Simbiosis

La primera vez que la vio le produjo rechazo o quizás peor que eso, un asco horroroso. Estuvo a punto de atacar pero el mero pensamiento de la suela de su zapatilla tocando al bicho le daba grima. Pensó entonces en lo siguiente que una adolescente puede pensar: que venga otro y la mate.

Ah, pero eso no era posible. Era la primera vez que Alejandra salía de casa para no volver en unas semanas o meses – o quizás años, si es que la suerte la acompañaba allí donde se encontraba.

Estaba sola por primera vez en su vida y no era una soledad fácilmente salvable. Sabía que solo debía llamar por teléfono y sus padres estarían allí, a kilómetros de distancia pero tan cerca de ella a su vez, como siempre habían estado por otro lado.

Pero no podía recurrir a ellos. No conocía a nadie en aquella tierra lejana – o no tan lejana, apenas había una hora de vuelo entre Zaragoza y París – y no quería que la primera persona que conociera fuera de una forma tan patética como un grito de ayuda para matar a una araña en su habitación de la residencia de estudiantes.

Así que Alejandra se quedó allí paralizada, inmóvil aunque no le atenazaba el terror o el pánico; ni siquiera el asco hacia ese pequeño insecto que poca cosa podía hacerle. Las dudas y la indecisión la asaltaron: ¿y qué hago ahora?

No era difícil ver sus opciones. No era una decisión complicada pero a su vez sí que lo era. ¿La mataba? No se atrevía, le daba asco y como fallara y la araña se moviera entonces sí que iba a gritar como si hubiera visto al demonio. Entonces, ¿la dejaba estar?

Todo el mundo sabe lo que sucede cuando le quitas el ojo de encima a una araña y Alejandra también lo sabía: la araña misteriosamente desaparece y de repente, te quedas con la sensación de angustia permanente sabiendo que la araña está en la misma habitación que tú, sabiendo que podría pasear por tu cara esa misma noche mientras duermes.

Alejandra inspiró con fuerza y sin quitarle la mirada de encima al insecto, empezó a pensar qué había en su habitación. Era pequeña, no cabían muchas cosas y acababa de dejar las maletas en el suelo. Apenas había un armario pequeño, una cama y un escritorio con su silla. Nada de lo que veía en la periferia de sus ojos le iba a ayudar a matar a la araña.

Fue entonces cuando, resignada a un destino compartido con aquella odiosa inquilina, la araña se movió. Estaba colgando del marco de la ventana abierta – una ventana que Alejandra no sabía cómo iba a cerrar mientras el bicho estuviera ahí – cuando la araña se bamboleó.

Alejandra tragó saliva, dio un paso atrás y siguió mirando. El bamboleo suave había venido de un mosquito travieso chocando contra la tela de aquella araña. Su cuerpo gordo y sus patas gruesas se movieron y la araña se acercó al mosquito y comenzó a envolverlo con su tela con parsimonia, como si Alejandra no estuviera allí horrorizada.

Y entonces cayó en la cuenta: la telaraña estaba fuera de la ventana, ¡podía cerrar la ventana sin problema! Y lo que era mejor, la araña acababa de salvarle de un mosquito. Quizás aquella inquilina no era tan mala como había pensado.

—De acuerdo, tú y yo vamos a llevarnos bien, ¿me oyes?

Su voz salió temblorosa porque, pese a los puntos positivos, los negativos seguían estando ahí y la verdad era que Alejandra odiaba los insectos. Se acercó con lentitud a la ventana mientras la araña seguía envolviendo al mosquito, ajena a su presencia. Alzó un brazo, cogió la hoja de la ventana y con un movimiento rápido y contundente, cerró la ventana dejando al bicho y su presa fuera.

—Solo es una estúpida araña, Alejandra, no pasa nada. Todo va a salir bien, todo va a salir bien, ya lo verás. Piensa en positivo y las cosas buenas vendrán a ti, eso es.

Aquello se lo solía decir su madre. Sin peligro inminente y con un cuarto por recoger y ordenar Alejandra se permitió un solo pensamiento para su familia. Sabía que si seguía pensando en ellos durante unos pocos minutos más terminaría arrepintiéndose de haber venido hasta París, de intentar cumplir un sueño que la llevaba lejos de su familia y todo cuanto conocía.

Todavía quedaban unos últimos días de verano antes de que las clases dieran comienzo y el sueño – o la pesadilla, ya no lo tenía tan claro – de Alejandra comenzara. No iba a ser fácil, se lo habían advertido todos cuando había sido aceptada en la universidad de París, pero eso no le quitaba el sueño.

Lo que de verdad le desvelaba por las noches era la soledad y la falta de alguien con quien hablar. Quería llamar a sus padres pero a la vez sabía que no podría llamarlos sin echarse a llorar. Los echaba de menos y no quería preocuparlos.

