Papá era genial. Todas las tardes, a la salida del  colegio, él me recogía, y me llevaba a aquella tienda diminuta en el puerto. Allí vendían de todo, desde gominolas de todos los sabores, hasta utensilios varios para el funcionamiento de los barcos. Después de comprarme alguna que otra golosina, y tener una aburrida charla con el propietario de la tienda, papá me daba de la mano, y me guiaba hasta lo que él llamaba “su pequeño tesoro”. Supongo que debería haberme molestado porque se refiriera a mí como: “su segundo tesoro”. Pero no me importaba, ese barco realmente era un gran tesoro. Y eso que el título de “grande” se quedaba corto. Ese viejo navío era más que grande, más que majestuoso. Era algo verdaderamente espectacular. Cada pasillo daba a unas cien habitaciones llenas de historias que contar, de aventuras que vivir. A papá y a mí nos encantaba pasar el tiempo recorriendo aquellas estancias como si no hubiera un mañana. Cada día era mejor que el anterior, pero no tan bueno como el siguiente. Cada día había algo nuevo que hacer, que ver, o que descubrir. Algo nuevo que experimentar. “Una nueva sorpresa, una nueva aventura”, solía decir papá.

Claro que, aunque él nunca lo hubiera dicho, yo tenía claro que en la vida real, las sorpresas no es que le hicieran mucha gracia. Por ejemplo, cuando aquella mujer tan rechoncha llegó a casa con un “estoy embarazada” en la boca, papá hizo de todo menos emocionarse. Si mamá hubiera estado ahí, a papá le habría caído una buena, de todo lo que gritó. Y estoy segura de que si él hubiera estado de mejor  humor, el bote de las palabrotas ahora estaría tan lleno que llegaría para comprar un puerto entero.

En el barco todo era diferente. Papá nunca insultaba, ni se enfadaba. Solo reía, jugaba, y contaba historias con esa emoción suya tan característica en los ojos. El día más mágico de todos fue cuando encontramos la sala de toboganes. Estaba al final de un pasillo que habíamos hallado tiempo atrás, y papá no tardó más de dos segundos en entrar a investigar. Para desgracia mía, yo no era tan valiente como él, y no quise tirarme por ninguno de los largos toboganes que desembocaban en el mar. Pedí disculpas por mi cobardía, y me retiré del cuarto con la cabeza gacha y el corazón avergonzado. Papá solo pudo reirse y, al ver mi ofendida mirada, consolarme como pudo. Me dijo que no era una cobarde, sino que estaba asustada. Me recordó uno de sus muchos relatos en los que él había sentido miedo. Dijo que era algo natural, que todos lo tenían. Y que la única manera de intentar vencerlo, era teniendo confianza. Me aseguró que podía confiar en él, que no estaba sola. Me dijo que estaba conmigo, y que siempre lo estaría.

Fue entonces cuando se sacó un pequeño objeto del bolsillo. Era una especie de reliquia de metal que me entregó con mucho cuidado. “Siempre que necesites dejar de sentirte sola, me encontrarás. Y no solo a mí, sino esa valentía que te hará seguir adelante. Te aseguro que ya no estarás sola, ya no tendrás miedo. Y podrás hacer todo lo que quieras. Porque todo es posible, y tú eres capaz de eso, y mucho más” dijo con una amplia sonrisa.  Abrí el frío objeto que ahora estaba en mi mano, y pude ver una preciosa brújula que aparentaba ser de juguete por su bonita sencillez. En la parte interior de la tapa tenía una inscripción que casi parecía haber sido grabada en ese mismo instante: “Cree en ti, serás capaz de todo y mucho más ” decía. Y entonces, tras fijarme con detenimiento, lo vi; la flecha te apuntaba a ti. Mi padre. Extrañamente, y a pesar de todo lo vivido, me pregunté cómo era posible. Tú solo sonreíste y me abrazaste:

“Prométe no olvidarme nunca, y yo prometo dejarme encontrar siempre” susurraste. Yo te devolví el abrazo, me dirigí de nuevo al tobogán, y grité un profundo “lo prometo” mientras me deslizaba por la boca de mi osadía.

Aquella fue nuestra última aventura.

Al día siguiente, a la salida del colegio, fue mamá quien vino a recogerme. Fue mamá, quien, entre lágrimas e hipos, me lo dijo. Ya no estabas. Te habías ido. No ibas a volver.

Fue de un día para otro, cuanto tardaste en decidir, que no éramos suficiente. Que no merecíamos tu amor. Que había alguien a quien le hacía más falta que a nosotras.

Mamá dice que no importa. Dice que está bien. Que estamos bien. Yo sé que no. Sé que no está bien dejar una vida atrás. Dejar una familia con un barco en una mano, y sueños rotos en la otra. Sé que no estoy bien. Y que nunca voy a estarlo. Porque te echo de menos. Y desgraciadamente, duele tener una brújula averiada, que ya no sabe distinguir el norte del sur.

Y ahora, mis tardes consisten en largas horas en la gran biblioteca de una triste embarcación. En lecturas solitarias de viejos diarios sobre aventuras, y tesoros, sobre brújulas y esperanzas. Y me dejan un amargo sabor de tiempos mejores, e historias a medio contar.

Y a veces, solo a veces, pienso en ti. Y en mí. Y en un barco a la deriva en medio de un mar de miedo, inseguridades, y soledad. Y solo tengo tengo una brújula, que no sabe decirme dónde estás, porque no estás. No sabe decirme a dónde ir, porque no tengo a dónde ir. Así que me quedo sola. Vagando sin rumbo. Con la triste esperanza de conseguir localizarte, como único consuelo.  Con la ilusión de no abandonarte, por muchas veces que me hunda. Porque creo en ti. Creo en mí.

Te quiero, papá. Prometo no olvidarte. Prometo encontrarte.

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