La imaginación también se educa.

Había muchas veces la misma historia. Se trataba de un día como cualquier otro en la vida de una persona. De hecho, el lugar puede ser cualquiera que desees si puede albergar los elementos que se van a presentar a continuación.

Desempeñando el papel de protagonista tenemos a Alguno. Alguno tenía hambre. Más concretamente, debemos especificar que su hambre se traduciría en un enorme apetito por comer huevos fritos. Dado que tenía hambre, se propuso comer. Para conseguir satisfacer su deseo, va a su casa y abre su frigorífico. En él, encuentra huevos, por tanto, deducimos que, o él mismo se los compró, o otra persona se los dejó en su frigorífico. Escoge el primero que tiene a la vista, ya que sabe que no hay huevo que sepa peor que otro, porque para él, todos van a tener un sabor magnífico. Dicho esto, deja el huevo en algún lugar en el que no se rompa, como puede ser la mesa, y coge la sartén. Pone la sartén sobre el fuego que él mismo ha hecho surgir y, luego, vierte el aceite sobre el recipiente de cocina cogido anteriormente y espera a que se caliente. De las ganas que tenía de que le supiera lo mejor posible, cerró las ventanas para que no entrara ninguna corriente de viento que pudiese entorpecer el proceso, se aseguró de que el aceite estaba en una cantidad suficiente y no innecesaria y se aseguró de aprovechar toda la yema y clara de la que disponía y de que la cáscara no se juntase en aquel posterior plato. Pasado el tiempo indispensable para que el huevo se fría pero ni tanto como para que no llegue a freírse ni como para que se queme, nuestro personaje principal dispuso el huevo en su plato que, se sabe que fue lavado y preparado para la ocasión por él mismo. Lo siguiente que hizo, fue comérselo de la mejor manera que pudo y con una alegría que dejaba todo su rostro iluminado. Claro que, al finalizar su comida, él mismo se levantó para fregar el plato que usó, dejándolo más adelante en el lugar de donde lo había cogido.

¿Hasta aquí bien? Si la respuesta es un “no”, vuélvete a releer el párrafo y si la respuesta es un “sí”, prosigue con la lectura. Por lo que nos atañe ahora, os contaré una situación similar.

En calidad de nuevo protagonista dentro de nuestro presente relato, tenemos a Alguien. Este personaje, la verdad, no tenía mucho hambre. Cierto es que, no tenía nada de hambre. Ahora que sabemos esto, sigamos con su anécdota. Resaltaremos que Alguien tenía mucha imaginación. De hecho, una de sus frases favoritas era: “¡imagínatelo!”. Al cabo de un rato, lo encontramos en su casa. Abre el frigorífico y, al igual que Alguno, posee huevos. De repente, le entran unas ganas tremendas de comérselos, aunque sea solo uno, pero sabe de sobras que no tiene hambre. Pese a su estado estomacal o, llamémosle mejor, de apetito, decide coger un huevo. Lo curioso es que cuando entró en casa se percató de un olor no muy extraño para su olfato. Era la sartén con el aceite echado y el fuego a una potencia ideal para freír un par de huevos. Claro que, con el huevo en la mano y la sartén preparada delante, solo le haría falta una tan insignificante aportación suya que, una vez hecha, tampoco habría por qué ser justificada…vamos…que está a huevo. Por lo tanto, en su mundo de fantasía y de imaginación se vé ya comiendo el huevo y disfrutándolo al igual que Alguno ya hizo. Pero en sus visiones situadas ya fuera de la realidad, no se da cuenta de que mientras él abrió la cáscara y fue echando el huevo intencionadamente al lado de la sartén para acercar la imagen real a su ficción, Algo le fastidió los planes. El alimento había, pero sobretodo, seguía, friéndose en la sartén mientras Alguien se daba cuenta de lo sucedido. Visto esto, apaga el fuego, tira el huevo y limpia la sartén lo antes posible. Baja la tienda de alimentos más cercana y compra una docena de huevos. La lleva a casa y mete esos huevos junto a los que ya estaban allí. Nadie se percataría de lo sucedido, ¿verdad?

Bueno, ahora tengo que deciros que nunca se descubrió quién fue Algo. Alguien siempre pensaba que pudo ser la corriente de aire que debió de haber entrado por la ventana…o que se habría resbalado porque el suelo estaría un poco húmedo desde antes…o que alguna luz le debió de haber entorpecido ya que no soportaba verla de frente, pues le dañaba los ojos… Solo una vez se planteó que pudo haber sido su puntería, pero renunció rápidamente a seguir desarrollando la hipótesis ya que no se creía capaz de tal fallo.

Ahora bien, si Alguno le dice que fue por su culpa ya que él mismo sabía no tenía hambre, Alguien probablemente lo mandaría, seamos políticamente correctos o agradables a la escucha de todos, a darse un paseo para reflexionar su dictamen.

Para terminar, te propongo una pregunta que, allá tú, la quieras contestar: ¿tú qué harías si no tuvieses hambre? Y si de verdad no te ha resultado muy satisfactoria la pregunta, te dejo aquí otra: ¿te gustaría ayudar a que la gente coma solo por hambre, y no por placer?

Personalmente, sé que defraudo muchas veces a la gallina no haciendo buen uso de sus huevos. Además, si a esto le sumas que está explotada por ciertas personas a las que yo les compro, la verdad, no me resulta un tema gracioso. Pero, ¿sabéis qué? La gallina seguirá poniendo huevos. Y antes de apresuraos a completar con “hasta que muera”, cuidar vosotros cómo coméis hasta que muráis.

La imaginación también se educa…porque la imaginación pasa luego a educarnos.

No es posible realizar comentarios.