Sus manos heladas recorren mi espalda, la cual se estremece con cada movimiento. Mi pelo se eriza y una sensación de paz me inunda por completo. Por fin siento sus brazos atrapando mí cuerpo. Al igual que mi piel la suya se eriza bajo la mía, raspándola en una curiosa caricia.
Nos estremecemos bajo el cuerpo de la otra, dándonos calambres con solo rozarnos. Aunque siento que empezamos a arder sigo notando su piel tan fría como el hielo.
Siento cómo sus labios, carnosos y jugosos rozan mi cuello, dejando un húmedo beso. Al acercar más su cabeza a mi pecho, el cual ya no sube y baja nerviosamente, sino que lo hace de forma salvaje, noto cómo su larga y sedosa melena cae por mi hombro, como una continuación de sus caricias. Sus pestañas me hacen cosquillas por el cuello, pero evito reírme para no interrumpir sus besos y caricias.
A pesar de que no nos hemos movido, noto cómo suda. Una pesada gota de su sudor acaba cayendo por mi clavícula y resbalando entre mis senos. Esto me crea todavía más cosquillas, por lo que hecho la cabeza hacia atrás, reprimiendo una sonora carcajada, lo cual ella aprovecha para lanzarse a mi cuello. Su lengua me quema la piel, pero el rastro que deja es frío y reconfortante, como sus caricias.
Respiramos profundamente, absorbiendo el aroma de la otra, cada partícula. Finalmente, ya vestidas, nos damos un fuerte abrazo, como si fuera la última vez que nos vamos a ver… Solo que esta vez lo es.
En pocas horas nuestros caminos se van a separar por completo; a mí llevándome al norte, a mi hogar, donde mi esposo e hijos me aguardan; y a ella al sur, donde tendrá lugar su nuevo matrimonio.
A pesar de que nos hemos prometido no llorar, lo hacemos amargamente, con el corazón desgarrado. Intento hacerle otra propuesta, podríamos tratar de establecer amistad entre su nueva familia y la mía, pero ya sabemos de sobra que el odio y la guerra entre los bandos a los que pertenecemos serían inevitables.
Recorro su boca por última vez, saboreando sus labios para tratar de no olvidarlos, busco su mirada pero la oscuridad de la noche me lo impide, dejándome decepcionada por no poder admirar por última vez su belleza.
Ansío besarla y abrazarla de nuevo, pero entonces, oímos las campanadas de la iglesia, recordándonos que ya son las doce y que podrían descubrirnos si no nos encuentran en nuestros respectivos lechos.
Yo me quedo petrificada, asimilando lo que ello supone: no volver a verla jamás. Mientras, ella, en un rápido y apenas audible susurro me dice al oído: “te quiero”, para después salir corriendo, sollozando y perderse entre la espesura del bosque. Noto cómo mi corazón se encoge tras oír sus palabras, las cuales retumbaban ahora en mi cabeza. Era la primera…y última vez que las decía, y me estaban causando más dolor y estragos en mí de los que jamás hubiera imaginado.
Antes de irme me quedo allí, parada, aspirando la fragancia pegada a su vestido, ahora mío.
Acabo mirando a la luna, y ante ella me rindo, me doy por vencida y lentamente salgo del claro, de vuelta al casillo, rezando que ese punzante y asfixiante dolor no dure para siempre, para recordarme nuestro corto pero intenso, puro y verdadero amor, que nunca podré olvidar.

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