Rojo

Tomó aire por la boca, lo soltó de una bocanada, y al abrir los ojos recordó donde estaba. «Ah, sí» pensó «En casa de Alicia, grabando el corto para clase

Lunes. Había un fuerte murmullo, sonidos de cables subiendo y bajando, la cámara encendiéndose y, de repente, una palmada del director; comenzaba el rodaje. El corto consistía en dos chicos de bachillerato, lo cuales estaban enamorados, tenían bastantes problemas por ello y al final uno de ellos acababa en el hospital malherido. Tenían una semana para grabarlo, y él, Yeray, era uno de los dos chicos protagonistas. El otro era Emilio, su mejor amigo. Se colocaron frente a la pequeña cámara de vídeo, la claqueta sonó y se produjo el silencio. Ambos se miraron incómodos sin saber qué decir.

¡Corten! —dijo el director— Desde el principio. Venga chicos, no es tan difícil…

Yeray tragó saliva, repitió el ejercicio de cerrar los ojos y soltar todo el aire. Al abrirlos, tenía enfrente al chico. Se golpeó de nuevo la claqueta, la cámara grababa el movimiento de los labios del protagonista.

Me gustas. —anunció— Me gustas mucho, Marco. —repitió con emoción, cerrando los puños— Yo sé que yo a ti también, así que… —terminó mientras le bailaba el labio, con un tono de voz suave.

¡Corten! —habló de nuevo el director— Perfecto Yeray, ¿ves como no es tan difícil?

La verdad es que no lo hace nada mal… —musitó una de sus compañeras.

Rodó con los ojos. El protagonista se llamaba exactamente igual que él, pero no se parecían en nada. Yeray era callado, aburrido, con la mirada baja y vivía entre suspiros. El otro Yeray, el del corto, era vergonzoso pero valiente y dispuesto a amar. A Yeray le gustaba más su personaje que él mismo.

Martes. Un portazo, un sonido de llaves, voces más altas y bajas de profesores y alumnos en la lejanía.

¿No es esto lo que querías? —preguntó Emilio.

Le puso contra las taquillas y se golpeó la cabeza con ellas. El sonido metálico retumbó en sus oídos, se produjo un eco ruidoso que se alargó cuando sus piernas rozaron las chapas. Yeray estaba asustado, se mordió el labio y desvió la mirada hacia el pasillo. Podía notar la respiración del otro en su mejilla, era una sensación agradable. Le hacía cosquillas y le dio un escalofrío. Al dirigir la mirada hacia su amigo, se besaron. Yeray se quedó unos segundos paralizado y entrecerró los ojos. La cara le ardía, no podía respirar del susto. Sus ojos se cerraron lentamente sin saber porqué, sentía que se iba a desmayar.

¡Corten! ¡Excelente, perfecto! —felicitó el director— ¡Ha salido a la primera! Vamos a grabar otra toma por si acaso, no os tenéis que besar de verdad si no queréis.

Emilio se pasó el pulgar por los labios retirándose la saliva de su amigo, entreabriendo la boca. Yeray respiró fuerte, todavía apoyado en las taquillas. Sus mejillas eran un hervidero, cerró los ojos, soltó todo el aire, y al abrirlos, tenía a Emilio limpiándole la baba que había quedado de él en su boca.

Te sale que da gusto —recalcó Emilio—. Así no nos tendremos que morrear tanto.

Pero si lo estás deseando… —murmuró Yeray volviendo de nuevo sus ojos hacia el pasillo.

¿Qué?

Es lo que Yeray le diría a Marco. —mintió.

Anda, —rió nervioso— ¡calla!

Miércoles. El paisaje había cambiado totalmente, estaban sobre un puente. Los árboles se mecían junto a un río silencioso. Hacía frío, Yeray tenía las manos heladas, así que las posó sobre su boca y las calentó con su aliento. Emilio se fijó, las atrapó en las suyas y las dirigió hacia sus labios para calentarlas.

Estás helado. —comentó.

Yeray se acurrucó en su amigo posando la cabeza en la frente del otro, sonriendo débilmente. Le besó en la mejilla y Yeray se sonrojó.

¡Corten! —gritó el director— Vamos a volver a grabarlo. Emilio tienes que hablar más alto. Dejaros de susurros, que parecéis dos novios de verdad, hostia.

Yeray todavía seguía pegado a Emilio. Se agarraron del brazo y se juntaron para no pasar tanto frío.

