Hubo una vez, al menos ochenta años atrás, cuando tus abuelos aún gateaban, en que una joven vivía totalmente a oscuras. Y no es que su cuarto no tuviera ventanas, o que solo le gustara salir de noche. La muchacha nació ciega.

En otro lugar del mismo pueblo, perdido en la montaña, donde el olor de la mañana es de cabras y el sonido de la noche de grillos, había un joven, con solo dos o tres años más, que vivía en silencio. El muchacho nació sordomudo.

La ciega podía escuchar y decir todo lo que el sordomudo únicamente podía ver; privilegio que ella no poseía. Fue algo más tarde de cumplir los veinticinco años cuando, en un banco de la Plaza Mayor, ambos coincidieron a las doce la noche. A esa hora no había nada que ver, ni nada que escuchar, ni a quién decirle algo. Era la hora perfecta para los dos. ¿Entonces por qué, si lo que una decía no podía escucharlo el otro, y tampoco podía devolverle la mirada al muchacho, sus manos se agarraron y el amor surgió entre los dos? Probablemente, porque ella era ciega, y él, sordomudo.

Por primera vez, la comunicación no era esencial en sus vidas. Nadie les pedía nada por encima de sus posibilidades. Su único vínculo eran las dos manos cogidas, recorriendo el pueblo a todas horas. No eran capaces de quedar a ninguna hora, así que cuando se necesitaban, acudían al mismo banco, sin que nadie lo hubiera estipulado así. Y es que, con el tiempo, las visitas al banco fueron cada vez más frecuentes. Porque ella era ciega, y él, sordomudo.

Todavía no se sabe cómo lograban ponerse de acuerdo, pero de alguna manera, abandonaron el pueblo con el único fin de recorrer el mundo, siempre cogidos de la mano. Mientras que el muchacho no llegaba a escuchar otras lenguas, ni a conocer ambientes o melodías folklóricas, la muchacha se servía de éstas para explorar otros lugares que no podía ver. Y los olores y las texturas, pese a estar al alcance de los dos, ni siquiera podían comentarlas. Daba igual, no lo necesitaban. Porque ella era ciega, y él, sordomudo.

Y mano a mano, a oscuras y en silencio, se creó un mundo entre los dos que solo podía sentirse y no expresarse, compartirse y no comprenderse. Porque nunca habían cruzado una palabra, ni una mirada, porque ni aunque lo intentaran llegarían al otro. Pero aun así, había llegado un momento en el que todo estaba dicho y todo estaba visto en este mundo particular. Habían compartido una vida entera juntos, tan solo yendo de la mano. Y así habían sido felices. Porque ella era ciega, y él, sordomudo.

¿Quién sabe cuántos años tenían ya? ¿Acaso alguno de los dos se preocupó de ello? La mujer comenzó a sentir la mano de su amado más arrugada con el paso del tiempo. Él sí la veía envejecer, pero lógicamente, no podía comentarle nada. Tampoco lo hubiera hecho. Si no podían quejarse de su vejez, solo les quedaba disfrutarla de la mano. Porque ella era ciega, y él, sordomudo.

Y el otro día, no hace demasiadas semanas, cuando la anciana despertó a las ocho de la mañana, sentía la mano del anciano muy fría. Aunque no lo veía, podía sentirlo yacer a su lado, pero por mucho que ella le preguntara si todo iba bien, él no respondía. Como siempre. Porque ella era ciega, y él, sordomudo.

 

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