La Ciudad más bella del mundo

«Al oír estas palabras

una falsa verdad se abrió camino…» i


«Dijiste: Iré a otra tierra, iré a algún otro mar.

Mejor que esta habrá alguna otra ciudad.» ii


Cruza cerca de mí un deseo intenso de relatar, o mejor dicho de resumir, sobre mis vivencias en el lugar donde existo. Aunque no preciso el momento exacto en el cual me topo con una serie de lecturas que alimentan este deseo que antes menciono; pero puedo agradecerle al destino sobre el descubrimiento de este pasaje. Entre todo el material recopilado existe un texto póstumo de Denis Vairasse (Francia, 1677) donde se plantea la idea de una ciudad perfecta, cuyo nombre es Sévariade. Con la finalidad de preservar los contextos, retomo una de las citas acerca de este tema recogida por Zygmunt Bauman donde se trata de explicar los conceptos básicos y prácticos de dicha demarcación geográfica. Sin embargo, es responsabilidad del lector, luego de un repaso integral y exhaustivo del material bibliográfico, el ponerle nombre y cara a su propia Ciudad:

«Sévaride es “la ciudad más bella del mundo”; se caracteriza por “el buen mantenimiento de la ley y el orden”. “La capital está concebida de acuerdo con un plan racional, claro y sencillo, aplicado con rigor, que hace de ella la ciudad más regular del mundo.” La transparencia del espacio urbano deriva principalmente de la decisión de dividirla prolijamente en 260 unidades idénticas, llamadas osmasies, cada una de las cuales consiste de un edificio cuadrado con una fachada de quince metros de frente, un gran patio interior, cuatro puertas y mil habitantes “cómodamente instalados”. La “regularidad perfecta” de la ciudad llama la atención del visitante. “Las calles son anchas y tan rectas que uno tiene la impresión de que fueron trazadas con una regla” y todas desembocan en “plazas espaciosas en el medio de las cuales se alzan fuentes y edificios públicos”, asimismo de tamaño y dimensiones idénticas. “La arquitectura de las casas es casi uniforme”, aunque una suntuosidad adicional caracteriza las residencias de las personas importantes. “No hay nada caótico en estas ciudades: en todas partes reina un orden perfecto y notable” (los enfermos, los discapacitados mentales y los criminales han sido expulsados fuera de sus límites). Cada cosa cumple una función y por eso todo es hermoso, ya que la belleza caracteriza por la visibilidad de sus fines y la simplicidad de sus formas. Casi todos los elementos de la ciudad son intercambiables, lo mismo que las ciudades en sí. Quien visita Sévariade conoce todas las ciudades de Sévarambes» iii.

En lo profundo de la propia ciudad, a pesar de los hermetismos que se palpan al leer su descripción, se aprecia con facilidad que la perfección que se busca está dentro de una imperfección y percepción de las realidades y los espacios que la rodean. Así mismo Sévarambes se puede extrapolar en las cotidianidades de un país y, por ende, en sus ciudades. Entonces el Centro (y las afueras) de cualquier ciudad reflejan por mucho las descripciones mencionadas al principio por Vairasse. Aunque no lo parezca no hay una sola forma de ver la Ciudad a pesar de la simetría y el contexto de la redacción. En una ocasión Borges trata de explicar la multiformalidad (que se percibe en las descripciones de Sévariade) diciendo que «no era uno solo, sino el de todos los seres» iv. Tampoco sus habitantes tienen las mismas interpretaciones ni experiencias del lugar en donde viven. Todo se genera porque cada uno la vive a su manera. Que existen varias Sévariade en el mismo espacio/tiempo. Tal cual como se resumen en otra cita de la investigación: «…la diferencia está en el vivirlo yo.» v.

