Este fin de semana he estado en la antigua cabaña de nuestros padres, entre las montañas del norte de Alemania. Todo sigue lleno de recuerdos que hace tiempo quedaron atrapados bajo una capa de hielo. No te escribo desde hace mucho, pero en esta última escapada he sentido una urgente necesidad, un recordatorio procedente del pasado, un lo siento aletargado tras todos estos años.
El invierno allí continúa golpeando fuerte, con sus nevadas y sus ventiscas repentinas. Según llegaba, el que no hubiera ni una sola huella alrededor de la cabaña hizo estremecerme. Era un ambiente puro e inocente, todavía sin perturbar. Cansado, tan solo pude tambalearme haciendo esfuerzos por sacar mis botas de entre la nieve y volver a plantarlas para marcar el siguiente paso. Apenas podía oír nada más que el viento, que parecía guiado por ti para vencerme antes de que pudiera llegar. Bajo la nieve que se agolpaba en el tejado, vi el cartel que colgaste cuando tenías diez años. Pasé la mano por su superficie y quedó de nuevo al descubierto.
Estuve toda la noche dentro y sucumbí al sueño entre papeles. Los folios del borrador de mi siguiente libro se agolpaban vacíos. De alguna forma, esperaba que nuestra cabaña me ayudara a rellenarlos con su silencio. Pese a mi reputación, he de admitirte que nunca me he visto como un buen escritor. En el fondo, supongo que no soy más que un cazador de historias, sin capacidad para inventar las mías propias.
Hacía mucho tiempo que no sufría un episodio de sonambulismo. Recuerdo que, cuando éramos niños, me decías que tenía un fantasma dentro de mi cuerpo y que trataba de decirme algo, pero que solo era capaz de expresarse por las noches. A mí me gustaba más pensar en él como una inspiración. Ahora creo que tenías razón, pues mientras dormía aquel espectro me dejó un mensaje.
Me desperté temblando. El vaho se formaba a partir de mi aliento. En la primera luz de la mañana, algo me pegó en la cara y me levanté atontado. Vi que una de las ventanas estaba abierta y todos los papeles formaban un remolino caótico por la habitación, en cuyo centro estaba yo. Al cerrarla, se produjo un crujido en la madera y un extraño sentimiento de culpa despertó en mi interior. Todos los papeles pararon de forma simultánea. Se suspendieron por un par de segundos, como si estuvieran colgados por hilos invisibles y después cayeron. En el centro de la sala, sobre el pilar que allí se levanta, todavía pendía un folio con una extraña anotación. Estaba escrito con mi letra y decía: “Bleich Monster”. Me sentí mareado y busqué dónde tomar asiento.
Puede que ya no recuerdes lo que significa, pero una vez fuiste tú quien me lo explicó. Me dijiste que habías oído a unos cazadores del lugar contar la historia de un monstruo que perturbaba a la población, y que creías que por entonces estaba cerca de nuestra cabaña, pues cada amanecer oías sus gruñidos llenos de lamento. Yo te creí y estaba atemorizado, aunque siempre pensé que contigo estaría a salvo.
Nuestros paseos no se vieron alterados por su presencia, aunque yo creía percibirle en cualquier parte. Solo me sentía tranquilo cuando llegábamos al lago congelado, que siempre recordabas que antes había sido un glaciar. Era un espacio abierto muy grande, una pista donde patinar sin molestar a nadie. Solo unos solitarios pinos ataviados con abrigos de nieve custodiaban la zona entre el lago y el bosque. Si allí había alguien, no tenía mucho sitio donde esconderse. Quizá por ello me gustaba tanto. A mi escasa edad, tenía las piernas muy pequeñitas y tenías que tener cuidado de adecuar tu paso. Apurábamos siempre hasta que la luz se despedía con timidez y anunciaba el ocaso. Cuando ya me sentía cansado, me gustaba sentarme y observar cómo te deslizabas y bailabas por el hielo. Era un ritual que ambos siempre respetábamos: me llevabas, me aguantabas, yo me cansaba y tú, por fin, disfrutabas. Lo que nunca te dije era que ese último momento el que más me gustaba, siempre asociado al deseo de no querer irme nunca de allí para volver a casa.
