Cogíamos esos futuros vaqueros, sumergiéndolos en aquel fatídico y marinado líquido transmutador. Era lo de todos los días, el futuro bienestar de alguna otra persona dependía de la cantidad de veces que pudiésemos empaparlos en aquella sustancia.
Eran las seis de la mañana, estaba hacinado en una de esas mugrientas, pequeñas y carcomidas literas de madera. Cogió su deshilachada camiseta, se puso sus maltrechos pantalones y se vistió como pudo. Aunque su día apenas acababa de comenzar, estaba listo para su dura jornada.
Unos gritos anunciaban el inicio de aquel suplicio, cuyo único reclamo y recompensa era aquel precioso y valioso metal, una moneda de cambio que le permitiría escalar en su pequeña y breve vida. Toda aquella fortuna por apenas unas doce, catorce o dieciséis horas, un cambio justo pensaba.
Se colocaba metódicamente en su correspondiente lugar, delante de una gigantesca cuba que era el núcleo de esa industria manufacturera. Junto a apenas un par de compañeros estaba él, mirando diminuto e insignificante aquella gran obra magna del trabajo humano. Sabía lo que tenía que hacer, con sus temblorosas manos colocó el tinte en un hueco de la máquina y dejó que se deslizara a través de sus innumerables e intrínsecas tuberías. Una montaña de tejidos cayó a su lado, era parte de su trabajo hoy. Una pila de telas que superaba, con creces, su tamaño. No sabía cómo empezar, cogió todas las que sus fuerzas le permitieron. Las arrojó penosamente sobre un pesado tonel de la máquina. El fluido que dejó previamente caer fue descendiendo gradualmente sobre los tejidos. Hundió sus dedos entre las costuras y amasó uno a uno los tejidos, ayudándolos a que cogieran aquel color marinado tan característico.
El tiempo corrió en su contra, una grave y amarga voz se lo recordó, indicándole que ya debería pasar a la siguiente fase de la elaboración. Aquella áspera voz se filtró en sus pensamientos, provocando un nerviosismo y una presión mortíferos. Llevó, como pudo, todas las mojadas y pesadas telas a una soleada zona para que se produjera un acelerado secado. Un foco le recordó la cantidad de calor que se acumulaba ahí, posiblemente, más de cuarenta grados. Impulsó sus frágiles y desgastadas rodillas hacia su esquina, una pequeña y mohosa intersección de paredes con apenas unas cuantas rudimentarias agujas y unos desvaídos hilos. Otra fuente de inagotables futuras prendas estaba delante de él. Sus manos se habían teñido del mismo azul que los tejidos. La siguiente fase de producción comenzó, hundió una gran aguja con un desgastado hilo celeste. Sus dedos temblaban haciendo que enhebrar fuera una auténtica heroicidad. Los gritos no cesaban y la presión le iba consumiendo lentamente. Cosió a duras penas las telas, además, unos temblores debidos a las extrañas sustancias usadas previamente hacían que tuviera que hundir la aguja más veces de las necesarias. Siguió cosiendo arduamente. Una nube negruzca inundó su pequeño habitáculo, provocando que un desagradable olor le perforara las fosas nasales. Pensaba que se pasaría. Eso le recordó por qué estaba ahí, un fugaz recuerdo de él jugando en las calles pasó por su mente, era como los demás. Un infortunio en su tierra desencadenó aquella huida, llenándole el olfato de repugnantes aromas. El aumento del temblor de sus manos y aquella amargada voz pidiendo rapidez le devolvió a su tarea. La pila iba bajando poco a poco. Aquel taller era una extraña carrera contrarreloj, pensaba. Aquel aumento en las agitaciones de sus extremidades le hizo bajar su rendimiento. Llegaban voces cada vez más estridentes, y sus manos hacían lo que podían. Cuanto más tiempo tardaba él, menos producía y menos clientes ansiosos por vestir lo último de lo último había. Pensaba que si ellos pudieran esperar un poco sus manos no tendrían que sufrir tal castigo. El tiempo seguía corriendo, pero al final, aquellas oceánicas, frágiles y pequeñas manos transformaron todo aquel amasijo de desaliñados trapos índigos en unos pantalones que serían el orgullo de alguna tienda, o por lo menos, uno de tantos pantalones que lucirían en un escaparate. Eso le reconfortaba, saber que lo que él hizo con sus manos estaría en una portentosa ciudad pero por desgracia, él nunca vería ninguna de sus obras.
Sonó una campana, un amarillento bol cayó sobre sus manos, en su interior, una oscura sopa, aparentemente de ginseng. Este pequeño recipiente era la única forma que tenía de transmitirle calor y energía a su exhausto cuerpo. Cogió la oxidada cuchara que había en él, sumergiéndola todo lo posible con el objetivo de poder nutrirse. El temblor le seguía acosando. Tenía que hundir repetidas veces el utensilio antes de poder llevárselo a la boca. Caía y caía pero no se rindió. Volvió a sonar aquella campana. Sus piernas, entumecidas por el arduo trabajo y el escaso descanso se levantaron débilmente. El tiempo había pasado, pero desconocía las horas reales.
