Luz viajera

A veces, escapar de la realidad es difícil. Tal vez como si un cubo de Rubik nos tragase y tuviésemos que salir de él. Lleno de cambios, vueltas y giros que te dejan aturdido y que al final dejas en un estante del armario, rendido y sin tener la solución. O tal vez como un círculo… Tan redondo y siempre conectado que si dieras vueltas y vueltas a las situaciones terminarías mareado. Pensándolo bien, vivimos rodeados de cosas redondas: el Sol, la Luna e incluso las galletas que me tomo en el desayuno. Así que tal vez dar vueltas a los problemas da con la solución.”

Ayer fue un día lluvioso, el Sol no apareció y las nubes taparon todo el cielo dejando un color grisáceo, como si un lápiz las hubiera pintado y luego hubieran sido difuminadas por las melifluas gotas de agua. Hoy se repetía la misma historia. No iba a poder fotografiar el colorido arrebol que casi todos los días de primavera, al atardecer, el Sol formaba con sus rayos y desde mi ventana contemplaba en silencio.

Acababa de llegar a casa, había sido un día melancólico con una mezcla de sensaciones amargas. Me duché y observé como el soldadito de plomo continuaba allí, encima de la mesa, el cual al volver del colegio lo había encontrado inesperadamente en uno de los bolsillos de mi mochila. El soldado me amenazaba con su mirada desafiante. Su chaqueta y pantalón verdes me recordaban a los de un duende y a cada lado de sus hombros colgaban dos botones rojos. En sus manos no sostenía un fusil, sino una bombilla apagada, y en sus grandes ojos brillantes se reflejaba mi rostro incrédulo. Además, en su espalda podías ver el nombre de Marduk, que supuse que sería el fabricante. Fueron unos segundos en los que el tiempo parecía inmóvil, la flagrante lluvia pareció cesar e incluso mi respiración parecía suspendida en el aire por un instante. Mi madre al llegar a casa rompió el silencio que el soldadito y yo habíamos formado por un efímero periodo de tiempo.

. . .

Poco a poco el cielo gris nublado fue transformándose a un azul claro y profundo en el que los rayos de aquella estrella aparentaban ser más fuertes que nunca, pero realmente no era la esfera roja la que desprendía tanto resplandor. Al levantarme de la cama, la bombilla que sujetaba la mano derecha del soldado emitía como un intermitente una luz clara y precisa, tan fuerte como miles de luciérnagas en plena noche.

Fui a tocar el soldado de juguete cuando un destello aún mayor me deslumbró y un intenso calor me envolvió, como si fueran los cálidos brazos de una madre.

Abrí los ojos muy lentamente sin saber apenas qué pensar, una voz grave determinó suavemente:

  • Periodo del Homo Erectus.

Aquella voz inspiraba confianza, pero de pronto, una manada de smilodones comenzaban su caza en aquella mañana y todo aquello que encontrasen podría servirles como desayuno.

No sabía dónde estaba, mi cuarto había desaparecido, mi escritorio, mi cama, mi armario… Absolutamente todo, pero al fijarme en la árida tierra, el estúpido soldadito de plomo continuaba a mi lado con su mirada desafiante y su bombilla ya apagada.

Fueron días duros en los que el alimento no se compraba en un supermercado y no se dormía en colchones. Deambulando por aquellas tierras, a las que llamaban Pangea, la bombilla de repente comenzó a brillar y de ella salió una pequeña llama que causó que se prendieran unas ramas cercanas.

Una especie de la prehistoria que no supe reconocer se acercó a mí, su cuerpo estaba cubierto de pelo y su parecido era increíble al de los primates, andaba sobre dos patas y en su mano sostenía una lanza. No tardé en intuir que, en efecto, se trataba de una especie de Homo Erectus, además al llegar a aquellas lejanas tierras la voz me había informado de lo mismo.

Él se agachó y al tocar el fuego corrió hasta esconderse tras un árbol.

Poco a poco, fue llamando mediante sonidos irreconocibles a sus compañeros, que se fueron acercando más y más hasta formar un círculo donde yo me encontraba con el soldadito y la hoguera que cada vez se hacía más grande.

El soldadito de plomo encendió de nuevo su bombilla, pero esta vez no salieron chispas originando fuego, sino que noté cómo poco a poco iba desapareciendo de aquel lugar dejando aquel legado tan importante a aquellos futuros humanos. Una espiral de colores me envolvió y la misma voz volvió a sonar al dejarme en otro lugar completamente diferente.

