1.

“Lo llamaban “el Malnacido”, por desaborido y por desalmado, y no era ningún secreto

que gustaba de amedrentar alimañas con la llegada de la noche. Su porte, de negro viejo

las telas, hacía ver las copas de los árboles, negras también, un poco más brillantes. Y

con el sonido de sus botas de cuero y gruesa hebilla dorada, corrían despavoridas las

voces de los mozos y las mozas más pudientes, volcándose sus gritos en una macabra

sinfonía de vidrios rotos y manteles pisoteados. De los ojos de la luna no escapaba

lágrima alguna, sin embargo. Ni de los ojos de las estrellas. Ni si quiera de los ojos del

viento, que tanto disfrutaba al embriagar de rocío las hojas más verdes, surgía el llanto.

Pues lo llamaban el malnacido, mas no era para tanto.”

2.

Cuentan que fue en una de esas trifulcas, casi periódicas, donde los candelabros predijeron

la despedida de Juanillo, el hijo último del gobernador. Cuentan que las llamas se tintaron

de verde, que se oyeron los aullidos de los lobos retumbar en los cristales vibrantes de las

ventanas grandes. Y que la lumbre verde se silenció de pronto. Y cuentan también como,

tan sólo iluminadas por la eterna amargura de los astros, se dejaban entrever blancas

hiedras de humo, que ascendían hacia la techumbre en un baile sinuoso, seguidas sólo por

la blanca mirada del horror. Y recitan poemas los rapsodas de como cayó de pronto la

vidriera, rasgando los arcoíris y las hiedras blancas, anunciando la entrada triunfal de la

bestia.

Nadie fue testigo, el caso es que, a Juanillo, el hijo último del gobernador, se lo tragó la

penumbra, como a tantos otros.

El gobernador murió siete noches después, más de pesaroso que de anciano, y con él, al

apellido suyo y al de Juanillo, que era el mismo, se los tragaron las lápidas de mármol

pulido. Y se decretó un luto largo, pesaroso como el gobernador y negro como el

Malnacido, que estaba en todas partes. Pero no era un malnacido como los sacos de

gusanos que asolaban las calles empantanadas en las épocas más crudas de epidemia, ni

tampoco un demente de caminar solitario. Era, simplemente, el Malnacido.

Cuentan que arrastraba consigo las voces despavoridas de los mozos y las mozas más

pudientes porque nada se podía arrastrar del abono que eran, en vida, los demás. Nada

más corto que su equipaje formado, tan sólo, por su piel y por sus botas, de cuero negro

y gruesa hebilla dorada, había de ser cargado en su carreta. Y la blanca luna fue dando las

doce, noche tras noche.

3.

Los mentideros y las tabernas se llenan estos días de los murmullos desollados de los

poetas, y en los parques dejan caer los bolindres al suelo las manos de los niños, al detectar

sus oídos la presencia de algún anciano con semillas en las manos y leyendas en la lengua,

para los gorriones y para ellos, respectivamente. La calma dejó de ser embrión y ya es

recién nacida.

 

4.

Pero entre las penumbras se cuecen habas. Los gallos se despluman, mojando sus picos

en sangre, y sus dueños discuten con los omóplatos enfrentados. Y se habla por el camino

del río, ese que está vestido de hojas pardas, de una querella, pero ya saben que la mentira

tiene las piernas muy cortas, y que la verdad no es más que otra mentira. Cantan los poetas

ahora, pero ya cantaron lo mismo sus muertos, que en paz descansen, y lo mismo cantarán

sus vástagos cuando sean ellos los que sean polvo. Nada ocurre. Sólo suenan el silencio

de las botas de cuero negras, de hebilla dorada, y las rodillas flexionadas del Malnacido

al sentarse ya, cuidadosamente, sobre su trono de oro negro.

 

5.

Cuentan que ha habido otra trifulca. Otro Juanillo ha sido muerto por la oscuridad, otro

apellido queda sin renombre. Es ahora pasto para el ganado, pero los ataúdes, como tantos

otros, son de madera de roble por fuera y aire por dentro. Nada contienen. Ningún hueso

puede verse.

