Como rescate, como luz.

La ciudad como un ser mutable, que se muestra a través de sus propios resquicios, la ciudad

como un ser que posee una intención. La ciudad como juego, como un libro donde ver escritos

con tinta invisible unas veces, y visible otras, el propio reflejo,

 

las líneas de la vida

 

propia. De mi (vida).

 

El viaje a través de sus paisajes, como autoexploración.

No hay lucha en lo que mis ojos ven,

hay tan solo una búsqueda de la poesía de todo tipo de poesía, hay tan solo una

búsqueda, a veces casual, a veces inconsciente, de la línea que me

une con este ser

llamado Zaragoza.

 

Yo observando sus luces, observando.

Observando todo, recibiendo cada detalle como regalo para mi alma, ahora vagabunda.

Siempre vagabunda.

No desde la imagen de la miseria, sino desde el desafío de amplitud.

La ciudad como espejo propio,

 

los lugares donde poso la atención de mis ojos

muestran mi camino de este momento y mi atención.

En el torbellino de todos esos estímulos, yo elijo. Elijo sin pensar, elijo desde el cuerpo carne

cada una de mis células que me llevan hasta allí, elijo

 

tumbarme al sol observar no poder dejar de sorprenderme de la nitidez de la

línea que separa la sombra de mi mano de lo que no es ella.

 

Pues esas imágenes que ahora conforman mi estar aquí, y el mostrar como siento mi diálogo

con la ciudad a través de ellas,

a través de ellas aprendo a escucharme.

 

Y como al observarla, me observo.

 

Está también la sensación que me produce el colocarme ante los escenarios de mi infancia,

ante los paisajes cotidianos de mi niñez, esos que conformaron mis años, me conformaron

dentro y están en mí. Difícil a veces asumir esta pertenencia recíproca. A veces no me

identifico. A veces también, los observo ahora y cambiaron, y eso me da una mezcla de

nostalgia y alivio.

 

Nostalgia y alivio en esta Zaragoza ahora.

 

Hoy he visto un solar, fue una casa, ya solo algo de escombros y esa amplitud abierta a golpes,

entre edificios. En una de sus paredes – de esas paredes donde se puede ver el antiguo papel

 

de pared, a modo de vida fósil, diferenciando unas habitaciones de otras-

Estrellas.

 

¡Estrellas!

Doradas, cayendo.

Me han gustado mucho. Una mano o alma de poeta ha entrado allí y ha

pintado estrellas doradas que parecen caer de los churretones (de color entre dorado

y mierda) del muro.

Esa imagen es la que me ha traido las ganas de recoger imágenes, de darles palabras. Zaragoza

y yo como una recolección, pura artesanía de lo visual, de la belleza de estos muros grises.

Recuperar el hecho de poder ver poesía en el gris de estos muros.

Dignidad que está más dentro de lo que puede verse.

De una belleza que está tan dentro que sale por los ojos, atraviesa, rasga entera la

carne,

rasga el mundo,

transforma.

 

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