Queda el intento de analizar esta selección de relatos y experiencias; partiendo del hecho que «la memoria es un preciso museo de literaturas» vi. Sí, cualquiera se preguntaría (aunque tal vez no) el porqué de tan pocos casos de estudio sobre este fenómeno, con la existencia de tal diversidad y que la expresión se construye en paralelo a la búsqueda de la identidad. Sin dejar de mencionar que el espíritu que mueve al desarrollo de estos aspectos no es identificar la mayor revelación, sino darle voz a quienes puedan mostrarnos el camino hacia la Ciudad. Respondiendo a esta última cuestión, algo igual como se menciona al final de la cita anterior, pero en este caso parafraseo la oración:

«Quien conoce estas historias de la Ciudad, conoce todas las otras.»


II

Permíteme perderme en tus adentros, para luego no querer escapar de ti. No importa que la avenida esté muerta. Aparcada de almas. Sola, apartada y gris. Ahí tengo los momentos que necesito. Desde que me despierto hasta que me duermo. Sin ninguna demora llega cada día. Esto es la Ciudad. Llena hasta su último rincón. Sin que una calle se vea sola, con el gusto de decirse: —Estoy vacía. Sola y sin una persona con quien yo pueda pasar.

Recuérdame que más allá de tus límites existe un recuerdo por recuperar; como esos versos viejos y con polvo, oxigenándose a la par de una vela. Hablándole a los objetos sin que las respuestas se tornen certezas. Porque el tráfico insoportable en la Ciudad no soporta otro poema, traducido en piques y sonrisas.

Tócame. Para ver si esta vez puedo perderme en ti, en todas tus viejas experiencias. Hay en tus calles algún un recuerdo olvidado, con el olor a aceite, que refleja nuestra realidad. Oscura, desvanecida e infeliz.

Piénsame. No hay ciudades como tú. Lo repito, no me desampares; sé que en tus rincones están las respuestas y en tu ser las preguntas que después me haré.

III

«Tanto he andado esta Tierra

Que es ella la que anda ya.» vii

Cuando vengan tus noches frías de temporadas

Aquellas que un viento

Cambia la normalidad de tus días,

Tendré clara la certeza

De que eres para mí.

Porque todos hablan de tus calles

Sin conocerte,

Pero una salida basta para comprenderte

Ya que viene de ti el hecho de no olvidarte

Nunca jamás;

No hay camino que se te avergüence

Ni urbe gigante que se te asemeje

Debido a que no hay un halo de envidia

Que te cubra, como las nubes cubren

Tus secretos en la mitad de la noche.

Poco a poco puedo ir escuchándote,

Aunque la mayoría no pueda hablar.

Escucho los murmullos

De tus calles que me persiguen

Madrugando,

Buscándome,

Con la esperanza

De que un viento recio

Bastará para sanarme (…)

IV


«La Historia es solo una forma

de perder el tiempo…» viii


No soy dado a eso de escribir, mucho menos poesía. Aunque se necesita para momentos dentro de la normalidad de la Ciudad. Con el tráfico, las faltas morales, los autobuses en una avenida concurrida. El barbudo de Cortázar se inventó miles de cosas, debido a la fuente de inspiración del transporte público (aunque solo pudo sacar Ómnibus en Bestiario). Para evitarme los sustos innecesarios, quise cambiar de hábito e irme a pie a la oficina. Por un asunto logístico y económico. Dicen que a donde hace más frío, solo utilizan sus vehículos los fines de semana.

Yo no soy quién para delimitar hacia dónde debiese ir. De por sí tenía fama de haber cruzado, por más de veinte años, el mismo trayecto asfaltado. Como si contara como un logro o récord. Sufría. Cada caminata, la veía sin el mismo reparo que la anterior. Un día sobre otro. Personas; rodeado de sus propios trayectos. Algunos doblaban, otros se paraban en la esquina, sin importar el semáforo o la señalización. Otros, por el cambio de verde a rojo, se quedaban quietos. Los otros personajes no podían pasar. El árbitro en este duelo no sufría nada frente al espectáculo de la intersección; no había el porqué: en la próxima había otra sala con un libreto diferente. Rutas distintas se fusionaban. En mí se creó la armadura imaginaria del aire acondicionado dañado; los ciudadanos de a pie le llamamos calor. Treinta y cinco segundos para intentar cruzar. Un vehículo dañado en la vía. Quince minutos perdidos. El otro semáforo sin luz. Los árbitros tardan en aparecer. Los duelos a sangre fría se acabaron. Es mejor morir por la desesperación de nunca moverse. El semáforo en amarillo es un bono del verde. Una transmisión dañada y otra (radiofónica) que se escucha a la par con lo habitual: «La hora pico / El ruido / Cinco de la tarde / Me desperté temprano / Y como quiera / Se me fue la hora. / Tuve que llevarle / Algo a mi Abuela / Ni la miré / Pero me despedí. / Me tiró un beso / Le pedí su bendición. / Dos cosas tengo claras, / Las escribo más abajo: / Más que sentía / La necesidad de llegar. / O, tal vez, de volver».


