Líneas en la arena

Era una tarde agradable y disfrutaba cómo la brisa fresca que llegaba desde el mar jugaba con su pelo. De repente la corriente de aire arrastró un papel hasta su mano. Era una foto algo antigua. En esta se veía un conjunto de matorrales frondosos con hojas de colores rosados o flores borrosas, entre las matas sobresalía la cabeza de un hombre vestido con ropa de aspecto militar oscura. El cielo estaba cubierto por árboles de ramas largas, seguramente abetos o pinos. A la izquierda había un extraño reflejo amarillo, como si la foto hubiese sido hecha desde un coche. Sin pensarlo dos veces dio la vuelta a la imagen. Detrás alguien había garabateado todo el espacio libre en una letra ininteligible con un boli azul.

Se sentó en un banco del paseo marítimo y se puso a leer con atención lo que ponía, era realmente difícil, algunas letras eran poco más que rayas. Fue descifrando palabras poco a poco. La primera lectura casi no le permitió entender nada, pero siguió leyendo una y otra vez, sacando palabras nuevas a cada intento. Era emocionante, la recompensa de cada descubrimiento, el esfuerzo de imaginar que representaba cada línea, la curiosidad por conocer una historia. Siguió hasta que fue capaz de entender la mayor parte de las palabras, suficiente para conocer el significado del escrito:

Marvin, mayo 04:


Querida Lucía: no tengo postales y quiero mandarte hoy unas lineas por si no te encuentro por teléfono el 12- ¡Feliz cumpleaños! espero que estés muy bien y «……….ando» como siempre – Quizás vaya por allí un par de días a fin de mes, pero las últimas veces estabas en P…… ta (siempre vos sola un fin de semana) un beso ………andote ………… (No estoy haciendo nada raro entre las matas – Es en un botánico de Hamburgo (y sólo) y encontré bonito el lugar

No llegaba a entender el contexto del todo. Parecía un argentino o uruguayo, por el uso del vos, felicitandole el cumpleaños a una amiga. Un par de conocidos que no tenían la oportunidad de verse en persona tanto como querían. Aún así no entendía la relación con esa foto o cómo había llegado ahí, tan lejos de Sudamérica o de Hamburgo, donde supuestamente se había tomado la instantánea. ¿Lucía habría llegado a leerla? ¿Por qué estaba abandonada en esa playa? ¿Quiénes eran sus protagonistas? Unas pocas palabras despertaban muchas preguntas. Quizá debería abandonar esa misiva al viento otra vez, pero no podía. Eran pocas palabras y bastante anodinas, sin embargo en ellas se podía entrever un gran cariño. Esa carta se merecía llegar a su destino. Aún era sólo finales de abril, quizá podía hacer llegar la felicitación antes del doce de mayo, puede que no fuese el año correcto pero aún le llegaría en su cumpleaños.

No había ninguna dirección, ningún remite; la única pista era la foto en sí. Un jardín botánico de Hamburgo por lo que se podía leer… Según Google había tres jardines botánicos en Hamburgo. Por suerte la disposición de las plantas en la foto coincidía con otra foto en Internet del botánico de la universidad de Hamburgo. Sabía dónde se había tomado la foto pero no cuando ni quién. Guardó la imagen en su mochila y se recostó en el banco, observando el atardecer en el mar, haciendo una foto para recordarlo. Era precioso y sin embargo tenía un toque melancólico, quizá no poder compartir el momento con nadie como había hecho el hombre de la postal. Tenía todo lo que alguien podía desear, dinero y tiempo y aún así seguía recorriendo el mundo a solas, buscando algo que le emocionase, que le hiciese sentir realizada por una vez; algo que le hiciese sentir bien consigo misma. Volvió a sacar la foto, esta vez iluminada por las farolas. Debía devolverla, sentía que eso era lo que necesitaba, ayudar a dos desconocidos; ser útil por una vez.

***

Se despertó de su siesta en el asiento del avión. Nada más abandonar el paseo marítimo había comprado un billete de avión hacia Hamburgo, y ahí estaba, sobrevolando Europa en vez de desayunar en una hamaca en la playa. Todo por una foto de un desconocido que voló en la playa. Pronto aterrizarían y un coche estaría esperando para llevarle al jardín botánico. Ahí quizá podría preguntar por el lugar concreto donde se había tomado la instantánea o buscarlo por su cuenta; si se había molestado en fotografiarlo sería importante.