En uno de estos paseos de la tarde, oímos unos sonidos extraños. No era como los gruñidos que decías escuchar al alba, pero sí transmitían cierta melancolía. Nos apartamos del camino para subir una pequeña ladera y asomarnos. Allí pudimos observar con claridad todo el lago. En el centro se distinguía una figura nívea, del tamaño de un lobo de gran envergadura. Tenía el cuerpo esbelto, muy estilizado. Se movía con una delicadeza hipnotizadora, más propia de un felino. Cuando nos acurrucamos en un buen escondite, nos dimos cuenta de que ambos temblábamos. No era miedo, sino emoción. Podía notar los latidos de tu corazón desbocado sobre mi espalda.
El animal jugaba con la nieve y se abalanzaba sobre el hielo. Su cola hacía de contrapeso con la ligereza de una pluma. Solo presentaba unas motas negras al final de esta y en las puntas de las orejas. Al ver sus largos bigotes, caímos en la cuenta: era una especie de gato, pero de enorme tamaño. Se lamía con cuidado sus patas y volvía a lanzarse al suelo helado. Parecía como si hubiera visto su rostro cano allí reflejado y quisiera alcanzarlo. Yo observaba maravillado y cuando te miré, tenías los ojos cristalizados. Me tocaste las mejillas con tus frías manos y pasaste un dedo por debajo de mi párpado. Me pareció que querías quitarme unas lágrimas que solo tú llorabas. Nos abrazamos. En medio de ese vínculo dijiste: “Lo hemos encontrado”. El animal no parecía ser ese monstruo del que hablaban, ni siquiera un ser apenado. Ahora saltaba y jugaba, poseído por un espíritu juvenil. Sin querer, te moviste y rompiste una rama. Se produjo un crujido en la madera. El animal nos oyó y se alejó, fugaz, entre los copos de nieve. Desde entonces noté que te envolviste en una culpabilidad permanente.
De vuelta a casa, no hablamos más del tema. Nos encontramos con unos cazadores alemanes, que solo repetían aquel nombre: “¿Bleich Monster? ¿Bleich Monster?”. “No”, respondiste, “no hemos visto ningún monstruo pálido”. Yo te miré confundido, pues jamás te había visto mentir a un adulto. Fue después cuando colocaste con rabia aquel cartel en el exterior de la cabaña.
Ahora, yo también me busco en un reflejo y solo veo arrugas y pelo cano. No me invade ningún espíritu juvenil con ganas de saltar y alcanzarlo. Sin embargo, sí que te imagino a ti deslizándote y bailando por aquel lago. Yo entonces no entendí por qué no quisiste hablar de lo que vimos, ni siquiera a nuestros padres. Solo pensaba en darle un nombre, en que todos lo conocieran y adoptarlo. No caí en que para ti eso significaría mancillarlo, acorralarlo y, finalmente, cazarlo. No fui tan fuerte como tú. En mi naturaleza ya residía ese afán por las historias y acabé por contarlo.
Cuando acabó el fin de semana, me fui apenado. Los folios seguían vacíos y se caían a mi paso. Ahora deben de estar surcando el cielo entre sierra y sierra, como palomas mensajeras ciegas que una vez fueran testigos de un encargo. Fui incapaz de escribir ni una sola palabra en ellos. Ya no me parecían importantes las historias que escribiera. Solo una imagen ocupaba mi mente: aquella magnífica criatura jugando en el lago congelado. Volví el rostro una vez más hacia la cabaña. Supe que no regresaría allí de nuevo. Tu cartel me lo impide, pues aunque la nieve caiga sobre él como el polvo del olvido, su mensaje seguirá inscrito. Me despedí de tantos recuerdos y lo leí una última vez: “Prohibida la entrada a cazadores”.

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