Aquella mañana había conseguido sacar una tarjeta de autobús haciendo señas y hablando una mezcla de español, inglés y francés; algo que en Zaragoza le habría costado cinco minutos se había alargado a una tortuosa experiencia de media hora.

Por la tarde había bajado al salón que compartían en la residencia y habían puesto una película – una comedia se atrevería a adivinar Alejandra, aunque solo fuera por las risas de los compañeros franceses. No había conseguido hablar con nadie aunque sus ojos se habían abierto a un mundo nuevo y lleno de posibilidades, pero a la vez un mundo tan grande que la aterrorizaba.

Había varios franceses en la residencia pero la mayoría eran extranjeros. Se atrevería a decir que un grupo de chicas eran indias (les había entendido alguna palabra en inglés aunque tenían un acento muy extraño y cerrado), dos británicos y tres australianas que se habían enzarzado en una discusión sobre un tema que Alejandra no había llegado a entender y luego…

Luego estaban los europeos. Al menos uno era italiano y los demás tenían acentos muy raros y le sonaban todos a algo que quizás pudiera ser alemán pero entre ellos no se entendían. ¿Por qué demonios no había un solo español en esa amalgama de culturas y lenguas?

—Menuda mierda de día. —dijo al final Alejandra en un suspiro. Miró el vacío en su cuarto y solo sintió ganas de llorar. —Al menos en tres días empezaré el curso. Quizás haya algún otro español descarriado en la clase…

Algo se movió y Alejandra frunció el ceño y miró alrededor alerta. No olvidaba la araña que había fuera de su cuarto pero tan cerca. Sabía que era una tontería pero a veces pensaba que quizás podía abrir la ventana y rondar por su dormitorio a placer.

Pero no, no era ninguna paranoia suya: la araña había atrapado un nuevo mosquito. Alejandra se acercó a mirar ya fuera por curiosidad o por puro morbo. Acercó su cara al cristal y de repente tapó la luz del flexo, dejando a la pobre araña en la oscuridad.

Se apartó y comenzó a pensar. No era coincidencia que la araña hubiera hecho su telaraña en esa esquina particular de su ventana, no: la luz del flexo atraía a los mosquitos y así ella los cazaba con una facilidad irrisoria. Casi tuvo ganas de reír de lo ridículamente sencillo que era.

—No sabía yo que eras tan astuta, pequeñina. —le dijo mientras se sentaba en la mesa procurando no taparle la luz del flexo. —Mira, te propongo un trato: tú te comes a los mosquitos y yo no te… En fin, ya sabes a qué me refiero. Se llama simbiosis.

Le pareció que la araña le asentía, quizás con un parpadeo muy lento de sus ocho ojos o quizás con un pequeño movimiento de su no tan diminuto cuerpo. Alejandra sonrió un momento antes de recordar su disgusto por los insectos – y sin embargo allí estaba, haciéndose amiga de una araña.

Quizás mientras ella no le hiciera daño todo iría bien y podrían seguir siendo… ¿Amigas? Sí, amigas. Eso sonaba bien.

Los primeros días de clase fueron duros, para qué mentir. Los acentos de los profesores hacían que todo fuera más complicado de entender; los otros alumnos hablaban muy rápido y apenas había un par de extranjeros más en su clase – por sus caras, igual de perdidos que Alejandra.

Cada noche hablaba con su araña particular, su primera amiga en París, a la que había bautizado como Des. Era la abreviación de Déssirée, un nombre francés que le había gustado cuando habían pasado lista el primer día de clase.

Los amigos humanos habían tardado en llegar. Primero había encontrado a un muchacho perdido que buscaba el camino a la biblioteca (luego se había enterado de que era ucraniano) y le había ayudado. Él le había invitado después a un bar donde había quedado con otros compañeros de clase – por suerte no todos eran ucranianos porque Alejandra no tenía ni idea de ucraniano y se habría sentido todavía más fuera de lugar.

De ahí había conocido a un grupo de chicas italianas que no dejaban de hacerles ojitos a los tres ucranianos. Alejandra había entrado a la acción, había respirado hondo y había hablado con ellas; luego las había acercado a los ucranianos y el resto era una historia que seguía contándose a día de hoy.

Pero gracias a ese solo gesto, esas tres chicas la habían acogido en su grupo, y si bien ellas no eran lo que Alejandra llamaría grandes amigas – no tenían mucho en común si tenía que ser sincera, salvo estar lejos de casa – ellas le habían acercado a otros grupos de gente y de ahí en adelante, su vida social había empezado a cambiar.

París le había cambiado la vida, eso era un hecho. De su reducido grupo de amigos en Zaragoza había dado el salto a un entorno multicultural en el extranjero, había madurado, había reído y llorado y sobre todo, había entendido y compartido experiencias irrepetibles con gente que nunca dejaría de ser su amiga.

Cada cual tenía su propio grupo de amigos, sí – los ucranianos iban en grupo casi siempre, las italianas eran como hermanas y las búlgaras se protegían entre sí como el hermano mayor con el que siempre discutes pero que te protege de los que quieren hacerte daño.