Ya en el jardín botanico entró sin poder preguntarle nada al taquillero, demasiado ocupado repartiendo planos y contando visitantes. Recorrió el recinto con calma. El lugar era tranquilo y hermoso. Pasó por delante de un kiosko oriental y de un bungalo de paja, varios estanques de aguas cristalinas y decenas de árboles exóticos marcados con placas identificativas. Caminó durante más de una hora sin rumbo fijo, disfrutando de las vistas hasta llegar al lugar de la foto. La sacó de la mochila y comparó. Las flores estaban más marchitas que en la imagen y las matas más crecidas, pero sin duda era el lugar, el mismo que aquel hombre había decidido mandarle a Lucía. No era el sitio más espectacular del jardín y sin embargo el escritor de la carta lo había escogido, quizá significase algo para él y su interlocutora. ¿El qué?

Con la foto en una mano avanzó entre las matas hasta llegar al lugar donde fue tomada. Las plantas habían crecido bastante y su cabeza no sobresalía entre las ramas como se veía en la imagen, sino que se hundía en un mar de flores moribundas llenas todavía de olor. Se agachó un momento para apartar una hoja de su ojo cuando vio como al lado del tallo la tierra hacia una depresión extraña, como si alguien hubiera enterrado algo mucho tiempo atrás. Con cuidado fue cavando con sus propias manos la tierra que seguramente nadie había tocado en muchos años, oculta entre las ramas del arbusto. Al final alcanzó una bolsa de tela cubierta de barro reseco. La abrió con cuidado. Dentro había un papel doblado, escrito con la misma letra horrible que la postal, quizá algo más esmerada y por tanto legible:

Querida Lucía, no quiero que vos leas esta carta. Espero que se olvide. Te mandaré una postal con la foto de este lugar. Si lees esto ya la habrás recibido. Como ya dije me pasaré a fin de mes si puedo. Pero si me pasa algo (más probable de lo que admitiré) vos tendrás la foto de este sitio y podrás encontrar estas líneas, como hacíamos de jóvenes en Punta del Diablo. Nunca te lo dije, pero siempre fuiste especial para mí. Una amiga única incluso cuando perdimos el contacto, quizás algo más. Quería que vos lo supieras.

Una despedida emotiva por si acaso. Aquel hombre estaba en peligro cuando escribió la postal y lo sabía. Al final no era una inocente felicitación de cumpleaños, si no un adiós encubierto para alguien que le importaba más de lo que quería reconocer. Pero la carta del parque no había sido desenterrada después de años, la postal había volado muy lejos de su objetivo, nada había salido como aquel hombre había querido. En vez de encontrar respuestas había conseguido más dudas ¿Habrían vuelto a verse alguna vez? ¿Él habría muerto y ella se preguntaba por qué no le había vuelto a hablar? ¿Por qué estuvo en peligro Marvin? ¿Ella habría recibido la postal e ignorado el mensaje? ¿Habría podido él confesar lo que sentía a Lucía? Necesitaba encontrar respuestas, llevar ambas cartas a su destino si fuese necesario. Tanto por curiosidad como por ayudar, por respeto a aquella pareja.

La única pista con la que contaba era el nombre de un lugar o al menos un apodo del sitio. Punta del Diablo ¿realmente existiría un lugar con ese nombre? Aunque quizá tenía más sentido del esperado… Miró una vez más la postal original, fijándose en una de las palabras que más le habían intrigado:

las últimas veces estabas en P…… ta

Al leerlo el día anterior no se le había ocurrido ninguna palabra que cuadrase, pero ahora era evidente que era Punta, como el lugar al que hacía referencia en la segunda carta. Ese sitio era la clave, fue importante para aquella pareja y quizá tuviese más pistas sobre sus identidades, incluso podía encontrar a Lucía ahí… Punta del diablo… no sonaba a nombre de lugar, pero no podía descartar nada.

