Era una mirada profunda. Una mirada desgarradora. Una mirada que hipnotizaba, que culminaba. Clavó sus pupilas en las mías, y vi cómo se empañaban sus ojos. Era irónico porque sus ojos eran azules verdosos como el mar, y sus lágrimas parecían olas que se desbordaban como si de un oleaje muy fuerte se tratase. Se derrumbó. Su mirada penetrante se convirtió en una mirada perdida, como si estuviera ausente. Pareció haber recordado algo… Lo más triste de todo es que sus sentimientos no habían desaparecido pero su memoria sí.

 

Aquella tarde, su mirada llamó tanto mi atención que decidí acercarme. No era una mirada preciosa, pero sí era una mirada cautivadora (al menos para mí). Decidí acercarme. Cada paso que daba, mi corazón latía más deprisa. Esa chica parecía tan especial… Me situé en frente de ella, pero no me miró. Seguía con la mirada perdida. De repente, al expulsar un suspiro de alivio, la niña preguntó: – ¿Quién eres? ¿Por qué te has acercado a mí? – Yo, que soy una persona bastante vergonzosa, no pude soltar ni una palabra. Un silencio incómodo habitó el lugar. Unos segundos después, la niña emprendió la marcha hacia el puerto. No podía dejarla escapar. Tenía que hablar con ella. Si ella estaba triste, debía de ser por alguna razón importante, y algo dentro de mí me decía que debía ayudarla. Así que, cogí valor y grité: -¡Espera! – La joven se giró hacia mí. No pronunció ni una palabra. Quizás estaba esperando a que empezara a hablar yo así que le pregunté: – ¿Cómo te llamas? Yo soy Daniel. –

Ella se acercó a mí lentamente arrastrando aquel palo de madera de árbol que se había debido de encontrar. Finalmente, cuando llegó hasta a mí, me contestó con una voz muy dulce y suave: – Me llamo Thania. – Su voz era angelical. Era una de esas voces que te pegarías escuchando todo el día porque escucharlas te produce felicidad. Decidí lanzar otra pregunta: – ¿Qué haces por aquí? – Con la mirada entristecida respondió: – Estoy esperando a que regrese mi perro. Hace un rato que se fue y no vuelve. – Intenté tranquilizarla diciéndole: – Ah, bueno, tranquila. Los perros son así, suelen irse a cualquier lado a realizar cualquier tontería y volver. Te puedo ayudar a buscarlo de todas formas. – No. – Interrumpió Thania. – Mi perro nunca se separaría de mí tanto tiempo. Temo que le haya pasado algo. Es un Golden Retriever muy inteligente y leal. – Yo dudaba de que sus palabras fueran ciertas, pero ella aparentaba estar tan segura… Thania me ordenó entonces: – Llévame a tu sitio favorito de esta playa. – Yo extrañado opiné: – Me parece bien. – Thania añadió: – Pero eso sí, debes llevarme de la mano. Tienes que hacer de mi guía. – A mí me parecía muy raro aquel comportamiento bipolar y extraño de Thania con peticiones incompresibles. ¿Y su perro? ¿No estaba tan preocupada por él? Pero, como aquella chica por alguna razón me parecía interesante de conocer, decidí aceptar. Tampoco tenía nada que hacer y podía resultar divertido.

 

Así que, nos pusimos en marcha. Le cogí la mano y comenzamos a andar despacio. Su mano era tan suave… Parecía la mano de una muñeca de porcelana. En sí, ella parecía una muñeca de porcelana. Esos ojos, ese pelo rubio rizado que simulaba estar bañado en oro y esa piel blanca como la nieve que se sonrojaba de vez en cuando, cuando le iluminaba mucho el sol, le hacía ser un ser precioso y frágil a la vez.

 