El trono azabache desde el que se escucha el silencio de las botas de cuero negro y hebilla

dorada huele a orgullo y tripas ajenas, las tripas ajenas a baldíos esfuerzos de cambio.

Dicen ahora por los mentideros que el Malnacido no es tan malnacido, que sufrió de

ostracismos en demasía. El aroma putrefacto del terciopelo del sitial se vende en frascos

adiamantados de agua de colonia, y el viento, que siempre fue ajeno a todo, ha empezado

a palpitar en un solemne cante jondo.

 

6.

Nadie sabe cómo surge la oscuridad. Sólo saben que se hace de repente. Que siempre está

acompañada del ruido de vidrios rotos, que caen como macutos sobrecargados al suelo

desde el lomo de una mula. Y luego el Juanillo en concreto desaparece, como alma que

lleva el diablo.

7.

La querella aquella, la del camino del río, es más olvido que verdad. Ambos gallos

murieron en el ruedo aquella noche, los omóplatos enfrentados cedieron su lugar a cuatro

brazos en guardia corta. En lo que dura un estío se volvió rojo el palenque que los acogía.

Ambos yacieron, contrarios pero iguales en lo que a naturaleza respecta, bajo la mirada

atenta del Malnacido, que frotaba sus manos sintiéndose cerca del trono aquel en el que

se acomodaría tiempo después, cuando los mentideros y las tabernas se llenasen con los

murmullos desollados de los poetas.

 

8.

Pasa el tiempo. Los mentideros y las tabernas se repiten día a día,

y las tumbas de los Juanillos ya no tienen flores. Han devenido en sepulturas vacías por

dentro y por fuera, al igual que el contenido de los frascos de agua de colonia. El

Malnacido se aburre, el terciopelo se hace notar demasiado suave. Se revuelve entre los

reposabrazos de caoba labrada a mano. Precisa de vientos de cambio, pero el viento, de

cuyos ojos nacen ya ríos de agua semi salada, no está por la labor. Y lo llama con voz

gutural, fantasmagórica. Ahógate en mi sufrimiento, no hincaré rodilla alguna bajo tu

yugo. Se esfuma. Ni el viento es rival ya para el Malnacido. El hombre que nació en baja

cuna, el miembro más bajo de las letrinas de las alcurnias es ahora el dueño de media

esfera. Si quiere cambio, comerá cambio, pues sus designios son todo.

9.

Un pestañeo. Un cambio. Otra trifulca más. Otro Juanillo menos. El Malnacido posee

bajo su brazo derecho una hueste de conquistadores venidos a menos. La penumbra que

en otro quizás hubiese provocado estupor, no crea más que graciosas sonrisas de mirada

perdida. Cuentan los poetas que ya no hay poetas, que ya no estarán tristes nunca más,

que a los mentideros han traído bolas de cristal, que brillan con furor, avivan las

ambiciones y solapan las penas. En las tabernas se lavan los vasos en desuso, pues el calor

de sus cristales viejos no es ni el de una panilla del otro, nuevo y transparente. La

oscuridad que asoló a los mozos y a las mozas más pudientes ha migrado de nuevo, con

el Malnacido y sus tropas, al trono de oro con olor pútrido. En el salón de baile, donde

los vidrios se han roto sobre el suelo, como macutos caídos del lomo de una mula, los

mozos y las mozas discuten, ya no se llevan. Lanza un anónimo triste la primera piedra.

Ni siquiera huele a querella y a gallos ensangrentados. Huele a muerte en su plena

naturaleza. Huele a niebla.

 

10.

En los mentideros se cuenta, porque ya no hay poetas que lo cuenten, que han encontrado

estalactitas apuntando a sus cabezas y por eso fue el Malnacido ahí, por eso se hizo

oscuridad. Pregunta una rezagada estrella a su bola de cristal. ¿Es eso cierto? Y afirma el

fulgor sobrenatural, pero la luna, justiciera y vieja, acierta a verlo. Se resiente al golpear

con su mazo eterno a su propia hija. Una luz menos en el cielo. Mas la luna es estoica.

No dejará que su descendencia pase del cielo a las tabernas y los mentideros.

11.