Ya en un banco del jardín, descansando buscó Punta del demonio en Google. Existía de verdad, era un pueblo de Uruguay de menos de mil habitantes. Todo empezaba a encajar, el lenguaje empleado, las palabras descifradas, todo. Debía haber sido el pueblo de Lucía y Marvin. Se los imaginaba de niños jugando juntos en la arena, correteando entre los barcos pesqueros después del colegio. Creciendo y sentándose en un malecón a hablar haciéndose oír por encima del ruido de las olas, quizá compartiendo fotos del paisaje. Haciendose mayores y abandonando el pueblo para construir un futuro, cada uno por su camino. Separándose con el tiempo, hablando menos, contactando sólo en ocasiones especiales. Sabía que probablemente no se pareciese en nada a la realidad y sin embargo esa ficción hacía que los sintiese más cercanos, no como simples nombres en un papel sino como personas reales y eso hacía su objetivo más apremiante. Necesitaba hacerlo, necesitaba localizarles, oír su historia y ayudarles.

***

Después de varias horas de vuelo, llevaba otras tantas en un incómodo asiento de autobús. Le dolía la espalda de la postura y necesitaba estirar las piernas urgentemente, sin embargo se sentía mejor que nunca, ese vacío emocional que siempre percibía en su interior estaba desapareciendo, llenándose por el mero hecho de sentirse útil. Pronto llegaría a Punta del diablo y podría buscar información sobre Marvin y Lucía. Podría ayudarles.

El autobús paró. Ya estaba en Punta del diablo. Caminó por las calles con calma, no tenía prisa, podía tomarse tiempo para contemplar el lugar. Playa de arena clara, casas pequeñas y bonitas, barcos clavados en la arena en forma de decoración; un buen lugar para veranear y relajarse. El otoño estaba empezando y el tiempo era desapacible, viento demasiado fuerte, temperatura demasiado fría y cielo encapotado. Ya no era época de vacaciones en la playa y se notaba en la falta de gente en la calle, el lugar vacío emanaba una sensación triste.

Paseó por la playa con los zapatos en la mano, contemplando los viejos barcos pesqueros encayados en la arena. No se cruzaba a nadie, solo a lo lejos se veía un grupo de pescadores recogiendo los aparejos que habían utilizado durante la jornada. Se acercó a ellos.

Buenas tardes. ¿Conocéis a este hombre?– mientras lo preguntaba les enseñó la foto que había volado en la playa.

Todos los hombres que tenía cerca se acercaron para mirar, pasándose la imagen de uno a otro. Concentrados en la pequeña cara, buscándole algún parecido.

Lo siento, no me suena. ¿Seguro que vive aquí?– contestó el primer hombre al que le había pasado la foto, el resto de hombres negaron con la cabeza, indicando que a ellos tampoco les resultaba familiar.

En realidad no lo sé. Pero muchas gracias a pesar de todo– no sabía si seguí viviendo ahí o si tan siquiera seguía vivo, pero esperaba que alguien lo recordase del pasado.

Se marchó en dirección al pueblo, con la imagen en la mano. No había tenido suerte en el primer intento, pero seguiría buscando, seguiría preguntando. Fue enseñando la foto a todo aquel que se cruzaba, consiguiendo siempre la misma respuesta, nadie lo reconocía, nadie lo recordaba. No desesperó y continuó preguntando mientras la luz iba disminuyendo y el día se acababa. De repente se encontró con que ya era de noche y estaba a solas en un pueblo que no conocía, en un país que no conocía, sin tener a donde ir.

Estaba tan emocionada al descubrir aquel lugar que había reservado el viaje hasta ahí pero no se había acordado de reservar alojamiento. Era un lugar bonito y seguramente tendría cierta cantidad de turismo en verano, pero no era temporada y se había alejado de la costa. No había ningún lugar donde dormir cerca y su cuerpo estaba sintiendo el cansancio de haber recorrido todo el mundo en un par de días. Sentía que ya no podía andar más, así que se sentó en un portal para relajar sus músculos y cuando quiso darse cuenta ya se había dormido.

Le despertó una mano apoyada en su hombro. Abrió los ojos de golpe. Todavía era de noche y una mujer de unos cincuenta años estaba enfrente mirándole con cara de preocupación.

¿Estás bien cariño?– La mujer le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

Sí. Olvidé contratar un hotel, así que decidí buscarme la vida cada día. Hoy no tuve suerte. –era más fácil decir eso que explicar toda la verdad.

Encontraste a donde ir. Ven a mi casa, te daré una taza de chocolate caliente.