Cruzamos toda la orilla. Se podían divisar varios barcos y lanchas y algún bañista. Observé a Thania y en ningún momento volteaba la cabeza para admirar el mar. Sinceramente, parecía preocupada. Finalmente, llegamos a mi sitio favorito. Era una especie de acantilado con muchas rocas en las que te podías sentar y admirar el asombroso paisaje del mar. Sus olas, sus misterios… La playa era un sitio mágico. Ayudé a subir a Thania y nos sentamos en el borde del acantilado. No quería decir nada pero la intriga me corroía por dentro y no pude evitar iniciar otra conversación: – Y, cuéntame, ¿vives con tus padres? – Ella negó con la cabeza. – ¿Y eso? ¿Pareces muy joven? – Thania decidió hablar: – Creo que mis padres murieron hace mucho tiempo. – Aquellas palabras me rompieron el corazón en pedazos, aunque me resultaba confuso que no supiera exactamente si sus padres habían fallecido o no. Imaginé que debía haber tenido una vida muy dura. Me daba un poco de apuro seguir hablando sobre su vida pero pareció leerme la mente porque me dijo en ese instante: – Tranquilo, no te preocupes. Lo superé hace tiempo. Total, yo no lo recuerdo… – Eras muy pequeña y no te acuerdas bien, ¿no? – Pregunté. – No, bueno… – Otro silencio se apoderó de aquel momento tan tenso. Ella, con un tono muy apenado me explicó: – Mira, te contaría que es lo que me ocurre, pero tengo miedo de que huyas de mí. – Yo, extrañado pregunté: – ¿Por qué iba a huir de ti? – Tardó en responderme pero al final contestó: – Porque las personas huyen cuando tienen miedo. – Fue entonces cuando más ganas me estaban entrando de saber qué es lo que le estaba ocurriendo. Thania me transmitía bastante confianza. Era esa persona la cual no sabes ni cómo ni por qué, pero parece que la conozcas de toda la vida, así que decidí contarle una historia de mi vida que pensaba que podía consolarla un poco:

 

– Escucha… Cuando apenas tenía ocho años, yo estaba volviendo a casa muy de noche con mis padres. Mis padres habían bebido demasiado y nos metimos por un camino el cual nunca debimos hacerlo. Era un camino oscuro, oculto, deshabitado… De repente, aparecieron una mujer y un hombre armados apuntándonos con dos armas. Querían nuestro dinero y nuestras pertenencias, pero sobre todo, me querían a mí. Nunca olvidaré sus palabras. Lo recuerdo como si fuera ayer. El hombre con aquella voz grave y maligna nos advirtió: “Si no me dais al niño, os mataré a los tres.” Toda mi vida me he preguntado por qué me tuvo que pasar aquello. ¿Por qué a mí y a mis padres? Bebían, sí, pero creo que en ese caso el karma o lo que sea se había pasado tres pueblos. De todas formas, desde aquello decidí no beber alcohol en mi vida, y sigo manteniendo la promesa. – Thania intrigada me preguntó: – ¿Y qué ocurrió al final? – No sé si fue un milagro, pero una chica joven de unos dieciséis años apareció corriendo y con una pistola los mató a los dos. – Justo en ese momento, Thania se echó a llorar. Yo paré, la abracé y le consolé: – Sé que es triste, pero al final no ocurrió nada. La pareja falleció y nunca se supo el paradero de esa chica. En cuanto los disparó se fue corriendo. De todas formas, seguro que sería algún asunto de bandas y nos metimos en el sitio equivocado. – Thania difícilmente a causa del sofocón intentó decirme: – ¿Y qué me quieres decir con eso? – Yo, con una sonrisa le respondí: – Que incluso en las situaciones de más miedo, hay veces que no se puede huir. Hay veces que solo esperas. Esperas a que pase algo, que se solucione… Y al final, tarde o temprano, todo llega. Digas lo que me digas, no voy a huir de ti. A no ser, que me quieras asesinar. – Esto último hizo reír a Thania. Me alegró mucho haberle provocado unas risas. Thania seguía mirando la penumbra. Unos segundos después, decidió contarme lo ocurrido: – Está bien. Te lo contaré. Yo tenía unos diecisiete años para aquel entonces. Había tenido un problema en mi casa y quise huir de allí. Silenciosamente salí y corrí hacia el otro lado de la calle. Solo me acuerdo que escuché el claxon de un coche y de repente solo veía oscuridad. Me había atropellado un automóvil. Estuve en coma cuatro meses y, al despertar, no vi nada. Seguía viendo oscuridad. Sentía, sí, sentía muchas cosas. Tenía muchas emociones dentro de mi interior. Dolor, rabia, ira, odio, tristeza, frustración… Todas las emociones y sentimientos malos que puedan existir en el planeta, yo los tenía en ese momento. Cuando los médicos se dieron cuenta de que había despertado, me diagnosticaron amnesia y ceguera a causa del accidente de coche. No recordaba nada de mi vida antes de mi accidente. No sabía leer ni escribir. No reconocía a mis amigos ni a mi familia ni a mis padres. Solo sabía hablar… hablar y sentir. No reconocía el sabor de la ternera, pero sentía asco hacia ella. No recordaba el atentado de las torres gemelas pero escuchar esa noticia me causaba dolor. Lo único que quedaba en mí eran mis sentimientos. Y era algo que los médicos nunca entendieron ni pudieron encontrar una explicación científica. Lo único que me dijeron fue que era posible que la parte de mi cerebro asociada a sentimientos y emociones no hubiera sido afectada. Y entonces, me llevaron a un centro de menores y estuve allí hasta los 21. Ahora tengo 23 y estoy buscando trabajo en algún lugar que sea útil, porque hoy en día, las personas ciegas no tenemos mucha salida en el mundo laboral y social… La gente huye de ti por miedo hacia ti. Pero no quiero decir que te discriminen, sino que el miedo les paraliza, el miedo de no saber cómo reaccionar o cómo ser contigo. Y eso hace que la gente huya. Por eso, estaba buscando a mi perro y por eso te pedí que me llevaras hasta aquí de la mano. Porque soy ciega. – Tanta información estaba explotando mi cabeza. Esa historia… Todo lo que Thania había sufrido y había conseguido superar era increíble. Se ganó todos mis respetos desde ese momento. Le di un abrazo y le dije con un poco de vergüenza: – Pues yo no me di cuenta de que eras ciega…

