Amanece un nuevo día. Levanto la persiana. El cielo llora emocionado y se tiñe de gris. Sigo la rutina de siempre: me ducho, me visto, desayuno y cojo el tranvía para llegar a la universidad. Las clases se me hacen eternas. Las palabras de los profesores están vacías. No resuenan ya en mi cabeza como si fueran campanarios. Sus mensajes vienen y se van. Miro a la ventana: el sol no se ha dignado en venir y nadie puede firmar por él. Vuelvo a casa empapada en un valle de lágrimas. A veces la realidad no es del color que uno quiere. Como con mi hermano y con mi madre. Una vez fregados los cacharros, huyo a mi cuarto. Me refugio en la música. Un poco de rock para desestresarme, un poco de jazz para teletransportarme. Me imagino a mí misma dentro de 10 años en un futuro perfecto: empresaria, independiente y humana por encima de cualquier otra cosa. Creo que perdí mi humanidad cuando me di cuenta del relativo concepto de justicia en el que vivimos. Mi sueño atemporal de ser juez se fue a pique por culpa de un señor que podría ser mi padre. Me enseñó que las leyes son frías y congelan el alma de todas las personas que se acogen a ellas. Supongo que tenía miedo de quedarme helada y por eso decidí que no quería dar gélidas noticias a los demás. Atendiendo a mis notas académicas, podría afirmarse que llevo dos años fracasando continuamente. No obstante, eso es lo de menos. Tengo muchas preocupaciones que merodean mis pensamientos. No salgo de mi casa. No disfruto de las comedias. No leo. No salgo con mis amigos. Mi vida está marcada por la palabra ‘distancia’. Siento que estoy en una burbuja que no puedo reventar. Me falta el aire y me sobran las ganas de querer mandar todo a la mierda. Intento elaborar un plan de huida perfecto cada día. Tras 497 bocetos me he dado cuenta de que lo que me falta en verdad es el valor de llevarlos a cabo. Si no sé llegar más allá del centro de la ciudad, ¿cómo voy a ser capaz de coger las riendas de mi vida? La ciudad es estática y, mi vida, aunque por fuera no lo parezca, está en continuo movimiento. Hay gritos que resuenan en las paredes de casa. Hay silencios incómodos en la mesa. Hay peleas, discusiones, furia y una metamorfosis de sentimientos que desemboca en un calvario mental continuo. El único momento en el que me escapo de este caos es cuando cojo mi ordenador y escribo. Me he hecho adicta a reflexionar sobre la realidad que esconde cada palabra. Este estudio exhaustivo de cada verbo, adjetivo o sustantivo ha hecho que desarrolle sentimientos por cada elemento. Lo que más me duele es usar adverbios que expresan lejanía, distancia física o temporal y hacer que mis personajes sean meros espectadores de su futuro, como yo. Pienso que esto se debe a que todavía no quiero ver mi presente de forma coherente: rechazo proclamar a los cuatro vientos que no tengo rumbo y que necesito un cambio, una ruptura con la rutina y con mi “yo” del pasado. Nunca pude imaginar que mi mayor enemiga sería yo misma. Los límites están en la mente de cada uno y yo no veo nada a lo que aferrarme. Ergo, yo misma me invento límites porque soy conformista. Porque no quiero correr el riesgo de ir a lo desconocido. Porque me he dicho tantas veces “no, no soy capaz” que he acabado por autoconvencerme de esa gilipollez. Porque veo con ojos perdidos en un mar de confusiones y proceso con una mente ciega.

