No crean, por lo que estoy a punto de contarles, que Juan y yo somos apenas
conocidos. Solíamos llevarnos muy bien, de veras. Fue la muerte de su madre la que lo
cambió. Se volvió alguien muy difícil con el que tratar. Dejé de disfrutar su compañía y, con
el tiempo, empecé a rehuirla. No supe más de Juan hasta el pasado Viernes Santo, cuando
coincidí con él en la plaza Ortega y Gasset.
Le vi sentado en uno de los bancos, alimentando a las palomas. Gráciles, comían de
su mano y bebían de un charco que imposibilitaba una entrada seca al banco de frente. Las
piernas me arrastraron a su lado, instándome a reconciliarme con mi viejo amigo.
Pero la conversación no fluía. Ya era la enésima vez que mi interlocutor me
contestaba con un monosílabo. Más acostumbrado a escuchar que a hablar, pocos son los
temas que puedo lograr sin ningún tipo de comentario por la otra parte. Inevitablemente, el
silencio reclamó su lugar.
Comencé a balancearme hacia los lados en mi asiento. Crecía en mí de forma
imperante la necesidad de buscar alrededor algún estímulo visual que me ayudara a acabar
con la mudez de la situación. Ésta había tomado forma de viento; pesado, turbado y
desapacible emisario del aguacero incipiente.
“Vamosss, di algooo…”, pensé. Yo también había callado, y ahora miraba al joven.
Estaba ausente, abstraído y meditabundo en la redundancia de su expresión. Su curioso
peinado bailaba al son de una melodía aún más peculiar. Impasible, clavaba su mirada en el
horizonte.
Viéndole tan calmado, supuse que Juan ya había pasado página. Hasta se sentaba
junto al cobarde que lo abandonó durante tan dura etapa de su vida. Pero algo me decía
que esa etapa aún no había acabado.
Le observé mejor, detenidamente, buscando qué podría haberme hecho dudar de lo
evidente. Así, advertí cómo su frío rostro se empapaba de un ligero rosado, cómo sus labios
se tensaban para evitar temblar y cómo sus ojos tiritaban cristalinos, carentes de calor
humano. Impasible, dije. ¿Habré elegido jamás peor adjetivo? Cada parte de Juan gritaba
en una agonía reprimida, invisible bajo una fachada de inexpresión.
Un escalofrío me trajo de vuelta a la realidad. Empezaba a hacer mucho frío y
numerosas nubes atiborraban el cielo con presteza. Amenazantes, rugían. A mí, quizá. Me
decían que ya era hora. Así que tomé aire. Y lo dejé escapar. La lengua se me había
endurecido. Un segundo intento:
-Tanto tiempo, Juan. Tanto tiempo te he desatendido y olvidado. Escapé de ti para
evitar la angustia que me provocabas, sin darme cuenta de que haciéndolo, rechacé un pilar
de mi humanidad: mis más tormentosas emociones. Hoy he venido, Juan, para volver a ser
humano. Quiero enfrentarlo, Juan. Mi duelo.
Juan se giró bruscamente hacia mí, y su gesto se torció. La tormenta estalló y, junto
a ella, un diluvio de emociones. Juan se llevó las manos a la cabeza, como queriendo
arrancarse el semblante. Éstas se deslizaron a su cuello, que profería gemidos guturales,
en súplica de oxígeno. Se incorporó estremeciéndose y, fallándole las piernas, cayó en su
asiento de nuevo.
Ahora sólo jadeaba. Empapado en lágrimas, jadeaba. La espalda (¿la mía?), aún
apoyada en el respaldo, se encorvaba terriblemente, a merced del agotamiento.
Ya no veía a Juan por ninguna parte. Ni siquiera en el reflejo del charco, ahora
agitado por las gotas como balas que lo perforaban. Ya no había ni charco, ni palomas, ni
Juan. Sólo un intenso pesar en mi pecho, y la gratificación de haberlo recuperado. A mi
dolor. A Juan

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