Entre la niebla del salón de baile y los vidrios del suelo, hay más mozos y mozas

sepultados que en pie. La agonía se vuelve niebla. Y la niebla es eterna.

Los astros vuelven efímero todo, incluso los segundos.

12.

El Malnacido ha ganado la paz como reconocimiento por su faena. Se alegra. Los dos ríos

de los ojos del viento aminoran la marcha. El sol brilla más. La niebla sigue en pie mas

no se siente. Periodo de falsa calma. Quedan menos mozos, quedan menos mozas. Sus

auras inertes tapizan el parqué, y del parqué surgen resinas color bermellón. Los designios

del Malnacido se han llevado también a los sacos de gusanos y a los dementes de caminar

solitario. El Malnacido ha ganado la paz como reconocimiento por su faena. Periodo de

falsa calma.

 

13.

Periodo de falsa calma que acaba pronto. Otro vástago del odio ha nacido, en el otro lado

del mundo, cuentan en los mentideros. Entre el uno y el otro han hecho renacer a los

poetas. Vuelven a estar los mentideros repletos de versos. Por poco tiempo, pues los

vidrios rotos han caído esta vez sobre el Malnacido.

Cuentan que le han hecho sangre, que está rojo de ira. La luna, la que mató a una de sus

hijas por descerebrada, dicen los poetas, suda en frío. Tiene miedo de una catástrofe. Los

videntes y el sol han augurado días de luto. Los polos se han partido en dos, como si un

brutal terremoto hubiese tenido lugar en lo más hondo de la tierra.

14.

Trifulca. La última. La más grande de todas. No quedan bolas de cristal que brillen en las

casas y en los mentideros. En las tabernas se ocupan tan sólo las despensas, ya vacías,

pues otorgan una inexplicable sensación de seguridad. Nada puede evitar ya la batalla

última. La luna teme. Sus hijas han muerto y no fue ella. El viento humedece los valles

con sus córneas.

 

15.

El Malnacido ha quedado con vida. No queda nada más. Un poeta solitario y un mentidero

vacío convergen, y hablan entre ellos de que el Malnacido ha perdido dos brazos y una

pierna, que un vidrio de los grandes le rasgó el vientre y que continuó en pie. El segundo

vástago del odio no aguantó tanto. La caoba labrada de los reposabrazos del trono del

Malnacido es más roja de lo habitual, no tiene función. Nada hay que sostener si nada

queda. El Malnacido agarra un vaso de vino con los dientes negros, y vierte su contenido

en su garganta. Paladea la victoria. Saborea el odio que ya no tiene razón de ser. Nada

queda. Sólo él. El poeta del mentidero ha muerto por sus heridas, otro vidrio le arrancó la

pluma de sus manos y la tinta se derramó sobre el suelo ferviente. Nada ha de sostener la

vida si nada queda. El Malnacido se acomoda en su trono. Mira a los ojos del muro de

piedra maciza que lo enfrenta, como amenazante. Nada vales contra mí, le dice. Y cierra

los ojos para curar sus heridas. Y duerme un sueño que no será el sueño eterno. Pronto

nacerán nuevos poetas. Pronto nacerán nuevas querellas. Habrá más picos rojos de gallos

desplumados. Habrá más palenques. Más caminos del río, ese que está vestido de hojas

pardas. Quizás haya más bolas de cristal, más buenas, más brillantes. Quizás sea de

diamante pulido la que él posea. Por ahora sólo duerme. La calma llega, larga, pesarosa

y negra, como el luto decretado por la muerte del primer Juanillo. Pesarosa como el

gobernador y negra como el Malnacido.

No quedan estrellas que lloren, pero tampoco la luna llora. Los valles que mojó el llanto

del viento están áridos. Nada hay que llorar. No quedan mozos ni mozas pudientes que

corran al oír los pasos de las botas de cuero negro y hebilla dorada del Malnacido, pues

ellos están en sepulcro y él está durmiendo. Debe descansar. Pronto brotarán las olas de

los corazones. No sabe de qué corazones, pero brotaran, y debe estar preparado.

La calma no se pregunta por qué no llora ni la luna ni el viento. Lo sabe.

Pues lo llamaban el Malnacido. Pero, por ser de todos,

no era para tanto.

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