Azra

Cada aullido del viento penetra la inquietante atmósfera que reina en la playa.
Hoy hay luna de sangre y nos hemos reunido para contemplarla. Hacía años que no quedábamos en vernos. Todo cambió radicalmente desde el diagnóstico.

Sobre la arena hay algunos nombres grabados,y unos metros más allá hay una rama fina. Me deslizo hasta allí, la cojo y trazo nuestros nombres vagamente.

Algo más lejos de los rompeolas distingo un puente apenas construido, lo reconozco, alguien me dijo que los obreros habían abandonado el proyecto por falta de recursos. Le propongo acercarnos a él para apreciar mejor el fenómeno atmosférico y asiente de manera obsesiva, como de costumbre en su más habitual personalidad. Mi acompañante tiene un grave trastorno de identidad disociativo.

Cuando hemos llegado me dejo caer sobre el suelo, cerca de unas barras metálicas, las cuales están algo oxidadas.
De repente, desgarrando por completo el tenso silencio, ella vocifera algo de que “Azra” está por llegar. Me pide ayuda, me grita “ayuda”.
Me ha advertido de que esto pasaría, de que perdería el control, de que “Azra” tomaría el control.
Ella empieza a interpretar arrítmicos y enfermizos movimientos mientras grita que se está perdiendo.

Ya es tarde. Azra, la más peligrosa de sus múltiples personalidades, se ha asentado de nuevo en ella.
Se da la vuelta hacia mí y se acerca a atusar mi cabello de manera brusca.
Enfurecida, replica que mi camisa está sucia y me obliga a tirarla.

Recuerdo cómo debo comportarme con ella ante uno de estos ataques.
Intento disuadirla, hablarle de otros temas, apenas tengo tiempo de reaccionar. Con un raudo movimiento se ha situado en unos altos escombros, a ras de la nada, y balbucea unas apenas audibles palabras antes de arrojarse al vacío.