La mujer parecía sincera, realmente preocupada por haberle visto durmiendo en la calle, dispuesta a ayudar. La siguió. No quería aprovecharse, pero no podía desperdiciar la oportunidad de descansar bajo un techo con el frío que estaba haciendo en la calle. No tardaron mucho en llegar a la vivienda de la mujer. Era un pequeño piso individual lleno de fotos antiguas enmarcadas, nada excesivamente personal, como si aquella señora no tuviese nada en su vida, solo paisajes vacíos de gente. Estaba cansada y se desparramó en un pequeño sofá azul, dejando sobre el brazo de este la foto que todavía tenía en la mano y entrecerrando los ojos.

Debió dormirse porque le despertaron los pasos de su anfitriona que se acercaba con una taza humeante. Se recolocó como pudo para dar una buena impresión y recogió la bebida, agradeciendo el detalle silenciosamente con una sonrisa. Pero la mujer no le prestó atención, en cambio se dirigió directa a la foto que le había llevado hasta allí y la cogió.

¿De dónde sacaste esta foto?– La mujer de repente sonaba cortante, casi sorprendida.

Estaba abandonada en una playa de Canarias, voló hasta mi cuando estaba paseando. Tiene un mensaje escrito detrás, he estado intentando buscar a su destinataria pero nadie parece conocer al hombre de la imagen. He viajado desde España hasta aquí solo para eso…

Yo lo conocí…– la mujer sonaba triste, como si le hubiesen recordado una herida del pasado.

¿Eres Lucía?

Sí. ¿Cómo sabes mi nombre?

No necesitó contestar porque la mujer le dio la vuelta a la foto. Había encontrado a aquella mujer por pura casualidad, al final todos los viajes habían tenido sentido y había podido devolver aquella antigua postal que ahora Lucía estaba leyendo.

Nunca me llegó… Esperé algún mensaje por su parte, pero nunca llegó nada. Pensé que se había olvidado de mi antes de morir, pero no fue así. Veinte años creyendo eso…

Veinte años… veinte años esperando aquella felicitación de cumpleaños. Demasiado tiempo sin tener noticias de un amigo. Demasiado.

He estado en Hamburgo, en el lugar de la foto…– Debía darle el segundo mensaje a aquella mujer, llevaba demasiado tiempo esperando.

Y encontraste algo.– parecía que para aquella mujer era lo logico– Cuando eramos jóvenes teníamos una cámara de fotos de las que imprimían la imagen al momento. Escondíamos un mensaje o un objeto en algún lugar apartado, hacíamos una foto y se la dábamos al otro para que encontrasé el objeto oculto. Ser joven en un lugar tan pequeño es muy aburrido.

Encontré esta carta.– Sacó el mensaje que había encontrado en Hamburgo y se la entregó a la mujer.

Está lo leyó despacio, apreciando cada palabra de Marvin, leyendo unas líneas que deberían haberle llegado mucho antes; sabiendo que era lo último que aquel hombre le diria. Aunque intentó disimularlo se podian ver lágrimas corriendo por su mejilla. Era doloroso de leer.

-Gracias. Muchas gracias cariño. Cuando eramos pequeños eramos inseparables, pero crecimos y tuvimos que buscar trabajos. Yo me fui a la ciudad y él se marchó a Alemania. Yo ya soy mayor y he vuelto al pueblo, él no tuvo esa oportunidad. Al principio hablábamos por teléfono todos los días y él volvía al país cada vez que podía. Pero la diferencia horaria hizo que las llamadas fuesen difíciles y los viajes eran demasiado caros. Cada vez hablábamos menos y casi no nos veíamos. Ahora ustedes tienen Internet, pero a nosotros la única opcion que nos quedaba eran las cartas tradicionales. Eran lentas y a veces no llegaban. Fuimos mandandonos cada vez menos, pero siempre algo en ocasiones especiales. Un día no me llegó nada para mi cumpleaños y pensé que Marvin se había cansado de hablarme. Me sentí traicionada, nunca le pregunté pero en el fondo siempre creí que sentía algo por mi. Un año después me crucé aquí, en el pueblo, con su madre y me dijo que él había muerto de cáncer. Nunca entendí porque no me dijo que estaba enfermo, siempre le costó reconocer la debilidad, pero eso era demasiado para él. Pero en realidad sí me lo dijo, en realidad sí le importaba.