Un punto naranja

Suena el tic-tac del reloj de la cocina acompañado del goteo del fregadero. Todo está en silencio, demasiado tranquilo. En la calle todavía no hay mucha luz, así que ahogo mi silencio acercando los labios a la taza y comienzo a desayunar. Tengo frío, es noviembre. La leche me cae por la garganta calentándome un poco, y me retuerzo en la silla con un escalofrío. Cruzo las piernas, el pijama me las roza pero es agradable. Somnolienta, dejo la taza sobre la mesa e inclino la cabeza, agotada. Me muero de sueño, Nico no ha hecho más que dar vueltas toda la noche, no paraba de desvelarme. Pero realmente no es por eso porque no he dormido; hoy es el día, hoy volveremos a vernos. Me levanto desperezándome y pongo el vaso en el fregadero. Las gotas caen haciendo un sonido sordo sobre la cerámica que me acompañan hasta volver a la habitación. Me pongo aquel jersey recio de color amarillento que me compró mi madre el mes pasado, con unos vaqueros rotos por donde seguro se va a colar el aire y me va a dejar helada. Cojo la cazadora caqui, beso a Nico en la frente, que aún duerme, y salgo poniéndome la capucha. La risa de las llaves hace eco en pasillo, así que las guardo en el bolsillo contrario de donde llevo el ramo de flores. Son unas anaranjadas, como lirios, a él le encantan. Una vez las vi en un cuadro que pintó, lo tenía en el salón, gobernado la sala. «Son mis favoritas» dijo entonces «Mi hermana las cuidaba, salía con la fresca todas las mañanas a regarlas, ¿a que no sabías eso de ella?» El aire me araña las mejillas al salir a la calle. Las manos me escuecen del frío, me he olvidado los guantes, soy tonta. «No eres tonta» dijo  aquella vez «Solo un poco olvidadiza. Mi tonta.» Chasqueo la lengua al recordarlo, recuerdo la frase pero no su voz. Han pasado muchos años desde entonces… Paso por un parque, la hierba está helada, marchita, no hay ni una sola flor, y eso me pone un poco triste. Deseo con todas mis fuerzas que sea mayo, podríamos sentarnos en el césped, dejar que el sol nos diera en la cara y cogernos de la mano como antes. ¿Lo haría con él o con Nico? Agité la cabeza negando para quitarme aquella la idea de la sesera. Al contrario que su hermana, Nico, a él le gusta madrugar, por eso voy a verlo tan tempano. El cielo es de un azul fuerte y brillante, y unas nubes deshilachadas vagan descarriadas con colores tostados y rosados. Es muy bonito, casi tanto como él. Sigo caminando, suelto un pequeño suspiro y se forma una nube de vaho delante de mi nariz. «Es como soltar un fantasma» me dijo «Es como si en invierno tuviéramos un fantasma dentro y le dejáramos escapar poco a poco hasta llegar a la primavera.» Sonreí como una boba. Era un idiota, pero me gustaba tal y como era. Bueno, lo sigue siendo. Tras esperar unos minutos, subo al autobús, y logro sentarme junto a la ventana. Sigo helada, cruzo las piernas para recogerme y darme calor, también me acurruco a las flores. ¿Por qué flores? Le harán ilusión. ¿Por qué naranjas? Para que sepa que no me he olvidado del cuadro. Él ya habrá olvidado esa conversación, pero yo no. Cuando había curvas me agarraba de la cintura, aún recuerdo sus dedos clavados. Era más alto que yo, al principio solo me cogía de los hombros. Siempre olía a colonia fuerte, se echaba demasiada. Una vez de las que me agarró por los hombros, yo miré hacia arriba y ahí estaba él; tenía la cara como un tomate porque estábamos pegados. Yo solté una pequeña risita y él levantó la cabeza apretando los labios, avergonzado. Poco después me cogió de la cintura, y al levantar la vista me besó. Entonces fui yo la que junté los labios con vergüenza y él quién rió. Anuncian mi parada, tan solo hay un par de personas más que me miran con los ojos vacíos y cansados. Me dispongo a caminar mientras la cabeza comienza a dolerme en forma de palpitaciones que bajan hasta el ojo, es por el sueño. Sin detenerme, llego hasta allí y me coloco frente a él. No dice nada, le saludo y le doy las flores.

Ya sé que ha pasado mucho tiempo…

Él asiente sin mucho afán. Me pregunto si habrá perdido la costumbre de levantarse pronto y por eso parece cansado. 

¿Cómo te va? —pregunto sonriendo— Yo sigo trabajando en el super de siempre, al final me van a hacer jefa y todo… —suelto una risilla y me cubro la boca nerviosa—. Nico está buscando curro, pero no la cogen en ningún sitio, ya sabes…  —él me ignora— La gente es imbécil. —añado enfadada—. Cuando ven que en DNI no pone su nombre de verdad, le dicen el «ya te llamaremos» o «no cogemos a gente así». ¿Gente así…? —cierro los puños con rabia— ¿Pero qué se creen…?  

Él sigue sin responder, solo me mira bastante serio. 

No has cambiado nada, eh. Viniendo en el bus me he acordado cuando me agarrabas cuando había curvas. —hago una media sonrisa con la cabeza gacha—. Eran otros tiempos, ni siquiera los autobuses eran azules… —le miro dolida— Te echo de menos. 

Se limita a arrugar los labios y desviar la mirada.

Te echo de menos… —repito— Cada día. ¿Por qué? ¿Por qué te fuiste de repente?

Mientras sollozo, él acaricia las flores sin mirarme, ni siquiera sonríe. Me limpio la cara, la nariz me escuece todavía más y me arden las manos. 

Quiero oír volver a oír tu voz ronca. Quiero que me cojas de la cintura de nuevo, que me digas que soy una boba. —me tiembla la voz— Quiero tumbarnos al sol y tomarnos de la mano… 

Me detengo porque tengo un nudo en la garganta y no puedo seguir hablando. Me marcho dejando atrás la tumba de Juan Blanco con un punto naranja.