Gerardo caminaba por la Calle Buenaventura a ritmo apresurado, desparramando chinchetas a su paso, las cuales se le caían de la boca al intentar meterse puñados demasiado cuantiosos. Era su cumpleaños, y como cada año, se reunía con dos amigos en su bar de toda la vida. Pero llegaba tarde.

—Me cago en la puta, llego tarde.

Lo que decía. Finalmente, próximo a El Aguilucho, ya casi a punto de entrar, un hombre apoyado en el marco de la puerta exhaló aliento, escupiendo chinchetas a la cara de Gerardo. Varias de ellas se clavaron en su tez, pero él simplemente se las sacudió, dejando unos hilillos de sangre resbalándole por los poros.

—¡Mira quién viene a quitarnos las telarañas de esperar! —exclamó Bernardo al verle aparecer en el bar.

Fernando, sentado a la derecha de Bernardo, soltó tal carcajada que se le caían chinchetas de la boca. Gerardo saludó a ambos con un gesto desganado y fue a la barra a pedir un café con leche y sacarina al camarero, el cual comía chinchetas con la mirada perdida junto al grifo.

Mientras esperaba su café, cogió el periódico que había en un extremo de la barra. Una mujer daba el pecho a su bebé al fondo de bar, sujetando con una mano al niño y con la otra tomando puñados de chinchetas que se precipitaban sobre la cara de su hijo. Gerardo sacó un nuevo bote de chinchetas, desenroscó la tapa, y empezó a devorarlas con avidez mientras leía la portada.

—Aquí tiene su caf… —comenzó a decir el camarero.

El bote de cristal cayó al suelo, rompiéndose en pedazos y desperdigando chinchetas por las baldosas, las cuales pisó una anciana descalza que pasaba por allí. También es mala suerte, joder. Gerardo se levantó de un brinco e ignoró el café.

—¡Chicos, dejad esas chinchetas ahora mismo! —chilló, quitando de un manotazo los botes a sus amigos.

—¡Devuélveme mis chinchetas, cabrón! —bramó Fernando.

Gerardo enseñó el titular del periódico como respuesta.

—“Las chinchetas pinchan” —leyó Bernardo en voz alta.

Los tres amigos se miraron horrorizados. Rápidamente, Gerardo volteó las páginas hasta encontrar la noticia ampliada.

—“Varios estudios demuestran que ingerir chinchetas desgarra las paredes del sistema digestivo, provocando sangrados, inflamaciones, coágulos y dolor de ojete. La probabilidad de muerte es del 87%.” —Gerardo paró un momento para escupir asqueado las dos o tres chinchetas que le quedaban en la boca—. “Además, el desparramamiento de chinchetas resultante de su ingesta impetuosa provoca daños a los que están alrededor, pudiendo desencadenar también su muerte”.

—Dios mío —musitó Fernando—. Yo le he hecho un cunnilingus a mi mujer hace un rato con la boca llena de chinchetas.

—¡Hay que prevenir a la gente! —Gerardo se puso de pie sobre la silla—. ¡Escuchadme todos! —gritó. El bar se quedó en silencio. Todas las miradas apuntaban hacia él—. ¡Comer chinchetas mata! ¡Y también a las personas que tenéis al lado! ¡Avisad a todo el mundo! ¡Estamos destrozándonos el organismo! ¡Es nuestra vida la que está en juego!

La muchedumbre empezó a proferir un batiburrillo de blasfemias e improperios. La mujer que daba el pecho a su hijo sacó un lanzallamas y quemó el bote de chinchetas que llevaba por la mitad. La anciana descalza casualmente pasaba por ahí y murió de una manera cruel y vomitiva. Todo el bar comprendió la gravedad de los perjuicios de comer chinchetas y, en cuestión de minutos, estaban clamando el nombre de Gerardo mientras le agradecían que les hubiera salvado la vida. Esa noche, Gerardo mojó.

 

Al año siguiente, Gerardo volvía a llegar tarde. Lo cierto es que a veces apetece darle dos buenas tortas. Ahí estaban, otro cumpleaños más, Bernardo y Fernando esperándole en su mesa de El Aguilucho. Exhalaban el humo de sus cigarrillos casi al unísono.

—¿Vienes a quitarnos las telarañas de esperarte? —bromeó Bernardo.

—Este año no puede ser más surrealista que el anterior —apuntó Gerardo mientras tomaba asiento.

—Cuesta creer que nos metiéramos esa mierda en el cuerpo —reflexionó Fernando en voz alta. Dio una calada más a su cigarrillo y siguió hablando—. ¿Por qué lo hacíamos? ¿Éramos idiotas?

—Desconocimiento, tío —dijo Gerardo mientras se encendía un pitillo que le había prestado su amigo. Miró fijamente aquel cilindro de papel portador de nicotina—. Supongamos que nos dicen que estas mierdas nos matan.

—No seas absurdo, Gerardo —interrumpió Bernardo, y después se dirigió a Fernando—. Odio cuando pone ejemplos con historias absurdas.

—Bueno, supongamos que el tabaco es malo para nosotros. No solo para nosotros, ¡también para las personas que comparten espacio contigo! —prosiguió—. Sé que es estúpido, pero imaginadlo. Supongamos que hay datos que lo demuestran, que lo pone en la propia cajetilla. —Ahí no pudieron evitar reírse sus amigos ante lo surrealista de la situación—. Supongamos que, aun así, las personas fumaran. Entonces sí que pareceríamos idiotas, ¿no crees?

—Ni siquiera habría una razón para empezar a fumar.

—Exacto —asintió Gerardo—. Pero no es el caso. Tomar café no mata, charlar con tus amigos no mata, pasear no mata y fumar no mata. Disfrutemos mientras podamos.

—¡Hasta que se demuestre lo contrario! —agregó Bernardo.

—Lógicamente. Nos gusta vivir. —se encogió de hombros ante la evidencia—. ¡Hasta que se demuestre lo contrario!

 

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