Jueves. Tenía justo enfrente a Alicia, sus mechones rubios se deslizaron por el hombro, brillaban tanto que parecían blancos. Dirigió su mirada hacia los ojos de ella, grandes y oscuros, le juzgaban con seriedad. Del cuello bajaba un collar que moría en un escote pronunciado, dejaba ver dos pequeños pechos en los que Yeray se quedó absorto mientras ella le hablaba. Dio un golpe en la mesa, y aturdido, la miró.

¡Estás enfermo! ¡Qué asco…! —dijo esto último en voz más baja— ¿Tú y Marcos, de verdad? ¿Con mi propio hermano?

Ella se levantó de la silla y Yeray le agarró del brazo.

¡No me toques, desviado! —le chilló— ¡Deja a mi hermano en paz! —tenía los ojos llorosos— ¿Te enteras?

Se retiró con asco y se fue lloriqueando.

¡Corten! ¡Increíble Alicia! —interrumpió el director— Vamos a repetirlo. Yeray, si puedes llora también… Aunque no lo has hecho nada mal.

Cerró los ojos y soltó todo el aire de una bocanada. Se apoyó en la ventana que tenía detrás, y tras ella vio a Emilio en clase. Este le miró con amor y le guiñó el ojo, Yeray le correspondió y volvió a su puesto para repetir la escena.

Viernes. Al abrir los ojos descubrió que tenía la cara empapada. Observó como una gota de agua resbalaba por su nariz, y al caer al lavamanos, se convertía en sangre. Se tocó la nariz, después el labio, y al tragar notó un sabor a hierro. Miró su mano, estaba teñida por aquel líquido rojizo… En el reflejo se vio a si mismo besándose con Emilio en la parte posterior del baño. Sintió un calor en la boca y la garganta, una sensación suave en el cuello que intentó atrapar dándose un manotazo. Después, notó como alguien tocaba su espalda y le apretaba en los muslos. Se le cortó la respiración, tenía mucho calor y su nariz no paraba de sangrar. Había varias manchas rojas en el suelo, hundió las uñas en la carne cercana a los ojos y se excorió, ¡estaba fuera de sí, loco! Soltó un gemido y la puerta se abrió.

¡Yeray! —era el director— ¿Estás bien?

Se miró en el espejo, ya no había sangre pero su rostro seguía empapado. El director le miró de arriba abajo, sus manos estaban temblando y respiraba fuertemente, parecía un niño asustado que se había despertado de una pesadilla. Yeray no logró saber qué le había ocurrido, seguramente era el estés.

Sábado. Hacía frío de nuevo, Yeray sintió como el viento le golpeaba directamente mientras corría junto a Emilio. Se estaba ahogando, estaba cansando. Los latidos hacían eco en su cabeza, cada golpe le dolía más. Sus rodillas no podían más, le dolían los pies. Emilio cayó y él se detuvo.

¡Vete! ¡Corre!

Antes de que pudiera reaccionar, recibió un golpe en el costado que le tumbó. Cerró los ojos, tomó aire, y al abrirlos, sintió como le molían a patadas en la espalda. En su cabeza se proyectó la grabación de sus labios diciendo «Me gustas«, con aquel tono amarillento que desprendía la casa de Alicia, era una sensación agradable, tierna como un abrazo, mezclado con el color madera de los muebles. El sonido metálico de las taquillas interrumpió la escena, sintió los dedos de Emilio pasando por sus labios. Ahora todo era de color gris, oscuro, sentía la boca muy húmeda. Su cuerpo se quedó helado y advirtió como en su mano se entrelazaban los dedos de Emilio con los suyos. La escena se tornó blanca, sentía el calor de sus mejillas y el aliento en su propia cara.  Todo aquello fue perturbado por los gritos de Alicia, la imagen se acabó quemando por el sol que entraba por la ventana, y tan solo se distinguían los ojos de su amigo en la lejanía. La luz se tiñó de rojo, se escuchó a él mismo gimotear, sintió mil manos rozando su cuerpo, como le agarraban del cuello y respiraba con dificultad. Gritó para pedir ayuda pero algo le cubrió la boca. Soltó un último aliento donde escupió sangre, no se escuchó al director ni a sus compañeras, solo el pitido de la cámara apagarse.

Domingo. Tomó aire por la boca y lo soltó de una bocanada. Al abrir los ojos recordó donde estaba. «Ah, sí» pensó «En casa de Alicia, grabando el corto para clase

Se incorporó. En su lugar vio una habitación de hospital.