El arrullo del mar, el olor a sal, el romper de las olas, me hacen olvidar. Olvido de dónde vengo, qué soy, qué siento.
Allá en el fondo una línea difusa desdibuja el final del cielo y el inicio del agua.
El rugir del viento en las montañas, el frío clavándose en mi piel, me hacen sentir la vida; la vida que tengo, que siempre tendré. Una vida que es un regalo, pero también una maldición. Una vida que nunca voy a poder cambiar.

Oigo pasos rápidos, un sollozo a mi espalda.
Me giro y veo una silueta que camina rápido hacia mí, me pongo de pie me coloco ante ella y la rodeo con mis brazos.
El calor de su cuerpo en contraste con el frío viento, la humedad de sus lágrimas contra mi cuello, su aroma danzando a mi alrededor. Me agacho y le susurró al oído.
-Escucha el eco del mar, deja que te consuele, que beba de tus lágrimas y saboree tus labios. Sosiégate y acompasa tu corazón, deja que la inmensidad te llene y aclare tu mente.
Alza la cabeza y deja que pruebe sus labios, me rodea con sus brazos y su cabeza regresa a mi hombro, ya no llora.

-He conocido antes tus labios que los rasgos de tu rostro.
-Mejor, nadie los quiere.
-No hace falta que nadie los quiera más que tú.
-Yo tampoco los quiero.
-Déjame ayudarte a quererlos.
Alza el rostro y veo su redondeada cara contra la luz de la luna que se yergue en el firmamento, su tez rosada, su nariz puntiaguda, sus ojos llorosos y su cabello revuelto. Es hermosa.
– Eres hermosa.
– ¿De verdad lo crees?
– Si.
– Gracias.
– Tampoco conozco tu nombre.
– Mi nombre…

Mis sentidos despiertan y mi mente regresa de ese pequeño paraíso. Siento la bravura del mar, el azotar de las olas, el frío helador, la luz proyectando sombras curiosas.
La realidad me azota como lo hace la hermosa infinidad que se extiende ante mí,
Imbatible, Ingobernable.
Y de pronto me doy cuenta de que no siento el calor de nadie ni la humedad en mi hombro, no hay nadie a mi lado.

Estoy solo de nuevo.

No es posible realizar comentarios.