  • Antigua Mesopotamia.

Aterricé en una explanada amplia y perfumada por las flores que abundaban el lugar, y a lo lejos divisé unas pequeñas chozas muy diferentes a las actuales.

  • ¡Eh, tú! ¿Qué haces por aquí? ¿No sabías que no puedes pasar?- dijo un chico de mi edad con un aspecto bastante molesto.
  • Lo siento… Esto… No sé dónde estoy.
  • ¿Qué no sabes dónde estás?- preguntó incrédulo-. Te encuentras en las lejanas tierras de Uruk. Y ahora vete antes de que te vea El Maestro.
  • ¿El maestro?
  • Desde luego, parece que vienes de otra dimensión- vaciló el chico, sin saber que en verdad se encontraba en lo cierto-. Es el gran maestro Marduk padre de la ciencia y la tecnología, ¿todavía no sabes quién?

Negué rotundamente con la cabeza, desde luego no sabía quién era, aquel extraño personaje no salía en mis libros de historia del instituto.

  • Marduk trabaja en experimentar cosas nuevas, pero últimamente no le sale nada bien. Busca una forma de poder transportar grandes pesos fácilmente y sin hacer apenas esfuerzo. Yo creo que se ha enamorado de la panadera, y por lo visto la inspiración es entrometida por el romance entre ellos dos.

Sonreí levemente, sabía que ahora era mi momento, debía ayudar a Marduk, ya que al fin y al cabo contribuiría al futuro de los humanos.

  • ¿Dónde está el maestro?- pregunté.

Tras un pequeño gesto con su cabeza decidí seguirle y tras atravesar el campo llegamos a una pequeña posada. En efecto el extraño personaje del cual me había hablado estaba allí con montañas de papel encima de la mesa y prototipos de extraños vehículos muy diferentes a los actuales.

  • Marduk, está es…
  • Amina, me llamo Amina, tu nieto me ha dicho que necesitabas ayuda. Cuénteme señor, ¿podría ayudarle?
  • ¿De dónde provienes, joven?
  • De unas tierras desconocidas para ustedes, todo es diferente allí, es algo difícil de explicar.
  • Pues, bienvenida viajera del tiempo- dijo dirigiendo su mirada al soldado, parecía que el hombre tan sabio sabía de lo que hablaba, sabía que yo venía del futuro, pero, ¿cómo?-. En fin, digamos que tengo un carro y necesito transportarlo unos cuantos kilómetros… Díganos usted qué deberíamos hacer dadas las circunstancias.

Estuve pensando unos minutos, intentando hallar la solución, pero mi mente se distraía hasta mi futuro, en el que mis compañeros de clase se encontrarían en el aula de tecnología. ¡Ya lo tenía! ¡Eso es! En la antigua Mesopotamia fue donde se inventó la rueda.

Entonces, la bombilla del soldado comenzó a brillar de nuevo, noté como mi cuerpo se disolvía en el aire y poco a poco desaparecía de aquel lugar.

  • Debes construir un circul…

No supe si llegó a escucharme, tampoco sé si llegó a construirlo y tampoco llegué a saber si Marduk se casó con aquella panadera.

Aterricé de pie, en una zona cerrada, que a diferencia de los anteriores paraderos al instante supe donde me encontraba. Los baños del colegio. Pronto comenzaba la clase de historia, una de las que sin duda menos me gustaban. Rápidamente salí de allí y me dirigí hacia la clase, me mezclé con un grupo de niños con el fin de pasar desapercibida y logré llegar hasta mi aula, justo antes de que llegase el profesor.

  • Abran los libros, página 794, la antigua Mesopotamia.

Me senté, abrí el libro y comencé a leer para mis adentros. Mientras, el profesor continuaba explicando y mi mente inocente surcó desde la clase de historia hasta lo que me había sucedido unos minutos antes.

  • Como bien he ido diciendo, fue en Mesopotamia donde se inventó la rueda, un instrumento que incluso a día de hoy utilizamos… Pero, ¿qué es esto?- dijo cogiendo al soldadito de plomo del suelo. Contuve la respiración durante unos segundos, no me atrevía a responder. Al entrar a clase se me había caído al suelo.

Y lo imposible se hizo posible. La bombilla volvió a encenderse, el profesor asombrado no quería soltar el juguete y lo impensable sucedió, poco a poco sus brazos y su torso fueron desapareciendo en el silencioso ambiente de la clase.

Tal vez mi maestro de geografía e historia contribuyó en los inventos de la edad Media.