Hubo un día en el que tuve sueños. Hubo un día en el que las puertas del futuro se abrían a cada paso que daba. Hubo un día en el que pisé fuerte y arrasé con todo lo que se me ponía por delante. Y sí, esa liebre ahora se ha convertido en una tortuga. Y no una tortuga constante como aquella fábula. A esta tortuga le pesa el caparazón por todo lo que arrastra y se conforma con lo que tiene: un hogar que le sirve de despensa y un camino corto que de él mismo es presa. Y no quiero que nadie sienta pena de esta tortuga. ¿Quién osa desarrollar sentimientos cuando en su debido momento no conoció la empatía? Lo único que quiere esta tortuga es andar tan lejos como pueda hasta que se pierda. Y, en el momento en el que me dé por perdida, sabré que me he encontrado. Sabré hallar en mí una constante impredecibilidad que se convertirá en mi particular adrenalina. Quizá me coma la manzana envenenada o encuentre una autopista hasta el nirvana, pero quiero sentir lo que algunos llaman ‘carpe diem’. Y sí, quiero tener tantos recuerdos que el tiempo no pese en mi mochila. Quiero que el cierzo sople fuerte y se lleve mis preocupaciones a otro lugar. Quiero ser egoísta por una vez, pero de verdad, y tener esa ansiada sensación de libertad. Quiero con mucha intensidad, pero en el intento me quedo y de ahí nadie me puede rescatar.

Mientras unos ven la vida de color rosa, yo veo que un número casi infinito de rosas bordean mi vida. Muchos se dejarán llevar por su fragancia y sus vivos colores, pero estas rosas son especiales. Estas rosas apenas tienen un par de pétalos por flor, porque están marchitas. Por cada vez que me fallaba, un pétalo caía, y no hay que ser sabio para denotar mi melancolía. Ahora, como apenas quedan pétalos, por cada crisis existencial brotan más y más espinas. Ya he perdido la cuenta de todas las que se pueden ver a simple vista. Y cada vez se clavan. Más y más hondo. Y, cuando consiguen llegar a mi corazón, de él manan gotas de sangre que dibujan un camino. Ese es el camino que me conducirá a la odisea de mi destino. Cada vez más rota. Cada vez más fuerte. Cada vez más sabia. Convertirme en mi propio soporte.

Y sí, mentiría si no os dijera que con el paso del tiempo he encontrado mi destino. Yo pertenezco al mar de mi mente. A veces tumultuoso, a veces sereno. Y quiero llegar a esa playa de arena fina y aguas cristalinas a la que me teletransporto cuando nadie me ve. Quiero balancearme al compás de las olas de mi memoria. Quiero caminar por mis recuerdos. Quiero hacer castillos de arena para darme fuerzas cuando me pierdo y construir torreones cuando me gano. Quiero construir un barco que me lleve más allá de lo que nunca pueda imaginar. Quiero sentirme libre, pequeña e infinita a la vez. Quiero dar paseos por mis pensamientos hasta que se me calen los pies. Quiero ver a los peces de mi pasado y alimentarlos para que me enseñen un nuevo rumbo, porque para eso está la vida. La vida nunca te dirá ni cuál ni cuándo será tu fin, porque tú mismo tienes que dejarte guiar por su brújula mágica. Puede que pienses que el destino ya está escrito, pero, si tú no eres el Dios o la Diosa de tu vida, ¿quién lo va a ser por ti?

Y sí, este texto me lo dedico a mí. Por ser valiente y admitir que yo misma me he crucificado, me he muerto y me he sepultado. Y, si alguien en este planeta tenía que darme la oportunidad de resurgir, he sido yo y así lo he hecho. Para demostrarme que me he traicionado una y mil veces, cuando podría haber perdido el tiempo en cosas más productivas. Para hacerme ver todo se puede conseguir, aunque sea a pasitos pequeños. Y gracias, destino incierto, por poner ante mis ojos esta odisea que supone la vida. Pero muchas gracias más por armarme del valor y enfrentarme a mi mayor temor: yo misma. En esto descubrí que mi miedo a fallarme no era nada más que una mera ilusión y que tenía ante mí la posibilidad de ser libre y de ver la vida con otros ojos. Hice mis maletas y me despedí de esa persona que había aparentado ser para embarcarme en una nueva aventura que nunca tiene fin: conocerme, aceptarme y vivir en paz conmigo misma.

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