El despertador suena

– Las seis de la mañana, levanta cariño.

Rayen se levanta de la cama, prepara una cafetera y se mete a la ducha. En la radio suena

“Another time, another place” de los Rolling. El calentador está estropeado y la ducha de agua

fría le hace salir antes de silbar la cafetera. Vuelve al cuarto y le da un beso con sabor a café a

Morana.

Se enfunda en su abrigo largo, ata su cinturón y se marcha de casa. Baja las treinta y tres

escaleras de su piso. Mira hacia la parada del autobús. El indicador de tiempo le dice que

vuelve a tener que ir andando hasta el trabajo.

– La línea novecientos dos y sus retrasos.

Recorre las mismas calles y cruza los mismos pasos de cebra. Mira el mismo cartel de siempre.

– “Para combatir el calor de la rutina, beba nuestra bebida refrescante a base de extractos”.

Cruza la travesía que separa la vida de su deber. Sin mirar.

– “Nunca pasa nadie”.

Un coche que circula sin las luces lo arrolla.

El despertador suena.

– Las seis de la mañana, levanta cariño.

Rayen se levanta de la cama, le da un beso a Morana, prepara una cafetera y se mete a la

ducha. En la radio suena “another time, another place” de los Rolling. La manguera de la ducha

parece no tener presión. El agua está caliente y la tranquilidad con la que sale lo sume en un

estado de duermevela. La radio le informa de que ha llegado al primer cuarto de hora de la

mañana. Sale rápido de la ducha porque está escuchando la cafetera silbar violentamente,

resbala y se golpea de cabeza contra el lavabo.

El despertador suena.

– Las seis de la mañana, levanta cariño.

Rayen se levanta de la cama, prepara una cafetera y se mete a la ducha. En la radio suena

“another time, another place” de los Rolling. La ducha despacha agua de manera perfecta.

– “Menos mal que cambiamos el calentador. Esto es vida, el otro siempre fallaba”.

Vuelve al cuarto, se enfunda en su abrigo largo y le da un beso con sabor a café a Morana. Se

marcha de casa y cuando llega a la escalera número diecisiete tropieza con el cinturón de su

abrigo y cae rodando. Su cabeza golpea la esquina del escalón número treinta y tres.

El despertador suena.

– Las seis de la mañana, levanta cariño.

Rayen se levanta de la cama y se mete a la ducha. En la radio están poniendo “Another time,

another place” de los Rolling. Por su cabeza pasa descontrolado un “deja vu” en el que parece

haber sido atropellado. Tan real como una pesadilla, durante diez minutos eternos se queda

bajo la alcachofa, a merced de los chorros. Sale de la ducha y pone una cafetera.

– “Menos mal que no la he puesto antes de entrar como siempre”.

Se bebe el café y vuelve al cuarto. Morana sigue dormida. Se enfunda su abrigo viejo. Le deja

una nota, no quiere despertarla. Sale de casa. Baja a la calle, con una sensación de extrañeza

que no entiende. Mira a la parada, la línea novecientos sesenta y siete espera a reanudar la

ruta.

– “¡Qué raro!”.

Recorre las mismas calles y cruza los mismos pasos de cebra. El cartel había cambiado.

– “Beba nuestro refresco sin cafeína, el mismo sabor, para que las noches no cambien”.

El móvil vibra.

– ¿Ya has llegado? – aparece en el tablón de notificaciones – hoy me iré de compras. Un beso.

Rayen mira la hora, las siete y cuarto. Corre hacía la entrada de su edificio y la línea

novecientos sesenta y siete se lo lleva por delante.

El despertador suena.

– Las seis de la mañana, levanta cariño.

Rayen abre los ojos y aspira profundamente. Como si le faltara el aire.

– ¿Estás bien?

– Si… – la mira extrañado – he tenido una pesadilla. Creo.

– Métete a la ducha que vas a hacer tarde.

– Voy… ¿Te quedas un rato en la cama?

– Las seis y cinco.

– Vale, vale.

Rayen se levanta, se mete a la ducha. Empieza a tararear “Another time, another place”.

– “¿De quién es esa canción?”.

La cafetera nunca duraba de un día para otro pero ayer Morana se había ido de compras. Así

que Rayen se pone uno de lo que había sobrado. Vuelve al cuarto y se pone su abrigo viejo.

– ¿Por qué no estrenas el que te compre ayer? – se escucha desde debajo de las sabanas.

– No me gustan los abrigos largos, lleva cinturón.

– A mi me gusta.

– Pues ya me lo pondré cuando se joda este.

Le da un beso y cierra la puerta de casa.

– Treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete… Juraría que eran treinta y tres.

Sale y mira a la parada del bus. La línea novecientos dos está a punto de llegar. La

novecientos sesenta y siete acaba de salir. Espera y lo coge.

A tan solo una parada del trabajo la línea novecientos sesenta y siete se lleva por delante a un

peatón que cruza corriendo, el conductor da un frenazo y la línea novecientos dos colisiona

desde atrás. Los pasajeros salen volando.

El despertador suena.

– Las seis de la…

– Lo sé cariño – Rayen abre los ojos y mira a Morana – no entro hasta las siete – dice mientras

su mano viaja bajo las sábanas.

– ¿Qué te pasa? ¿Te has levantado animado? – pregunta tras abrir los ojos y llevar sus labios

a la boca de Rayen.

– No solo yo, Morana.

El despertador sigue sonando pero no están en ese mundo. El calor se transforma en sudor, el

somier cruje como las vigas del suelo de cualquier casa de pueblo. El despertador da paso al

programa matinal de la radio donde suena “Another time, another place” de los Rolling.

– Me encanta esta canción – dice Morana tras separar su boca para tomar aire.

– No se me ocurre estar en otro lado ahora mismo, cariño.

La contienda emprendida bajo la manta, se traslada a la ducha, el agua sale helada pero el

cristal del espejo está empañado. La radio anuncia que son las siete menos cuarto. Rayen abre

los ojos, pero los vuelve a cerrar.

Sale de la ducha después de Morana. Mientras acababa ella había tenido tiempo de preparar

café.

– ¡Qué bien huele!

– ¿Sabes que llegas tarde? – da un sorbo al café sin apartar la mirada.

– Estaba ocupado – se sirve una taza.

– ¿Y eso le vas a decir a tu jefe?

– No, que el autobús ha sufrido un percance y no he podido llegar antes – termina su café,

vuelve al cuarto, se enfunda su abrigo largo, ata su cinturón, da una palmada en el culo de

Morana y sale por la puerta.

– ¡Te quiero! – se escucha desde la cocina.

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