Buscaba la salida fácil. Odio las rutas críticas, pero toda la Ciudad está plagada de ellas. No soy dado a eso de escribir; mucho menos vivencias, pero esto debía salir: Todo comenzó extrañamente cuando llegué al barrio. A ese grupo de casas que rodearían mi nuevo hogar. La casa antigua de Mamá. Luego de estar escribiendo en la parada. Me cansé y volví a caminar. Menos desesperado que antes, a pesar del ahorro que percibía. Recuerdo «Tuve sueño. También, por el susto, un poco de frío».
Hay algunas personas que dicen que el Parking Manhattan queda un poco más hacia delante; lo que no sé si es precisamente hacia El Sur.

V


Sé que no podré destruirte

Ni nadie que te habite

Por esa condición que posees

Que nos cubres

Y escondes todos nuestros miedos

En tus calles, filas de supermercado

Y tráfico en las avenidas.

Oh Ciudad;

Escápate.

No regreses.

Los motivos sobran

Para tu partida.

Aléjate. Vete lejos.

No dejes rastros.

Ni trates de

Esconderte

Entre tus silencios.

Mira hacia allá,

Piérdete.

No dejes

Huellas al salir.

No te quiero

Entre mis parques

Ni en entre mis matorrales

Santo sea

El Domingo,

Cuando decidas

No ser.

Desaparecer.

Descolórate:

Como el atardecer (…)

VI


Unos amigos, luego de tomarnos un café, iniciamos unas conversaciones acerca de lo tedioso que es moverse de ciudad en ciudad, me ilustraron la característica interplanetaria de La Ciudad. Ese factor lunar que está a la vista y de la soledad en sus periferias. La Ciudad está entre desiertos y los vientos llegan a nuestras vidas con una facilidad increíble. No hay peaje que pagar desde lo alto de la montaña hasta el parque que está al frente de cualquier casa.


Yo he llegado a la Ciudad Imposible. Donde hay paradas eternas. Aunque por fin mi espera tendrá un final feliz al pasar toda esta hilera de semáforos en un período tan pequeño. He de volver a aquellas enormes y largas avenidas, igual que el viaje de Ulises hacia Ítaca.


Por aquello de que uno no debería volver a aquel lugar donde ha sido feliz, esta Ciudad es lo que es y representa. Cada vida anclada a sus calles y recuerdos; es ella quien vive en nosotros y anda más entre nosotros. Su imperfección obliga a no ser aburrida, a pesar de que nada nos sorprende. Pero esto último es una vil mentira; sí nos sorprendemos de cada evento que nos regala y las molestias que nos produce cada mañana.


El sueño de muchos de nosotros ha sido que te conviertas en otros lugares. Como que sin ti no fuera suficiente la dicha de que habrá algo nuevo al doblar de la esquina. La gente busca esos sueños anhelando que te tornes fácil y que la vida, de esa misma manera, se vuelva más leve. Pero cumples tu función de ser quien nos mantenga aquí; sabiendo que muchos han escapado de ti.


