Durante la semana que hubo de advertirme de lo que a la vuelta de la esquina acechaba fueron las náuseas matutinas el primer aviso. Por esos tiempos, cuando el azul del cielo y el verde de la hierba aún significaban para mí algo, andaba yo conociendo a Santiago Vicario. De complexión alta y delgada y fácilmente definible por su empingorotada forma de caminar, Santiago tuvo la desgracia de cruzarse conmigo dos meses antes del hecho que más tarde describo.

Casualidad o capricho del destino, fue una moneda de un euro (o más bien mi deseo de ser un euro más rico) lo que nos unió.  Un pie que no atraparon mis ojos a tiempo, distraídos por mi carrera con la moneda escapista, se cruzó en mi camino de repente enviándome directamente a los pies de Santiago Vicario. Primero cogió la moneda del suelo. Luego me ayudó a levantarme a mí. Me miró de reojo y volviendo su vista hacia la moneda me dijo: “He visto a gente arrodillarse por menos”. Al hablar las palabras se atropellaban entre sí, haciendo más difícil que le entendiera teniendo en cuenta el ruido del metro  y mi inminente sordera. Lo entendí todo, en cambio. No sonaba arrogante, había algo en su sonrisa que conseguía robarte la atención antes de que se la prestaras a tus oídos. La mirada de Santiago me hizo olvidar la moneda. Solo le había visto por unos instantes y ya sabía cuánto teníamos en común, cuánto nos parecíamos. Al mirarme a los ojos creo que él también pensó lo mismo. Al día siguiente nos volvimos a cruzar en el metro. Y así empezó todo.

Durante los dos siguientes meses sentí como el vacío inducido por la pasajera certeza de no saber nada se llenaba al saber que no estaba solo. Nos pasábamos días enteros en los trasteros de mi edificio, frente a un mapa de la ciudad en la que vivíamos, soñando en un lugar mejor que estaba a nuestro alcance solo por el tiempo por el que el lápiz rozaba el papel y dibujaba un sitio en el que poder vivir de verdad. Aprovechábamos la parte final de los trasteros, la que nadie usaba, para pasar el rato. Ese ambiente: las tuberías  metálicas que llevaban el agua regalándonos el sonido de las cascadas del siglo veintiuno, las puertas rojas con números blancos en la frente que formaban a nuestros lados protegiéndonos de los indelebles garabatos del mundo exterior. Todo esto nos atrapó y nos hizo desechar la idea de pasar el tiempo en otro sitio. Incluso lo habíamos hecho más acogedor radicalizando las blancas paredes con banderas y pósters.

Si algo caracterizaba a Santiago era su puntualidad (o la falta de ella). Siempre llegaba tarde. Cuando el retraso era ridículamente exagerado acostumbraba a pedirme el reloj para después guardárselo en el bolsillo y decirme que el tiempo no importaba en realidad. Santiago no hablaba mucho de su vida privada y prefería invitarse historias o excusas antes que decir la verdad. En realidad, lo único que sabía de él era que su padre le pegaba (cosa que se le escapó un día en los trasteros) y que paradójicamente odiaba ser engañado. Creía que la verdad era un regalo que te hacían solo unos pocos y que te arrebataban cuando te mentían.

Supongo que ese fue el segundo aviso: las mentiras, por muy descaradas que fueran no parecían afectar a Santiago la última semana en la que pudiera haber disfrutado de su tan bendita verdad.

Un día le propuse que me acompañara a un viaje que tenían que hacer por trabajo. Accedió rápidamente. El tren saldría a media noche.

Lo peor fue que después de ese día las náuseas cesaron. La estación era bastante grande. Una bóveda de cristal coronaba el edificio a unos 30 metros del suelo, aunque a esas horas, perdida la luz del sol, solo resultaba útil el frío y blanco resplandor de las farolas que protegían a la estación de sumirse en la oscuridad. Apenas había tres personas. Y una de ellas era Santiago, que había llegado extrañamente puntual. Otra advertencia. Estaba sentado solo en una esquina de la marquesina, mirando distraído al techo con una diminuta maleta junto a sus pies. Al acercarme se levantó. Unos 5 minutos después llegó el tren. Esa vez fui yo el poco puntual. Nos sentamos junto a una ventana, en asientos enfrentados separados por una pequeña mesa blanca ya algo desgastada. El tiempo había dejado que solo quedaran resquicios del color blanco original, y el ahora color marrón madera de la mesa destacaba sobre el inmaculado vagón monocromático. La noche cubría la ventana de un negro que anticipaba el último viaje en tren de Santiago Vicario. Una pequeña luz sobre nuestras cabezas alumbraba intermitentemente, aunque no lo suficiente para que el rostro de Santiago aparentara vida.  El tren iba bastante rápido, aunque el tiempo pasaba lentamente. Me acomodé en el asiento e intenté dormir. Lo logré durante unos 30 minutos, en los que soñé estar solo en la estación, solo en los trasteros… solo siempre. Cuando mi subconsciente empezaba a darse cuenta de la naturaleza del sueño un fuerte estruendo me despertó. Mirando por la ventana me percaté de que ya no había luces a los lados ni vía tras nosotros. El tren había descarrilado. Extrañamente Santiago seguía tranquilo. Entonces noté un bulto en el bolsillo: era la celestina moneda que había cruzado nuestros caminos. La sonrisa de Santiago fue lo último que vi antes de que el tren chocara.

La vida me devolvió la consciencia demasiado tarde. Me dolía mucho la cabeza  y en cuanto me incorporé sentí algo bajando por mi brazo lentamente. Lo toqué. Vi la roja verdad manchando mis dedos. Busqué desesperado a Santiago. No estaba en ninguna parte. Fue entonces cuando me di cuenta de que Santiago Vicario era un producto de mi imaginación, y que probablemente yo también era producto de la imaginación de otro. Que yo también era reflejo y espejismo de otro. Por cierto, soy escritor.

No es posible realizar comentarios.