Una chica de cabello largo y liso, negro al igual que sus pantalones y las deportivas planas que llevaba en una de sus manos, sujetándolas con los dedos para evitar mancharse. Camiseta gris, sin rastro de ningún logotipo, y cazadora vaquera simple. Andaba despacio, como midiendo sus pasos con cautela. La arena le hacia cosquillas en sus dedos, pero su cara era neutral, sin asomo de emociones.

 

A esta chica la seguía muy de cerca una pequeña niña pelirroja, ejerciendo el rol de acompañante. Llevaba unas divertidas trenzas a los lados de su cabeza que se movían al son de sus pasos, grandes, casi saltos. Sonreía dejando entrever heridas de guerra, de lucha de espadas invisibles o de viajes a la luna. Iba silbando, y el aire se le escapaba por los pequeños agujeros donde antes había dientes.

 

Las dos caminaban por la playa, una delante de la otra. La mayor, siempre primera, andaba de una manera normal. Miraba a la gente que pasaba y agachaba la cabeza si alguien la miraba. Sin embargo, la pequeña niña iba dando saltos, canturreando sin fijarse en las personas que le rodeaban. Su colorida ropa reflejaba su estado de ánimo, aunque se ocupaba de estar siempre en segundo lugar.

 

En un momento dado la primera chica divisó a alguien al parecer conocido, así que se apresuró a sacar su móvil del bolsillo trasero y a juguetear con él, sin nada que hacer. Bajó la cabeza y se concentró en el teléfono hasta que aquella chica rubia de su edad ya estaba lejos, sin haber cruzado palabra ni mirada. En cambio, la niña pelirroja corrió para alcanzar a la mayor y ponerse lo más cerca posible suyo, protegiéndose de la pequeña niña rubia que caminaba detrás, con total indiferencia.

 

Luego todo se normalizó, volvieron las distancias y a caminar al mismo ritmo.

 

Las dos siguieron andando. Vagando sin rumbo, solamente paseando. Una feliz, otra neutral. Una niña y una adolescente. La niña parecía invisible para los demás, nadie parecía reparar en ella. Sin embargo, la adolescente no paraba de mirar a los lados, preocupada de llamar la atención.

 

Tras un tiempo indefinido, una chica castaña de cabello por los hombros y grandes ojos saludó a la chica. Las dos se sonrieron brevemente y siguieron su camino. Pero en cambio, el pequeño niño que caminaba detrás de ella se acercó rápidamente a la pelirroja y se dieron un abrazo. Un abrazo que transmitía liberación, amistad, comprensión. Siguieron caminando.

 

Finalmente la morena se detuvo. ¿Habría llegado a su destino? Pero no había nada a su alrededor. La niña también dejó de caminar, mirando en todas direcciones, tal vez buscando algo. O a alguien. Un chico rubio, con el pelo peinado hacia arriba y vestido con unos vaqueros cortos y una simple camiseta blanca venía andando rápido hacia ellas. La mayor se removió, impaciente. Los segundos que tardó el chico en alcanzarlas se le hicieron eternos.

 

La pelirroja también comprobó que el pequeño niño estuviera siguiendo al mayor. Sonrió cuando esto se confirmó. Finalmente, los cuatro se fundieron en un abrazo. Pero en cuanto los mayores se tocaron, los niños desparecieron. En ese momento no había máscaras, ni falsas sonrisas. Porque ellos se eran sinceros.

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