Asomaba el cielo entre algunas –las más desnudas- copas del frondoso bosque. Me hallaba tumbada en una roca tapizada de musgo, protegida de cualquier rayo de sol, rayo de vida, rayo de ruido, rayo de humanidad, rayo de inconsciencia. De pronto, un estruendo sacudió el paisaje, turbó el agua de los lagos, hizo volar las hojas secas. Un gran helicóptero verde sobrevolaba la tierra agitando la calma, deshaciendo la paz… Las anillas del cuaderno se me resbalaron de entre las manos. Apagué mis ojos. La libélula se posó sobre mi nariz.

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