Desde el principio queda clara la idea que eres única. Tu gente habla de ti como si te conociera desde que eras una sola partida de calles apoderadas de militares e intereses que no estuviste nunca clara de conocer. La luz de lo que serías te llegó sin avisar. La historia ahí está. Solo falta contarla. Que tus sueños acumulados muestren de que estás hecha. Por esta razón, tal vez sin saberlo, tus fundadores te forjaron. A ladrillo y luego convertida en cemento. En esa jungla oscura, sin un mínimo de decencia. Luchadora contra el tiempo y madre de héroes, villanos y tumbas. Queda en ti aún lucha y sueños, como las otras ciudades que se alimentan de ti. Eres parte del centro, al igual que la paz y el caos. Revuelto el hecho de que no te esconderás nunca, ni tus ojos buscarán perder el contacto con los míos, ni de quienes estamos en ti.


VII

He visitado la Ciudad Imposible,

He vivido en sus calles

Para darme cuenta que en mí

Están sus alegrías y miserias,

De esta urbe me hice dueño

Y no defraudó en lo íntegro

Nada de lo que me ofreció en principio.

Dejo estos espacios revelándoseme

De que si ella es infinita

Es porque yo también lo soy.

De que sin mí ni los otros

Es solo muerte y soledad.

La Ciudad son sus habitantes,

La Ciudad me ha elegido,

Aunque crea que lo hice yo.


En el mismo autobús (me) reescribo,

En sus calles me veo caminar en

Las distintas fases que fui, porque

No soy aun lo que una vez imaginé

Pero soy muchas cosas que nunca soñé.

Desde ahí, entre la multitud

Yo busco aquel rostro que a los lejos intento ver

Que se aleja (o al menos eso siento)

                                [cuando me acerco.

Estos trozos de pensamiento voy

                                     [amontonando,

De ellos, como los de muchos otros,

Está construida esta ciudad.


Al lado de mis días

                [y de mis pasos

Crecieron mis sueños,

Reverdecían al toque

             [del viento entre

Sus dedos y manos.

De aquella forma

La Ciudad me poseía

              [con sus dudas

Y carencias que solía

Yo enmendar con mi

             [impaciencia.

La Ciudad crece en mí,

Yo en la Ciudad vivo.

La Ciudad vive en mí.

No merezco reflejarme

              [en sus calles ni

en sus aceras.

En conclusión,

La Ciudad soy yo.


VIII


Lo único que puedo decir acerca de aquí y de otras historias de esta Ciudad, muchas por demás, es que se vuelvan una postal de todos sus rincones. Que, al reverso, debajo de la información general diga:


«Quien visita La Ciudad conoce todas las ciudades cerca de aquí.»


La felicidad se encuentra en los detalles que no solemos ver. La Ciudad vive en mí, porque ella, como los libros, nos eligen primero y cuando estamos preparados. Espero que nunca desaparezca. Espero nunca salir de ella. Escuchar todas estas historias, entender que existen salidas y correr hacia ellas; como si no hubiese mañana. A pesar que detrás de mí irá y nunca me dejará. Aunque no haya nada qué buscar, nuestras vidas están aquí. Si hemos de destruirlas, habrá que dejarlo todo: las experiencias, los recuerdos, sus apariencias. Renunciar a la Ciudad es el olvido, que no quede rastro; al igual que me destruyo durante el día. Habrá que dejarlo todo y quemarlo, así como Gedeón hizo con sus puentes. Por esto es la Ciudad más bella del mundo; porque yo he de menguar para que crezca ella.


i Nabokov, V. (2017). Pálido Fuego. Barcelona: Editorial Anagrama.
ii Kavafis, K. P. (2019). Poemas. DeBolsillo.
iii Bauman, Z. (2010). La globalización: Consecuencias humanas (Quinta edición ed.). (D. Zadunaisky, Trad.) México: Fondo de Cultura Económica.
iv Borges, J. L. (1960). Pedro Henríquez Ureña, Obra Crítica. México: Fondo de Cultura Económica.
v Kant, I. (1778). Crítica de la Razón Práctica.
vi Borges, J. L. (1960). Pedro Henríquez Ureña, Obra Crítica. México: Fondo de Cultura Económica.
vii Del Cabral, Manuel. Carta a Compadre Món. Compadre Món.
viii Pumarol, Homerol. (2011). Poesía Reunida 2000-2011: Doctor Vertiz 737.