Observando el cielo
nos dimos cuenta de que el altar se había roto.
Entregaste tu vida a mi hoguera
en busca de la euforia.
Desengañados los cortes se sucedían,
se tatuaban en nuestra carne,
se escuchaban en las hojas del bosque.
Como dos potros heridos
hicimos el amor y,
observando como la última gota recorría nuestros cuerpos,
caímos salvados sobre la hierba.

Fuimos tierra y nos convertimos en cielo.

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