Si aún sigues ahí, te diría que no he vuelto a saltar baldosas fingiendo que
juego a la rayuela desde que no estás.
Si todavía continúas ahí, te escribiría que sigo viendo tu sonrisa socarrona
cada vez que cierro los párpados.
Si por un casual estás en alguna parte, en algún bar polvoriento y lleno de
pulgas, te confesaría que me sigo estremeciendo cada vez que recuerdo como
tus afiladas uñas se clavaban en mi chaqueta vaquera, estrechándome,
sabiendo ambos que era el último abrazo.
Si aún me leyeses como hacías por encima del hombro, te escribiría que aún
siento tu lengua en mi boca, en aquel último beso con el que quisimos evocar
aquella famosa foto de Cartier-Bresson.
Si aún permanece esa parte incorrupta de ti, te explicaría que sigo aprendiendo
a volar, a caerme y levantarme constantemente. Que a veces me siento como
una peonza girando sobre sí misma y solo tú, brújula rota que hace tiempo
perdió el norte, niño escorpión, demonio ambulante, sabe lo que es vestir de
azul cuando todos los demás van de negro. Como Ingrid entre los alemanes en
Casablanca.
Si aún vagas acá y allá, me gustaría decirte tantas cosas, contarte que tanta
cama compartida y soledad individual no sirvió de nada, que mis nudos
marineros en el pecho aún no se han ido y empiezo a pensar que habitarán ahí
el resto de mi salvaje y preciosa vida.
Si tan solo estuvieses ahí. Pero ya no estás, amor, y he de seguir mi camino
encontrándote en el fondo de cada vaso, exorcizándote en cada palabra que
me arranca el papel.

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