El aire me está gritando. Creo que está enfadado o, tal vez, sólo esté triste. Su tristeza es testimonio y penitencia, su tristeza es la hija bastarda de la desesperación y el alma putrefacta, su tristeza es un rumor de tiempo y olvido. Su tristeza es el esputo de la realidad deslizándose por mis mejillas. Me grita, confesándome su melancolía. Estamos solos, él y yo.

La luz entra  burlona por las rendijas de la persiana. Se ríe de él, de su desdicha; a pesar de que ambos comparten la misma suerte. Estamos solos, los tres.

Entre sueño y sueño hay una realidad sincera y onírica, rebosante de desesperación.

Una habitación. Las paredes son de  ruda caliza y el suelo de mármol pulimentado.

En el centro, una fuente de alabastro translúcido, ricamente ornamentada; casi desbordada por aguas enturbiadas.  Tres divanes negros, hombres. Las paredes se tiñen de carmesí, se agrietan,…, caen. Intento recordar a los tres hombres, pero ahora en la habitación sólo hay aire y luz. Sólo hay tristeza.

Esta noche, un hombre ha visitado mis sueños. Anciano y desgarbado, de piel cetrina y pelo cano; vestida con una túnica encenizada. Su presencia evoca una ternura lúgubre; me produce un escalofrío eléctrico que me sobresalta. Él contempla las aguas de la fuente, enraizado en su senectud.

La función acaba y volvemos a quedarnos a solas. El aire y yo, yo y el aire. Insólitamente solos, él y yo; ambos clamando soledad.

Medianoche de nuevo. Me siento culpable, sucio y desarrapado. Culpable por lo que voy a hacer desde el desconocimiento. Sólo siento un cuchillo, un cuchillo hendido, un cuchillo clavado en mi corazón. Un corazón de cera sin mecha.

¿Qué soy? ¿Un clavel entre cardos y cenizas? ¿Un cisne negro o un cuervo cabizbajo y huraño?

Esta noche, la culpabilidad me ahoga y me reduce a un pelele dormilón.

Tres hombres pasean por mi subconsciente amodorrado. Uno de ellos es un viejo conocido, otro me mira desde la madurez y otro desde la juventud. Desaparecen.

Estar solo me produce un ruido sordo y huérfano de padre en las tripas, mi tristeza es mi propio fetiche. La felicidad es una costa paradisíaca bañada por olas de alquitrán.

Quiero beber alquitrán, quiero respirar humo.

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