En medio del silencio de mi oscura habitación se oye un agudo pitido casi imperceptible. Después de oír el mismo insufrible sonido repetidas veces me doy cuenta de que es el timbre y corro hasta la puerta. Por la mirilla veo a Miriam pulsando el botón sin parar. Abro la puerta de golpe y suelto entre gritos varios insultos poco cariñosos que provocan a mi amiga una de sus estúpidas sonrisas:

-¡Si ni siquiera estás vestida!- dice mientras entra en casa y cierra la puerta detrás de ella- corre, ponte cualquier cosa, salimos en 10 minutos.

Vuelvo a mi cuarto algo desorientada, ¿para qué tenía que vestirme? Me pongo lo primero que pillo, esperando que el plan sea algo informal, y regreso con Miriam. Al llegar, me mira de arriba abajo y me entrega una tarjetita dorada:

FIESTA DEL AÑO. INFORMAL Y ATREVIDA. FÁBRICA ABANDONADA. FIRES CINDER.

Miro mi ropa: un jersey que rompe todas las reglas de la moda y los pantalones que me pongo cuando estoy con gastroenteritis. Ya no hay vuelta atrás.

Es de noche, pero las farolas todavía no están encendidas. Nos metemos por varios callejones con algunos sin techo que nos miran al pasar. Miriam consigue ignorarlos todo el camino, pero a mí me dan escalofríos. Después de veinte minutos andando por calles todavía más oscuras, llegamos a un enorme descampado con un gran edificio a lo lejos. Miriam me golpea el hombro:

-Diana, yo subo al piso de arriba a conocer al que organiza la fiesta y quedamos en un par de horas en la puerta. Me guiña un ojo y se dirige hacia el edificio con movimientos de un pavo real en celo.

Atravieso el solar hasta llegar a lo que ahora reconozco como la Antigua Azucarera. Hay vasos de plástico por el suelo, y jóvenes ligeros de ropa entrando y saliendo. Mientras me pregunto cómo es posible que el ayuntamiento permita esto, y procuro encontrar alguna razón de por qué accedí a venir, ya he entrado en la fábrica, y me he quedado de pie al lado de una barra improvisada. Cojo mi móvil para escribir a mi madre diciendo que volveré pronto. Lo guardo y hago una mueca al percibir que un chaval sin camiseta me está mirando fijamente. Empiezo a tener calor entre tanta gente, y me quito el abrigo y mi roído jersey. Mientras, el joven se ha acercado, y puedo sentir su alcohólico aliento.

-Así me gusta, aquí es fácil acalorarse…- esboza una extraña sonrisa irónica, y antes de poder rechistar, ha desaparecido de mi campo de visión. Asqueada por el comentario del chaval, me dirijo a las escaleras encharcadas que llevan al piso de arriba.

Empiezo a subir, pero me cuesta mover las piernas. Me viene una oleada de debilidad por todo el cuerpo. Noto como el calor se me sube a las mejillas. Me las toco. Mi cara arde. Miro a mi alrededor. El calor va en aumento a cada escalón que subo. Me fallan las piernas. Me resbalo con lo que espero sea cerveza, y me quedo ahí tirada. Pienso en Miriam, ¿dónde estará? Intento levantarme. No puedo. Tal vez debería volver a casa. Seguro que Miriam está bien. Oigo una explosión. Miro a mi alrededor alterada. Me arden los ojos y la garganta. Se me nubla la vista, y me cuesta respirar. Sigo en el suelo. Miro hacia el final de las escaleras. Una ráfaga de fuego viene hacia a mí. Me encojo y toso. Una nube de cenizas me envuelve. Cojo una bocanada de aire. El ambiente está contaminado. Absorbo todo el humo. Ya no se oyen risas. Solo un pitido constante. Pienso en Miriam llamando al timbre de mi casa. En mi madre diciendo que no vuelva tarde. Y en esa sonrisa tan extraña. Luego no pienso en nada.

 

Estoy en un hospital. Unos hombres hablan alrededor de mi cama.

-Tranquilícese señora, va a sobrevivir – dice un señor con bata a la mujer que me da la mano.

-Su ritmo cardíaco es normal, y las heridas son superficiales. No tiene daños craneales, y a excepción de las quemaduras en manos, cuello y cara, no tendrá secuelas del accidente – dice otro médico algo más canoso– Los efectos de la anestesia están dejando de surtir efecto. Despertará en breves.

-La verdad es que ha tenido mucha suerte -el primer hombre dedica una sonrisa sincera a mi madre, que asiente y se seca las lágrimas. Oigo una risa afilada, una mujer con uniforme de policía me mira con fiereza.

-Yo no diría suerte… ¡Por favor! –añade al ver la confundida mirada de todos. ¿Hay una fábrica con trescientos adolescentes y no os sorprende que solo una salga con vida?

