Arrastro los pies temiendo encontrarme otra piedra en mi camino, hace frío y entierro mi rostro entre mis hombros. El viento hace que mi pelo revolotee a mi alrededor trayendo consigo un nauseabundo olor que me invade.
• ¡Eh, tú! – Grita un hombre tras mí. La calle está desierta pero no me giro, no conozco a nadie en aquel asqueroso rincón del mundo.
• Tú, el de negro. – ahora sí que me giro y veo a un hombre flacucho corriendo tras mí.
• ¿Cómo te llamas? – me pregunta jadeante.
• ¿Importa?
• No, supongo que no. – Contesta algo turbado e irguiéndose – Oye, escúchame. Tengo un trabajo para ti, – viendo que no contesto sigue hablando – hay una zorra que juraría que me ha puesto los cuernos con todo el puto barrio así que, te quería proponer; ¿Por qué no, tu que eres un hombre hecho y derecho, no vas y te la intentas tirar? Si lo consigues me avisas, te doy doscientos pavos y punto; y si no… supongo que igual en lo que a ti respecta. ¿Qué me dices?
• ¿Por qué debería hacerlo?
• Porque es una puta facilona que está demasiado buena y, coño, son doscientos pavos por nada.
• Aunque quisiera, tampoco creo que pueda hacerlo.
• ¿Por qué no? Joder, es una buscona de mierda – respondió elevando el tono.
Entonces descubrí mi rostro, hasta entonces oculto entre las solapas de mi abrigo, dejando que viera lo que una vez fue mi cara. Había sido un rostro hermoso, pelo castaño con ojos verdes, pómulos altos y…
Supongo que ya sólo queda la mitad de mi cara. Un ojo verde, un pómulo aun medianamente rosado y medio labio rojo, la otra mitad no es más que un amasijo informe de músculos contraídos, coronado por un ojo blanco, carente de vida.
El hombre dio un paso atrás y susurró – monstruo – así que saqué la sonrisa más demoníaca que encontré en el cajón más oscuro que había y se la mostré.
Entonces me dejé cambiar, sabía cómo era, pero él jamás habría podido imaginárselo.
Sabía que se me alargaba el rostro y agrandaban los ojos, sabía que mi sonrisa dejaba atrás todo rastro de humanidad que hubiera podido tener. Conocía el color que llenaba mi ojo y teñía parte del vacío que gobernaba mi rostro quemado.
Dejo que mi abrigo caiga al suelo y veo que ese hombre cae de espaldas, sacudido por una ráfaga de viento que me hace sentir el reconfortante peso de mis alas, majestuosas e imponentes.
• Seré un monstruo, – dijo mi nueva voz – pero soy un buen monstruo.
El hombre se arrastró por el suelo tratando de alejarse de mí, del ser que era yo ahora, pero una sacudida de mis alas nos plantó frente a él, rozando las puntas de aquellas feas deportivas.
Escucho el susurro de una plegaria en sus labios mientras lloriquea, oigo su pulso acelerado y siento su sangre, corriendo por todo su cuerpo y de pronto… un nuevo olor atenaza mi nariz, el olor del hierro, el olor de la sangre, una piedra puntiaguda le habría perforado la piel, o puede que llevara un cuchillo… ahora daba igual, ya no podía contener al ser que habitaba en mí.
El calor invadió mi pecho haciendo arder la piel marmórea bajo una camiseta casi incinerada.

Me abalancé sobre él y lo levanté agarrándolo del cuello, ví el terror de sus ojos y el color rojizo del fuego naciendo en su piel.
Batí un par de veces mis alas y nos elevé sobre los edificios. Rasgué su frágil pecho con mi uña e hinqué mis dientes en su cuello, saboreé la cálida sangre de un alma humana y bebí de él como bebería un señor de su copa y cuando no quedaba ningún resquicio de vida en su interior, lo dejé caer.
Levanté la vista al cielo y encontré una hermosa luna coronando la noche, una luna llena, más brillante que mil estrellas juntas, más bella que el rocío en una rosa, mi luna.

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