 

– ¿Sabes qué? Si hay algo que he aprendido, es que veo más que cualquier persona con visión. Yo escucho, siento, toco. Yo veo más allá de lo que tú puedes ver. – Tenía toda la razón. – Y yo veo lo que siento porque aunque no pueda ver, mis sentimientos y emociones son tan fuertes, que hacen que pueda casi hasta ver, aunque no sea así. – Añadió Thania. Sus metáforas y sus historias estaban haciéndome cambiar mi visión de la vida. Que irónico también que una persona que no ve te haga ver las cosas desde otra perspectiva. Nos quedamos en silencio un rato más, hasta que de repente, ocurrió lo que Thania se temía. Un disparo se oyó en toda la bahía. Los pájaros echaron a volar muy lejos asustados, y los bañistas corrían despavoridos hacia la ciudad. Thania se puso de pie apoyándose en mí y me dijo muy asustada: – Llévame a mi casa, por favor. – Sin pensarlo dos veces le hice caso. Bajamos del acantilado, la cogí en brazos y eché a correr como si no hubiera un mañana. Mientras corría giré la cabeza hacia la derecha, y vi la imagen que me partió el corazón una vez más en pedazos. Un perro, Golden Retriever, con un arnés, herido en el suelo. Con dos heridas de bala, desangrándose en medio de la arena hasta quedar sin vida. Lloré en silencio para que Thania no lo escuchara y recé para mis adentros para que el perro sobreviviera. No quería que Thania perdiera a nadie más. Pero, olvidé la astucia de Thania y me dijo: – Sé que estás llorando y sé que es por mí. – No quise decir nada. Solo corrí hacia la ciudad, pedí un taxi para los dos y la acompañé a casa. No me dio tiempo a despedirme de ella. Decidí volver a mi hogar para recuperarme de tantas emociones y pensar en todo lo que me había sucedido. El próximo día, sería otro día…

 

Al día siguiente, me levanté muy temprano y fui a casa de Thania. Las puertas de la casa estaban abiertas. Entré lentamente. La casa era pequeña pero acogedora. Apenas había muebles. Ningún cuadro, ninguna televisión, ninguna nevera… Absolutamente nada. A los pies de la mesa del salón, encontré una carta. En el sobre ponía: “Para Daniel”. Me temía lo peor. Corrí al sofá y me senté para leerla…

 

“Querido Daniel, si estás leyendo esto es porque me he ido. Sabía que ibas a venir tarde o temprano aquí, así que pedí a una amiga de confianza que escribiera esta carta para explicarte que ha ocurrido. He tenido que escapar lejos porque me persiguen. Sí, me persiguen los sicarios de mis padres. Mis padres pertenecían a una banda pero yo nunca quise seguir sus pasos. Ellos iban conmigo el día que se encontraron con vosotros en aquel camino, aquella noche que os encontraron. Yo sabía que si no hacía nada, iba a ocurrir una tragedia, así que decidía actuar. Mi vida era insalvable al fin y al cabo, la tuya y la de tus padres sí. Yo fui la chica que os salvé. Nadie sabía nada y espero que no me delates ahora. La banda de mi padre decidió ir a por mí para eliminarme y que no causara más problemas. He decidido irme lejos porque sé que lejos de esta ciudad estaré bien. Puede que me encuentren, pero todo es ganar tiempo. Y eso hago. Huyo porque tengo miedo. Huyo como todos los seres vivos cuando temen algo. Y me he dado cuenta de que el mundo es un pañuelo y que es increíble que nos hayamos reencontrado en estos momentos. Me alegro de que seas una gran persona, sana y feliz. Al menos sé que lo que hice, no fue en vano. Deseo que te vaya muy bien la vida, Daniel. ”

 

Rompí a llorar. Nunca más volví a saber nada de ella ni volvieron a ocurrir accidentes como los de la playa.

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