seguridad dónde está? ¿Lo sabe?

El ingeniero miró a su alrededor y se encontró rodeado por otros muros, vallas, paredes, alambradas. Le pareció increíble haber sorteado tantos obstáculos y sintió congoja al pensar que tendría que volver sobre sus pasos. El sonido chirriante de los frenos de un tren, al otro lado del gran muro de hormigón, interrumpió ese pensamiento. Miró de nuevo hacia arriba y el hombre había desaparecido.

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