Corazones de chocolate

Beatriz caminó sigilosamente hasta la puerta de una clase, que no era la suya. Observó el interior de la habitación a través de una pequeña ventana que había en la puerta, estaba vacía —no acudía allí a primera hora de la mañana en vano—. Abrió la puerta corredera muy lentamente y entró.

No sabía exactamente el número de veces que había hecho aquello, pero hacían ya ocho años desde la primera vez.

Todo comenzó en sus vacaciones de verano, a sus trece años. Sus amigos se retaron a saltar desde un puente a un río. Lo hicieron bien y rieron mucho. Pero en el turno de Beatriz, no tanto. Ella saltó tal y como sus compañeros habían hecho, pero una vez cayó al agua, nadie salió. Todos estaban muy asustados.

Entonces, Sergio, que se encontraba entre el grupo, saltó al agua en su búsqueda incluso si a aquella edad —ocho años— apenas sabía nadar. Minutos después consiguió sacar el cuerpo de la chica. Fue una tarde llena de lágrimas y desilusiones.

Beatriz estaba realmente agradecida con el chico ya que, después de todo, había puesto su vida en peligro por ella. Así que decidió mostrar gratitud dejándole un chocolate en su mochila. Sergio se sorprendió mucho y lo comió con gusto. Ella vio que disfrutó tanto de aquel chocolate que no pudo resistirse a dejarle otro a la semana siguiente y a la siguiente. Y en los días antes de las vacaciones de Navidad. Tampoco se debe olvidar el día del cumpleaños de Sergio, en el que no solo le regalaba chocolate, sino todo tipo de golosinas y dulces, que lo hacían saltar de alegría.

Y así, cada viernes a primera hora de la mañana, Beatriz, tan sigilosamente como ella era, le dejaba un chocolate. Esa era su rutina. Rutina que acabaría ese mismo día al encontrarse con un imprevisto.

Buscó rápidamente la mochila de Sergio. Sacó de su bolsillo una pequeña caja llena de bolitas de chocolate recubiertas de azúcar, la besó y, sin embargo, antes de que su misión se llevase a cabo, el ruido de la puerta abriéndose la sorprendió.

¿Es esa mi mochila?

La chica se apartó a toda prisa de donde estaba, escondiendo la pequeña caja tras su espalda.

Perdón, yo solo… —intentó excusarse, pero fue interrumpida.

¿Qué haces aquí? —cuestionó Sergio, cada vez más extrañado.

Una gota de sudor le recorrió la frente. ¿Qué debía decir? ¡Nada podía salvarla!

Devuélveme eso y quizás no te lleve a dirección —se acercó a ella con el fin de quitarle lo que portaba, ¡pensaba que había robado algo! Y Beatriz se negó—. No hagas las cosas más difíciles, por favor.

Colocó una mano sobre el hombro de la chica y presionó, evitando que se moviera. Acercó la otra hacia las manos de ella, que la evitaron, y ambos se vieron envueltos en un forcejeo.

Beatriz levantó la caja por encima de su cabeza para que el chico no la cogiera, cosa que no sirvió porque, se viera como se viese, Sergio era mucho más alto que ella. Él terminó estirando de la caja por un extremo, el otro todavía agarrado por la chica.

Devuelve lo que has robado —pidió mientras ejercía aún más fuerza en su agarre.

Beatriz hizo uso también de su fuerza máxima y, desafortunadamente, la caja cedió, dejando caer las bolitas de chocolate, que terminaron desperdigadas por el suelo. Se agachó inmediatamente, recogiendo los chocolates azucarados uno a uno, soplando sobre ellos para quitar cualquier suciedad y devolviéndolos a su lugar original.

Lo siento, pensaba que estabas robando o… algo —Sergio sonó arrepentido, ella negó con la cabeza—. Te ayudaré —terminó por agacharse junto a ella.

¿Cómo es posible que no me recuerdes? —Beatriz habló con la mirada en el suelo, con su cabello tapándole gran parte de su rostro.

¿Recordarte? Lo siento, de verdad que no sé quién eres —respondió con voz tranquila esta vez.

Entonces, todo lo que he hecho no ha servido de nada… —suspiró profundamente, terminando por fin de recoger todo.

Bueno, no creo que vaya a olvidarme de ti hasta pasado un tiempo. Te recordaré como «la ladrona que no lo era y solo traía delicioso chocolate para mí» —rió, haciendo que la chica fijase su mirada en él.

Beatriz tuvo la oportunidad de ver lo mucho que Sergio había crecido en los últimos años. Ella siempre había dejado chocolates y dulces en su mochila a escondidas. Sin embargo, al comenzar el instituto, siempre estaba rodeado de gente y era complicado estar allí para ella ya que aparecerse entre una multitud era peligroso.

¿Ocurre algo? —preguntó el chico al percatarse de la intensa atención que le estaba dando a sus rasgos.

Has cambiado mucho —señaló, tímida.

Disculpa, ¿cómo te llamas?

Soy aquella niña por la que pusiste tu vida en peligro en el río, hace ocho años, ¿recuerdas? Soy la que ha dejado siempre dulces en su mochila.

Sergio se llevó la mano al rostro, intentando dar con aquel hecho que había olvidado, que había decidido olvidar. Incluso cerró sus ojos tratando de recuperarlo.

Pasaron unos segundos y nada salía de la boca del mayor. La chica suspiró de forma pesada y dejó la pequeña caja de chocolates junto al chico.

Gracias por todo —terminó por decir, justo antes de dejar un beso en su mejilla, levantarse y correr hacia la salida. Pues agradecerle en persona era lo único que debía hacer, y ya había terminado su labor allí.

Sergio reaccionó con un salto y lágrimas recorriendo sus mejillas. Agarró aquel regalo con sus manos y fue tras ella.

Espera, ¡Beatriz!

Aquellas bolitas de chocolate azucaradas no resultaron más que amargas para él.

***

Sergio se desperezó y caminó con cansancio hasta su mesa de trabajo de la oficina. Se sentó y masajeó el tronco de su nariz. Llevó la mano hasta la torre de su computadora y accionó el botón de encendido. Luego, abrió el cajón que había bajo la mesa, que escondía el teclado, y se llevó una sorpresa al encontrar una tableta de chocolate negro allí.

Después de otros ocho años, ¿Beatriz había vuelto a aparecer?

Se levantó rápidamente de su asiento, mirando hacia todos lados.

¿Beatriz?

Caminó fuera de su despacho y se encontró a su compañera apoyada al lado de la puerta. Ambos se miraron, y al ver la consternada expresión que tenía Sergio, la chica habló.

¿Tanto te ha sorprendido mi chocolate? —dijo— Feliz San Valentín, idiota —Abrazó al chico por los hombros como muestra de cariño, pero este solo colocó una mirada amarga sobre el chocolate— ¿Qué te pasa?

Y es que, por mucho que lo quisiera olvidar, debía aceptar que Beatriz murió aquel día en el río. Su incapacidad para nadar había hecho que no pudiera salvarla a tiempo y se castigaba por ello.

Miró a su amiga todavía con la misma expresión.

Odio el chocolate.