Había llegado la hora, todo aquel trabajo había que depositarlo en aquellos gigantescos camiones, enormes artilugios mecanizados, que lo llevarían a sus respectivos comercios. Aquella desagradable voz volvió a azuzarnos para hacerlo más rápido. El jefe señalo con un carnoso y cuidado dedo, un conjunto de palés que relucían más que sus precarias vidas. Los gritos provistos de avaricia y estrés resonaban en la angosta sala de carga. El trabajo esperaba, y su futuro dependía de las escasas fuerzas que le quedaban. Miró sus manos, una mugre azulosa recubría toda la palma, la carne viva se entremezclaba con los pigmentos, restos de telas y sudor. Unas pocas horas más, pensaba. Se acercó al montón de ropa, tenía que moverla a los palés, ordenándola perfectamente y después, mover todo dentro del camión. Una tarea dura para un niño. Sus frágiles manos se enfrascaron en ello. Ordenó sistemáticamente los pantalones, doblaba una pierna, la otra y terminaba haciendo un cuadrado lo más perfecto posible. Para su desgracia, debido al temblor, esta tarea la tuvo que repetir más veces de las que a sus jefes y a él les hubiera gustado. La fábrica le dio una gran experiencia en las tareas textiles pero a su vez, le propició aquel pequeño defecto. Él no cesaba, si su prenda no quedaba lo suficientemente perfecta, la recolocaba otra vez. Quería que la persona a la que le llegase le gustara pero, no entendía por qué le hacían ir tan rápido. Él quería que aquel que se pusiera esos vaqueros, tejidos con sus manos, y entrelazado con sus deseos, fueran los más reconfortantes que hubiera probado. Por desgracia tampoco entendía por qué estaba siendo tratado así, por qué los gritos inundaban su cabeza, por qué las malas palabras resonaban más que los agradecimientos. Para él, todos éramos personas, con nuestras cosas, problemas e inquietudes pero, al fin y al cabo, personas con las que poder hablar y jugar. Seguía doblando ropa y transportándola. Ya quedaba menos, varios compañeros se unieron a él. Todos ellos de piel morena y escuálidos brazos cogían el mismo trozo de madera repleto de pantalones. Cogían muchas prendas, cargando excesivo peso en sus hombros, con el objetivo de acabar antes su tarea.
Ya apenas podría mover sus piernas cuando aquella prominente voz se alzó. Aquel hombre, de piel más blanca que el lino pero rojizas mejillas, los reunió. La dura jornada había terminado, los puso en una fila y posándola en sus palmas, entregó uno a uno aquella preciada moneda de metal. Pensaba que estaba un paso más cerca poder vivir mejor. Por si os lo preguntáis, lo único que le unía a ese hombre era un mero trato verbal y la única cuenta bancaria que regía su economía, era el deshilachado bolsillo de sus harapos.
Con el cansancio invadiendo su cuerpo, la única forma de descanso era la camaradería que reinaba en las literas. Ese era su único y verdadero descanso. Todos los operarios de aquel taller, carecían de algo a lo que llamar hogar, pero a su vez, era lo que unía a todos. Vivían el presente, el mañana sería otra aventura. Nunca supo cómo eran las estrellas, la luz apenas se colaba entre los agujeros que tenían las paredes, además aquella pequeña habitación quedaba oculta bajo los camastros, que cubrían todo ápice de espacio. Ese era su único auspicio durante la noche. Se posó sobre su piltra, y miró confusamente sus manos. Era lo de siempre, pensaba, unas manos temblorosas pigmentadas de aquel sistémico azul turquesa. La carne se había desgarrado por el constante esfuerzo, esa misma carne viva que se mezclaba con el pigmento. Bajó la mirada, unas huesudas y desnutridas rodillas con unas desganadas piernas que mostraban la ardua tarea de levantar grandes pesos. Quería morir. Quería poner fin a esa tortura y poder salir libre a vivir. Seguía esclavo de la guerra. Él no quería estar ahí. La guerra lo llevo a ese país a ese infame taller y a fin de cuentas, a esa miserable vida recogida por la opresión. Como él, todos aquellos niños invisibles, que no listan en ninguna empresa que, sin embargo, engrosan el trabajo de la mayoría de empresas textiles internacionales. Son el tejido invisible que sustenta los bajos precios. Un compañero se sentó junto a él. Tenía doce años, su cara lucía igual de destrozada que la suya. Enormes cicatrices surcaban su cara en busca de vida. Le sonrió. A pesar de que su situación era igual o peor que la suya, le dijo que ya estaban más cerca de vivir como ellos. No supo qué responder. Alguien que había sido marcado por esta amarga vida le estaba alegrando el día. El sueño nubló su vista, quedaban seis horas para que la siguiente jornada de trabajo comenzase. Dejó que su cuerpo se posara sobre el endurecido colchón y que sumase uno al contador de su vida.
El día siguiente fue diferente al resto, un grupo de hombres blancos con elegantísimos
trajes apareció. Nuestra situación por fin se dio a conocer. Los hombres blancos eran periodistas y denunciaron la precaria situación. Los titulares de los periódicos extranjeros se llenaron de noticias acerca de nosotros. Habíamos sido escuchados. Sin embargo, el resultado fue muy diferente al esperado. Los mandatarios se excusaron diciendo que no sabían nada, una simple mentira que añadiría un párrafo más al artículo. La solución práctica, a diferencia de la teórica no llegó. Nos metieron a todos en un camión con la promesa de llevarnos a un lugar donde nos pagarían más. Una falsa promesa para poderse librar de la mala fama generada. Al día siguiente todo cambió, trajeron blancos de la capital y ya no quedaba ningún extranjero en la industria manufacturera. Nadie había hecho nada malo. El final para nosotros fue diferente, mi nombre era Samir, era el niño de ese taller. Moriré en ese camión. Espero que tú, al contrario que los medios recuerdes aunque sea mi nombre. Quería ser como tú, sé feliz, sonríe, tienes toda una vida para cumplir tus sueños.

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