A través de la cámara de seguridad vigilaban cada movimiento que realizaba la sujeto. Permanecía inmóvil en el sofá, asustada. Insistieron otra vez y golpearon la puerta más intensamente. La humana, finalmente cautelosa, se acercó hasta la entrada y miró a través de la mirilla, no había nada.

—¿Qué hacemos ahora, profesor? —preguntó uno de los extraterrestres. Parecía un humano, las únicas diferencias eran que tenía cuatro dedos en cada mano y que sus ojos eran mucho más grandes.

—No podemos hacer nada más. Hay que soltarla.

—Pero es la única que ha sobrevivido.

—Sé que no esperabas este final Zerb, pero nosotros no somos los culpables de lo sucedido, sino los humanos. —contestó en un tono conciliador —. El proyecto “Planeta Tierra” ha fracasado. Ya sabes que debes hacer.

El tiempo para Zerb se detuvo unos instantes mientras se esforzaba en no llorar de rabia. Todo lo que había luchado, soñado y trabajado, se estaba desvaneciendo ante sus ojos sin freno y a toda velocidad. Desde que comenzó aquel fenómeno que llamaron “cambio climático” sabía que este día llegaría, aunque siempre tuvo la esperanza de que su creación, los humanos, lograsen salir adelante, pero su experimento se tornó egoísta, malévolo e incontrolable.

Zerb pulsó el botón plateado de su derecha. Las paredes que mantenían en pie la casa de la humana se derrumbaron quedando ella liberada. El sol brillaba con una luz cegadora y mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, la mujer pensó: “pero… ¿Qué hemos hecho?”.

Tres días después el deshielo pone fin a la raza humana y la última superviviente muere ahogada. “Planeta Tierra” cae en el olvido para siempre.

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