Érase una vez un novelista mediocre con un atractivo y una inteligencia mediocres. Tal era la mediocridad del novelista que tan sólo era capaz de escribir míseros relatos. Ni diestro en el arte de la palabra, ni tocado por la gracia de las musas. Un hombre mediocre en un mundo no tan mediocre.

El hombre gris contemplaba como sus amigos se convertían en despojos humanos al enamorarse y perdían la dignidad en el proceso.

Se prometió así mismo no caer tan bajo nunca, y mucho menos por amor. Todo conocedor de la promesa profetizaba que aquello cambiaría un buen día, mientras tanto el novelista se sumergía en sus anodinos relatos.

Pocas sentían intriga por el desapasionado escritor y su mezquina mirada, ninguna lograba conmover un corazón tan vulgar. La tibieza de su pasión alimentaba el fervor de su indiferencia.

La juventud se marchaba y sus amigos ya eran padres. El novelista se repetía una y otra vez: “No existe forma más banal de manipulación que una esposa y unos críos.” Nunca asomaba la duda por su reseco corazón, la promesa era firme y se alimentaba en el abrevadero de su ego.

En cierta ocasión, le pareció escuchar como dos amigos suyos se compadecían de su espléndida y apacible soledad. Aquellas palabras plantearon un nuevo reto para aquel intento de escritor: debía encontrar una mujer superior al resto y que de paso contrarrestara su mediocridad; todo ello sin enamorarse.

Esta tarea, digna de ser incluida en los doce trabajos de Hércules, se le antojó imposible; así que optó por el conformismo. Todos se asombraron al percatarse de su cambio de actitud. Un servidor únicamente veía  palpitar el temor del narcisista en él, el temor a esfumarse.

Una joven, que había sido abandonada por un pianista, comenzó a sentirse fascinada y, al mismo tiempo, repelida por el novelista. Jamás había conocido un  hombre tan siniestro y distante, motivo de más para aceptar su invitación.

El novelista hablaba de un amor sin igual, salvaje, bruto y oscuro; uno que jamás había sentido. En cierto modo, el novelista estaba siendo sincero pero la joven dudó por última vez del hombre.

-Un amor sin igual, me encantaría la idea si tuvieras corazón.- dijo la joven.

El novelista sonrió y le dijo que no debía preocuparse por eso.  Se besaron y el corazón del novelista fue lanceado. Él le arrancó el corazón y mientras lo lamía, murmuraba palabrejas; un amor sin igual, salvaje, bruto y oscuro,…, descorazonado.

De rodillas y triunfante, sobre el cadáver de Julieta, Romeo sangraba con el corazón en la mano.

No es posible realizar comentarios.