Hay un monstruo en un rincón del cuarto de estar. Está ahí, quieto, al lado del radiador. Lleva ahí medio día y no sé qué quiere. No le he quitado el ojo de encima y, salvo parpadear con su único ojo, no he visto que haga otra cosa.

Me está poniendo de los nervios. ¿Y si quiere matarme? ¿Robar las joyas? O peor, ¿y si quiere robarme la comida? Oh, espero que no sea la comida. Eso sería imperdonable.

A lo mejor me está distrayendo mientras otro monstruo me roba la comida. Seguro que es eso. Si yo fuera un monstruo, querría robarme la comida. Maldita sea, ¡ahora no puedo dejar de pensar en ello! Tengo que comprobarlo, así que corro hasta la cocina y… nada. Mi plato está vacío.

¡Querían mi comida, lo sabía! Y seguro que ahora que no lo estoy vigilando, ha aprovechado para escaparse, el muy maldito.

Vuelvo corriendo al salón, y el monstruo sigue en su sitio. Vaya, esto es una sorpresa. Entonces, la desaparición de mi comida y este monstruo no están relacionados. Tengo que averiguar qué quiere, o mejor, conseguir que se marche. ¡Eso sería lo mejor!

Me acerco con recelo al monstruo y le miro fijamente. Sin parpadear. El monstruo no hace nada. Frunzo el ceño, y me decido a hablar:

— Vete.

El monstruo no se inmuta. Me acerco más.

— Márchate de aquí.

Nada de nada. Me acerco aún más, y me quedo a escasos centímetros de la cara del monstruo.

— Lárgate de esta casa.

Silencio. El monstruo parpadea con parsimonia. El párpado baja con lentitud, y cuando cierra el ojo el ser solo es negro, un negro profundo y sin sombras, como una silueta. Con la misma calma que antes, el párpado asciende de nuevo y el ojo queda abierto de par en par. Y no hay más movimiento.

No puedo tolerarlo más. Esto ya es burlarse de mí. ¡Me está ignorando! Así que hago gala de mi amplia gama de insultos. ¡Así aprenderá!

Oigo pasos a mi espalda, y cuando giro la cabeza veo a mi humana entrando por la puerta del salón. A lo mejor ella puede ayudarme con el monstruo, así que procedo a explicarle la situación.

— Humana —lloriqueo con angustia—, este monstruo se está burlando de mí. Ayúdame a echarlo, por favor.

Mi humana me mira, tiene ciertas dificultades para entender mi idioma. Se lo piensa un segundo, y profiere una serie de maullidos desafinados.

— Confeti. Espárrago. Calcetín.

Mi humana no sabe hablar gatés, y empieza a ser ya un poco frustrante. Le pone esfuerzo, pero no sabe juntar las palabras. Y además, no ha entendido nada de lo que le he dicho, seguro.

Vuelvo la cabeza y clavo la vista en el monstruo. A lo mejor así me entiende, lenguaje corporal y esas cosas. Pero parece que no, porque ahora me está acariciando la cabeza y hablándome en su idioma. ¿Español lo llaman? El caso es que no entiendo nada de nada. Y creo que no ve al monstruo.

Un momento. ¿Ha dicho “comida”? Juraría que ha dicho comida. Esa palabra sí que la entiendo, en cualquier idioma. Me giro a toda velocidad. Ella se ha incorporado y camina hacia la cocina.

Sí, ha dicho comida. Lenguaje corporal y esas cosas.

 

Es superior a mí. Es hablar o pensar en comida y me entra hambre. Se me cortocircuita el cerebro. No quería dejar al monstruo desatendido, pero a la comida no se le dice que no. Y como no daba señales de querer moverse a otro sitio, no creo que haya pasado nada por haberme ido a comer, ¿no?

Bueno, miento. Después de comer me tumbé a dormir la siesta. Y me dormí muy profundamente, porque quieras que no, vigilar a un monstruo es bastante cansado. Y cuando me desperté, una atractiva mosca se paseaba por el cristal de la ventana y no paré quieto hasta que la atrapé y me la comí.

Estaba muy buena. Hizo “crunch”.

Y tras esta breve pausa, me dirijo de vuelta a mi puesto de guardia en el salón. No puedo dejar al monstruo sin vigilancia tanto rato, sobre todo sin saber qué es lo que quiere. Imagina que va a por mis humanos. Intolerable.

Doblo la esquina y compruebo con horror que el monstruo se ha movido. Está dos centímetros más a la derecha que antes. También tiene otro ojo más. ¿Y juraría que se ha hecho más grande?

— Pero será…

Ya está. He sido amable todo este tiempo, pero esta es la gota que colma el vaso. Si no se ha querido largar por las buenas, será por las malas.

Saco mis garras y salto sobre el monstruo. Le propino un zarpazo, que no parece hacerle mucho daño. Me miro la pata con extrañeza.

Ah, ya sé qué pasa. Me cortaron las uñas el otro día. Soy tonto.

Pero al monstruo no le ha gustado nada que lo toquen, y se revuelve. Salto de vuelta al suelo, y me dispongo a atacar con mis dientes. A mordiscos no me gana nadie.

Un tentáculo se acerca a toda velocidad, y le propino un mordisco tremendo. Sabe fatal. Con todas mis fuerzas, estiro y lanzo al monstruo contra el sofá. Parece quedar atontado, y antes de que tenga tiempo de volver a moverse, caigo sobre él.

Al oír el ruido, mi humana ha aparecido en la puerta del salón y contempla el espectáculo.

— No me vendría mal una ayudita —le digo, con la pequeña esperanza de que entienda lo que le digo.

— Cortacésped —contesta ella. Bueno, tenía que intentarlo.

Aprovechando que al hablar le he soltado, el monstruo arremete contra mí. Salto al sillón, y del sillón al suelo. El monstruo me sigue. Tengo que alejarlo de mi humana.

Corro a toda velocidad y salgo al pasillo, y de ahí al baño. Me escondo. Las emboscadas son mi táctica favorita.

Cuando el monstruo entra desquiciado en el baño, le caigo encima con todo mi peso y lo aplasto contra el suelo. Con sus últimas fuerzas hace amago de moverse, pero acabo con él antes de que intente nada nuevo.

He ganado.

La boca me sabe fatal.

 

Mi humana asoma la cabeza en el baño cuando he terminado de enterrar al monstruo en la caja de arena. No quería que viera ese espectáculo.

Me acaricia la cabeza. Es el mejor pago que podía pedir por mis servicios. No se lo digo siempre, pero haría cualquier cosa por mis humanos. Les quiero mucho, y debo protegerlos.

Porque mis humanos saben abrir armarios. Y yo no sé abrir armarios. ¿Sabéis que hay en los armarios?

Comida.

 

Creo que hay un monstruo en el sofá.

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