Cada cual era un mundo completamente distinto, un mundo en constante cambio, ni muy rápido ni muy lento, pero siempre moviéndose y fluctuando. Había quienes estaban dañados por un amor no correspondido, los que venían en busca de un futuro mejor que en su tierra madre y un millar más de razones para acudir a París (o a cualquier otro lado).

Pero con todos ellos había aprendido algo: qué era lo que no le gustaba, lo que incomodaba a uno o a otro, lo que cada uno buscaba en la vida, sus esperanzas, sueños y miedos. No tenía una relación tan cercana con todos los que había conocido pero cada experiencia la había atesorado para revivirla luego junto a la que – quizás – podía llamar su mejor amiga en París: la araña Des.

Ella la escuchaba mientras atrapaba mosquitos y otros insectos o tan solo colgaba de su telaraña, siempre pacífica y tranquila. Nunca juzgaba, nunca peleaba, tan solo escuchaba. No opinaba (¿cómo iba a opinar una araña?) pero eso también estaba bien: solo necesitaba desahogarse, contarle sus penas y sus alegrías a alguien fuera de su círculo de amistades, analizar todo lo que había sucedido y encontrar soluciones a sus problemas.

Y llegó el día en que Des ya no hizo falta en su vida. Llegó el día – allá por mayo, cuando ya no quedaba casi tiempo para el final del curso – en que Alejandra encontró soluciones a sus problemas, comenzó a cambiar a pasos agigantados, dejó de ser tímida y comenzó a sonreír en vez de enfadarse cuando los demás le criticaban con razón, intentando ayudarla.

Porque llegó el día en que Alejandra comprendió finalmente, casi sin darse cuenta del avance enorme en su madurez, que sus amigos solo querían ayudarla. Que quizás ponerse a la defensiva en cuanto nombraban algún tema que no le gustaba no era la solución, que quizás antes que pedir perdón tenía que evitar que hiciera falta pedir ese perdón.

Pero aunque Des dejó de cumplir su función como consejera de Alejandra, cada noche ella se sentaba en el escritorio un ratito y le hablaba. Ya no buscaba soluciones, ya no había un propósito tras esa charla banal salvo el de dos amigas – pues Alejandra ya consideraba a Des su amiga – hablando. Y cuando había más de tres insectos en la telaraña de Des, Alejandra la felicitaba por sus dotes de cazadora y, curiosamente, sentía orgullo de ver lo capaz que era esa pequeña araña, tan insignificante para otros pero tan querida para Alejandra.

El día llegó. Los exámenes terminaron, el verano volvió y el momento de abandonar París se acercó de forma inminente. Las italianas y los ucranianos – que ahora formaban bonitas parejas – fueron los primeros en irse: ellos visitarían Italia primero y luego ellas irían a Ucrania a ver la tierra natal de cada uno e incluso visitar a sus familias.

Los españoles que había conocido también comenzaron a marcharse, así como las búlgaras, los franceses que no eran de París y todos los demás. La residencia cerraría sus puertas una semana más tarde y todo habría acabado.

No todo, pensó Alejandra. Quedarían no solo las memorias y las experiencias, sino también los amigos: habían hecho una promesa de juntarse para navidad en Zaragoza, donde ninguno había estado – y ya bromeaban sobre hacer una porra para ver en qué lugar quedaban al año siguiente.

Quizás esos amigos de Erasmus estuvieran más lejos después de esas últimas semanas agónicas, pero siempre los llevaría cerca del corazón, Alejandra lo sabía muy bien porque aquello era algo que no olvidaría jamás.

Y en un huequecito muy pequeño muy cerca del centro de su corazón, de apenas el tamaño de una araña, llevaría a Des para siempre consigo. Pero su caso era distinto: ella se quedaría en París, en su telaraña comiendo insectos bajo el marco de la ventana. Ya no habría más charlas por la noche, más orgullo de ver lo buena cazadora que era su araña ni muchas otras cosas más.

Alejandra miró la habitación, tan recogida y ordenada que como cuando había acudido a la residencia hacía menos de un año y suspiró mirando la telaraña y a su habitante. Habían sido unos meses fantásticos pero no olvidaba sus inicios: había intentado echar a Des, matarla guiada por el asco y la incomprensión; quizás otros no tuvieran tantas dudas, tanta indecisión… Tenía que hacer algo por ella.

Y cuando salió de su cuarto que ya no era suyo, pegado en la pared al lado de la telaraña de Des dejó un papel escrito en inglés y esperó que nadie lo quitara hasta que el nuevo inquilino llegara a habitar ese dormitorio.

Esta es Des, mi araña. Por favor, no le hagas daño ni la molestes. Es inofensiva y te ayudará con el problema de los mosquitos.

Habla con ella si no tienes a nadie más; es muy buena oyente y una cazadora excelente.

Cuídate mucho Des,

Te quiere,

Alejandra