De Antonio a Leonor

Mi querida Leonor,

Como cada mañana siento tu mano en la mía, tu mano compañera, tu voz de niña en mi oído como una campana nueva. Pero después despierto de mi sueño, tan real, que tardo tanto en darme cuenta de que no ha ocurrido. Mientras pasa el día en Baeza, recuerdo nuestros felices momento en Soria, que me llevan a rememorarte en todo lo que veo, como de la estrella en el azul.

Te echo de menos, donde quiera que estés. Cada día me pregunto cuanto tiempo pasará, hasta al fin conseguir verte. La esperanza me dice: “Un día la verás, si bien esperas”, pero la desesperanza le responde: “Sólo tu amargura es ella. Late, corazón… No todo se lo ha tragado la Tierra”. Después pienso que podré volver a verte, aunque pase mucho tiempo, sé que me estarás esperando como cuando nos conocimos. No te marcharás y podremos ser felices para la eternidad como lo éramos antes.

Me acuerdo perfectamente del día en el que te conocí, yo tenía 32 años y tú apenas tenías los 13. Caí enamorado al momento, y mi inquietud hizo que le pidiera tu mano a tu madre, quien me la aceptó. Fueron dos de los mejores años de mi vida, debido a que los pase a tu lado. A pesar de la larga espera para poder casarnos.

Aunque estemos separados en dos mundos, siempre habrá una parte tuya en mí, guardada en mi corazón. Donde permanecerás en los buenos y en los malos momentos. Te llevo en mi memoria y en corazón, cada palabra que decías, tu bonita mirada y tu joven piel. Recuerdo tu sonrisa y cuando me observas al escribir. Viste como escribí entero mi “Campos de Castilla” y tu última alegría fue ver el libro, sobre tus manos publicado.

Siento que te hayas marchado tan pronto, sin apenas haber podido despedirnos. No tuvimos tiempo; la muerte en mi casa entró. Se fue acercando a tu lecho y ni siquiera me miró, con unos dedos muy finos algo muy tenue rompió. Fui a verte, pero ya no despertabas, lo que la muerte ha roto era un hilo entre los dos. Despiadada fue la muerte sin dejarme despedirme.

Ahora te digo, esto no ha sido un adiós. Solo ha sido un hasta pronto en el que volveremos a reencontrarnos los dos. Y a mi puesta de sol, volveremos a encontrarnos.

Tu amado,

Antonio Machado.