-Agente… eso no es posible. Si esta joven hubiese… provocado el incendio, no tendría los daños que tiene. ¡Habría muerto en el acto! –dice el médico de mayor edad.

-¡Estaba en el punto de origen! ¡Y no tiene los daños que debería haber tenido! Estaba preparada, sabía cuándo iba a suceder

Veo a mi madre fruncir los labios, a punto de rechistar, pero el médico canoso la interrumpe.

-Creo que lo mejor sería dejar descansar a la pobre Diana -mi madre asiente y me besa la frente. Al momento han salido todos. El médico y yo nos quedamos a solas.

-Pirómana- susurra a mi oído-. Asesina. Psicópata…

Una lágrima se desliza por mi mejilla. El hombre sonríe. Esa sonrisa… Me coloca una mascarilla. Se me cierran los ojos. Pirómana… Asesina…Psicópata… Estúpida chiflada…

 

Despierto en mi habitación. Estoy mareada. No recuerdo nada. Solo una extraña sonrisa. Pirómana… Me restriego los ojos. Escucho pasos acercándose por el pasillo. Mi madre llama a la puerta y entra.

-Buenos días, mamá. Ufff, me encuentro fatal.- Chasquea la lengua y niega con la cabeza.

-¿A qué hora volviste ayer?- Le miro extrañada.

-Ayer no salí, era jueves- me río

-Diana… ayer fue viernes, te fuiste con Nick- me mira curiosa- ¿no fue así?

-¿Nick? ¿El hermano de Miriam?- ¡Miriam! No he hablado con ella desde ayer… En la fiesta… ¿La fiesta fue ayer? ¡Sí, fue ayer! Qué mareo… ¿Por qué no recuerdo nada?

-Nick no tiene ninguna hermana… Cariño, ¿te encuentras bien?- pregunta tocándome la frente. –Estás algo… ¡Chiflada!- se ríe. Chiflada… me sale una lágrima. Lo recuerdo todo.

-Yo no fui, mamá… te lo juro… Yo estaba subiendo las escaleras, ¡y de repente pasó! Te lo prometo, tienes que creerme- estoy llorando a cántaros, mi madre me abraza y frunce el ceño- No estoy loca, ¡yo nunca mataría a nadie!

-Cielo, ¿de qué hablas?

-Mamá. Miriam está muerta. ¡Todos están muertos! Yo les he matado. He matado a trescientos adolescentes y a mi mejor amiga.

Mi madre niega con la cabeza y me mira enfadada.

-Deja de decir esas tonterías. Nos vemos a la hora de comer. – Sale de mi habitación y cierra la puerta a su paso. Me pongo a llorar y decido comprobar qué ha pasado. Cojo mi móvil y las llaves, y salgo de casa dando un fuerte portazo.

Por la calle siento la mirada de todos puesta en mí. Empiezo a correr pero caigo en un charco que me empapa la ropa. Me miro en el reflejo. Llevo el pijama y las zapatillas de estar por casa. Por no hablar de mis pelos desgreñados y mi cara de resaca. Parezco una loca, ¡pero no estoy loca! Tiene que haber algo que demuestre mi inocencia. ¡La fábrica! ¡Seguro que hay restos del incendio! Hago el mismo camino que hice con Miriam. Ahora recuerdo todo. Después de un rato corriendo llego al gran solar. No. No puede ser. Es aquí. Tiene que ser aquí. ¡Fue aquí! Miro a mi alrededor desesperada. ¡La Azucarera lleva años en esta ciudad! Fue aquí. Es como si nunca hubiera existido… como si el incendio nunca hubiera tenido lugar… como si… Miriam nunca hubiese nacido. Más desesperada y frustrada que nunca, vuelvo a llorar. ¿Qué está pasando? Recuerdo la sonrisa del médico, y la del chico sin camiseta… su comentario… Me quedo dormida en medio de la nada.

 

Veo a lo lejos una silueta. Una sonrisa. Esa odiosa sonrisa.

-Dame eso- ordena el poseedor de esta. –He dicho que me lo des.

-Nunca- sentencio con el cuaderno entre mis brazos.

-¿De veras?- vuelve a sonreír.

Me levanto del rincón en el que estoy acurrucada, y me dirijo hacia él a paso rápido.

-¡Déjame en paz! –digo entre dientes al ver fallido mi intento de estrangularle. Una cadena me tiene agarrada a la pared. Eso es lo único que me retiene con esa diabólica sonrisa

–Inténtalo la próxima vez –dice riéndose. Una corriente viene hacia mí. Otra vez no. Electrocutada, me obligo a soltar el libro. Una sensación de dolor y adrenalina me llena por dentro. Se acerca y coge el pequeño cuaderno con una delicadeza terrorífica. Me da una patada y me escupe. Me siento tan impotente que no le impido que abra mi preciado objeto. No deja de sonreír, y observa con atención todas y cada una de mis reacciones al leer:

En medio del silencio de mi oscura habitación se oye un agudo pitido casi imperceptible.

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