Vetusta Alma

Atrapada, muerta en vida, desterrada de la cordura que pensaba poseer.

Así me siento.

Como el reo a punto de llevar a cabo su sentencia de muerte, como el ave dentro de su jaula mirando el atardecer a través de los barrotes.

Fría, dormida, oscura, estática, inerte, marchita, exánime.

Y sin remedio, sin una cura para esta joven pero vetusta alma en dolor y desgarro, que creía no consumirse en sí misma. Mas la cerilla ya estaba prendida a fuego lento, de esos que calientan sin quemar hasta que te percatas del engaño y estás en llamas.

Corazón austero, en proceso de congelación.

Grita auxilio, nadie escucha, pues su llanto ya no tiene fuerza, lo que un día fue, se esfumó. Caricias rotas a un cuerpo que se disuelve en lágrimas.

La parca ha vuelto y no te has dado cuenta.

¿O es que nunca se fue y solo estaba aguardando? Esperando ese momento idóneo para asaltar tu alma, vetusta en dolor y desgarro, y recordarte que sigues sumergida en la oscuridad, que ver la claridad no implica haber salido del hoyo.

Que nunca saldré, siempre me arrastrará, guadaña en mano.

No temo a la muerte, pues la espero. No temo al dolor, lo llevo dentro. No temo que mi afligido ser sufra, forma parte de mí. Temo a la oscuridad, temo no ver la claridad. Aunque no salgas del hoyo, ver la luz a lo lejos, acaricia los ojos del alma, la colma de gozo, aunque no sea real.

Ver la claridad es el engaño más hermoso que jamás pude sentir y vivir.

Pero la parca, ha vuelto a arrastrarme bien hondo.