Hubiera reconocido aquellas escamas color escarlata en cualquier sitio, pertenecían a mí dragón imaginario Conen, pero ¿cómo había llegado hasta ahí?

—Conen, ¿eres tú?

—Hola pequeña, has despertado finalmente. La última vez que nos vimos no eras más que una niña.

—Pero… ¿Qué haces aquí? —pregunto desperezándome.

—He venido a ayudarte. Últimamente te he visto algo perdida, ¿qué te ocurre?

—No sé a qué te refieres.

—Querida, ¿por qué has dejado de soñar? ¿Acaso ya no crees en ti misma? —hay preocupación en su voz.

—No he dejado de soñar, he crecido y he madurado, eso es todo.

—¡Pamplinas! Esa no es más que una mera excusa que claman los cobardes y tú nunca has pertenecido a su troupe. Tú te coronaste con valentía al crearme a mí, el dragón Conen, temido allá a dónde voy.

—El problema es que los dragones son más reales de lo que hubiera imaginado y yo soy incapaz de vencerlos. —respondo tímidamente.

—Tal vez vencerlos no sea la solución, tal vez simplemente debas aprender a amaestrarlos. Si tuvieras fe en ti misma, sabrías que el miedo es tu único enemigo.

—¿Cómo puedo conseguirlo, Conen?

—Sencillo. —hace una pausa—. Sólo tienes que sentarte en su lomo y confiar en que su vuelo llegará muy alto.

La alarma suena para devolverme a la realidad. Noto una cálida sensación en el pecho que renueva mi alma y siento que algo en mí ha cambiado. Pongo los pies en el suelo, pero olvido caminar… Ahora sólo sé volar.

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